Para mi papá por su cumpleaños
Cada 8 de marzo las cifras aparecen: brecha salarial, techos de cristal, baja representación en consejos directivos, violencia estructural. Y sí, esos datos son indispensables. Pero detrás de cada indicador hay algo que las estadísticas no siempre capturan: la doble, triple y a veces infinita jornada de millones de mujeres que sostienen la economía formal mientras cargan con la economía invisible.
La mujer que trabaja no solo trabaja.
Trabaja en la oficina, en la fábrica, en el consultorio, en el aula, en el comercio. Y después trabaja en casa. Organiza, administra, cocina, limpia, acompaña tareas escolares, agenda citas médicas, cuida padres mayores, atiende crisis emocionales y sostiene vínculos familiares. No descansa cuando termina el horario laboral; cambia de turno.
El Día Internacional de la Mujer no puede reducirse a celebrar logros corporativos o a felicitar la “resiliencia femenina”. Tiene que ser una oportunidad para mirar la estructura completa: ¿quién sostiene la vida cotidiana mientras el mercado opera? ¿Quién absorbe el costo de la falta de políticas públicas de cuidado? ¿Quién compensa con trabajo no remunerado lo que el Estado y las empresas no cubren?
La respuesta, en la mayoría de los casos, sigue siendo la misma: las mujeres.
Las madres trabajadoras viven en una negociación constante entre la productividad y la culpa. Culpa por no estar lo suficiente en casa. Culpa por no estar lo suficiente en el trabajo. Culpa por querer crecer profesionalmente. Culpa por sentirse agotadas. La maternidad, lejos de ser un “impulso natural” romantizado, suele convertirse en un factor de penalización laboral. Las trayectorias se ralentizan, los ascensos se postergan, las oportunidades se diluyen.
Pero no solo son madres. También son hijas que cuidan padres enfermos. Hermanas que apoyan económicamente. Estudiantes que trabajan para pagar colegiaturas. Niñas que asumen responsabilidades domésticas desde edades tempranas. Mujeres que, incluso con empleo formal, siguen siendo las principales responsables del trabajo doméstico no remunerado.
El sistema económico funciona como si ese trabajo invisible fuera infinito y gratuito.
En México —y en buena parte de América Latina— las mujeres dedican significativamente más horas al trabajo doméstico y de cuidados que los hombres. Ese tiempo no aparece en el Producto Interno Bruto, pero sin él el PIB simplemente no podría existir. No hay fuerza laboral sin cuidados. No hay productividad sin alguien que prepare alimentos, atienda enfermedades, acompañe procesos escolares o gestione la vida cotidiana.
Y, sin embargo, cuando se habla de crecimiento económico, rara vez se habla de redistribución del cuidado.
Las empresas discuten metas de rentabilidad, pero pocas revisan seriamente sus políticas de conciliación. Se implementan discursos de diversidad, pero la flexibilidad real suele depender de la buena voluntad del jefe inmediato. Se celebra la inclusión femenina en espacios directivos, pero no siempre se cuestiona el modelo de liderazgo que exige disponibilidad total y permanente.
El problema no es que las mujeres “no puedan con todo”. El problema es que no deberían tener que hacerlo.
El Día Internacional de la Mujer debería interpelar también al sector económico: ¿cómo se mide el éxito empresarial cuando descansa sobre jornadas extendidas no remuneradas? ¿Cómo se habla de competitividad si el costo lo absorben desproporcionadamente las mujeres? ¿Cómo se diseña política pública sin colocar el sistema de cuidados en el centro?
Reconocer a las mujeres trabajadoras no implica romantizar su capacidad de sacrificio. Implica reconocer que el sacrificio no puede seguir siendo la base del modelo.
También están las mujeres que aún no entran al mercado laboral, pero ya cargan expectativas de género. Las niñas que ayudan más en casa que sus hermanos. Las adolescentes que abandonan estudios para cuidar familiares. Las jóvenes que enfrentan la disyuntiva entre maternidad y proyecto profesional antes siquiera de haber consolidado su independencia económica.
Hablar de las mujeres trabajadoras es hablar de una estructura que empieza mucho antes del contrato laboral.
Por eso, el 8 de marzo no es solo una fecha simbólica. Es un recordatorio de que la igualdad no se logra únicamente abriendo puertas en el mercado, sino redistribuyendo responsabilidades en el hogar, reformando políticas públicas y transformando culturas organizacionales.
Necesitamos licencias parentales equitativas que no penalicen a las mujeres. Necesitamos sistemas públicos de cuidado robustos. Necesitamos horarios laborales compatibles con la vida. Necesitamos que el liderazgo empresarial deje de medir compromiso por horas presenciales. Necesitamos, sobre todo, que el cuidado deje de ser una obligación femenina y se convierta en una responsabilidad social compartida.
Las mujeres ya demostraron que pueden liderar, innovar, emprender y transformar. Lo han hecho incluso en condiciones estructuralmente desiguales. La pregunta no es si pueden con más. La pregunta es cuánto más les vamos a seguir exigiendo sin cambiar las reglas.
Este Día Internacional de la Mujer, más que flores o mensajes corporativos, lo que se necesita es un replanteamiento profundo: reconocer que la economía visible se sostiene sobre una economía invisible. Y que esa economía invisible tiene rostro de mujer.
Si queremos un país más competitivo, más justo y más productivo, la conversación no puede quedarse en la representación. Tiene que entrar al corazón del sistema: el cuidado, el tiempo y la distribución del trabajo.
Porque mientras no se redistribuya el cuidado, la igualdad seguirá siendo parcial.
Y las mujeres seguirán sosteniendo el mundo… aunque nadie lo contabilice.
*La autora es Académica de la Escuela de Comunicación de la Universidad Panamericana.

