Con el supuesto fallecimiento del líder del Cartel Jalisco Nueva Generación (CJNG), se ha desatado una ola de inestabilidad y violencia. Pese a ello, los operatCon el supuesto fallecimiento del líder del Cartel Jalisco Nueva Generación (CJNG), se ha desatado una ola de inestabilidad y violencia. Pese a ello, los operat

Cómo logran los cárteles reclutar, fidelizar y atraer a la violencia a decenas de miles de jóvenes mexicanos

2026/03/03 00:23
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Con el supuesto fallecimiento del líder del Cartel Jalisco Nueva Generación (CJNG), se ha desatado una ola de inestabilidad y violencia. Pese a ello, los operativos militares y los actos de “retribución” de los seguidores del capo están poniendo al desnudo el éxito del “poder blando” (soft power) del crimen organizado.

Lo que nos lleva a plantearnos la siguiente cuestión: ¿por qué un joven decide tomar un rifle y quemar un vehículo en una vía pública? La respuesta no es solo económica; es profundamente psicosocial.

La fidelidad como producto de consumo

La narcocultura ha diseminado un imaginario donde la adhesión al cartel se presenta como un rito de paso hacia la vida adulta y la relevancia. Según datos de la Red por los Derechos de la Infancia en México (REDIM), se estima que entre 30 000 y 45 000 menores de edad han sido reclutados por grupos delictivos. Esto obedece a una estrategia corporativa bien diseñada para atraer y captar, que en el último lustro se ha incrementado, según palabras del colectivo de madres buscadoras (grupo informal voluntario organizado para buscar a familiares desaparecidos) en México.

Esta fidelidad no nace del vacío, sino de una estética de la lealtad que los corridos y las redes sociales glorifican.

El cartel se vende como una estructura de cuidado que el Estado no provee. Para el joven que incendia una calle, ese acto de terrorismo es, en su psique distorsionada, una prueba de valor y pertenencia a una familia. Una tribu que sí lo ve, aunque sea para usarlo como carne de cañón.

Hay una fractura en el tejido social, que tiene que ver con el papel de la familia, relacionada, en el pasado inmediato, con una formación rígida y poco afectiva. Y, en la actualidad, con una sobreprotección, pero a la vez, ajena e invisible hacia sus “crías”.

Narcocultura, violencia y el mito del sicario

La relación entre narcocultura y sicariado es una simbiosis de deshumanización. La cultura del narco ha logrado “estetizar” la violencia. El sicario no se ve a sí mismo como un asesino, sino como un “guerrero” o como actor necesario en un “operativo”.

Esta semántica es peligrosa porque dota de un propósito heroico a actos atroces. La violencia se convierte en su lenguaje. En la narcocultura, el ejercicio de la fuerza es el único mecanismo de ascenso social rápido. Se proyecta que el sicariado es una etapa transitoria hacia el lujo, ocultando la realidad estadística.

La vida media de un joven en estas estructuras rara vez supera los tres años tras su ingreso activo, pesar de contar con un “plan de vida” que los proyecta al ascenso de manera vertiginosa, a través de resultados concretos.

En 2023, un estudio publicado en la revista Science, establecía que los grupos criminales en México sumaban entre 160 000 y 185 000 integrantes, convirtiéndolos en uno de los principales empleadores del país. Según sus modelos matemáticos, los carteles reclutan unas 350 personas por semana. De continuar esta tendencia, se podrían alcanzar los 200 000 miembros en 2027.

El relato ante el descabezamiento

“El rey ha muerto, viva el rey” ¿Qué sucede cuando un cartel como el CJNG enfrenta el vacío de su líder? La narcocultura ya tiene preparado el relato: la mitificación del caudillo. Ante la posible muerte de El Mencho, el relato criminal no reconoce la derrota, sino que invoca la figura del “mártir” o del “invicto”.

Este relato sirve para dos cosas:

  1. Mantener la cohesión: evitar deserciones mediante la mística del líder caído.
  2. Legitimar la sucesión: preparar el terreno para que nuevos liderazgos, a menudo más violentos y jóvenes, ocupen el vacío. Para la narcocultura, el líder es un símbolo. Si el hombre muere, el símbolo debe ser defendido con más sangre.

Es sabido que, cuando no se desarticula desde el origen y sólo se presume la cabeza, emergen el resto de las cabezas de la hidra, de forma violenta y descontrolada.

Una propuesta desde la educación

Nuestra respuesta no puede ser el silencio. Debemos proponer una contraestética. Si el narco ofrece una “identidad de muerte”, la educación debe ofrecer una “identidad de propósito”. Necesitamos gestionar espacios donde la rebeldía juvenil se canalice hacia la transformación social y no hacia la autodestrucción armada.

El reto es arrebatarles el relato. El joven con el arma en ristre es, en última instancia, una víctima de un sistema cultural que le hizo creer que su única forma de ser alguien era destruyendo a los demás.

El secuestro de lo cotidiano

La narrativa oficial habla de “daños colaterales” o “quema de vehículos” y dicen que lo peor ya pasó. Mientras, la ciudadanía observa que la estrategia de contención es negativa, pues en los lugares con presencia del cartel, donde actúan confrontados y aliados, permanece la intranquilidad y el caos.

Esa versión se ve rebasada por el ciudadano que tiene que correr a resguardarse en el baño de la autopista o mantenerse cautivo al interior de su auto varado por horas, ante la angustia, zozobra y caos a su alrededor. O por la madre que no puede recoger a su hijo porque el transporte público se detiene. La palabra no es operativo: es terror.

La ciudadanía se atrinchera no por falta de valor, sino por un pragmatismo doloroso: sabe que, en el intercambio de fuego entre el Estado y el cartel, el civil es invisible.

Cuando el hogar se convierte en búnker, el Estado ha fallado en su promesa básica de seguridad.

La trampa del poder blando en el caos

El grupo criminal aprovecha este vacío de autoridad para lanzar su propio relato: “Nosotros estamos aquí porque el gobierno los tiene abandonados”. Es una mentira perversa. No se puede proteger a un pueblo al que se le usa como escudo humano o al que se le incendia su patrimonio para presionar a la autoridad.

El mayor acto de resistencia ciudadana es no normalizar el encierro.

  • Frente al Gobierno: exigir que la transparencia no sea un ejercicio de relaciones públicas, sino una rendición de cuentas sobre por qué la prevención falló.
  • Frente al crimen: Negarse a replicar su propaganda. Cada video de un bloqueo compartido por curiosidad es un punto de rating para el terror.

El miedo es una herramienta de gestión para el narco y un costo político para el Gobierno.

Conclusión: arrebatarle el futuro al algoritmo

La narcocultura no es un accidente estético. Es el resultado de un vacío de Estado y una derrota de la imaginación colectiva. Nuestra angustia no nace de una postura moralista o conservadora, sino del dolor de ver cómo el talento de una generación es devorado por una maquinaria que los consume como mercancía desechable.

El poder blando del crimen organizado es sumamente eficaz porque sabe leer la soledad y la falta de pertenencia de los jóvenes, ofrece un “nosotros” –aunque sea uno violento–, en un mundo que los individualiza y los descarta.

Sin embargo, hay una grieta en su armadura: el hartazgo. Existe una juventud vibrante que está cansada de que su identidad sea un campo de batalla y su futuro una moneda al aire. Ellos no quieren ser los protagonistas de la próxima narcoserie; quieren ser los dueños de su propia historia, lejos del estigma y la sangre.

Resulta necesario deconstruir la gramática del poder criminal para demostrar que la opulencia del “capo” no es éxito, sino una jaula de oro con fecha de caducidad.

Revertir la narcocultura implica proponer un proyecto de vida que sea más seductor que la muerte. Es un pacto entre la sociedad que guía y el joven que sueña, basado en la convicción de que la legalidad debe ser, ante todo, una ruta hacia la dignidad y la paz. Si se recupera la capacidad de asombro y de movilidad real, le habremos ganado la partida al algoritmo del terror.

Es hora de que la juventud deje de ser el guión de una tragedia ajena para convertirse en la autora de su propio renacimiento.

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