Durante décadas, los bonos del Tesoro fueron considerados el activo libre de riesgo por excelencia.Durante décadas, los bonos del Tesoro fueron considerados el activo libre de riesgo por excelencia.

El activo más seguro del mundo ya no lo es

2026/02/10 14:59
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En algunos círculos financieros existe el mito de que China posee una cantidad tan grande de bonos del Tesoro de Estados Unidos que podría, si quisiera, desestabilizar las finanzas norteamericanas. La realidad es distinta.

Efectivamente, hubo una época en la que China concentró una proporción significativa de estos activos. En octubre de 2013, los bonos del Tesoro en poder de instituciones chinas alcanzaron su máximo histórico: 1.3 billones de dólares. Desde entonces, la reducción ha sido sostenida. Cifras reportadas por Bloomberg indican que esa tenencia se ubica en torno a los 683 mil millones de dólares, una caída de aproximadamente 47 por ciento. La tendencia no muestra signos de revertirse: en los últimos años, China ha incrementado sistemáticamente sus reservas de oro como parte de una estrategia deliberada de diversificación.

El reacomodo ya tuvo consecuencias en el tablero de posiciones. Japón se mantiene como el principal tenedor extranjero, con alrededor de 1.15 billones de dólares. Pero el segundo lugar ya no es de China: el Reino Unido la desplazó en 2025, con cerca de 860 mil millones. China ocupa ahora el tercer puesto. La tenencia global en manos de extranjeros representa alrededor de 30 por ciento del total, por lo que la mayoría de estos instrumentos están hoy en poder de instituciones estadounidenses.

El mito, entonces, no resiste el escrutinio: China sigue siendo un acreedor importante, pero su capacidad de ejercer presión financiera se ha diluido considerablemente. La reducción china, sin embargo, no es solo una anécdota geopolítica: es un síntoma de un problema más profundo. Si un acreedor de esa magnitud opta por reducir sistemáticamente su exposición a la deuda norteamericana, cabe preguntarse qué está viendo que otros quizá aún no quieren ver.

Ayer le explicábamos en este espacio el riesgo de que el dólar pueda debilitarse aún más y de que los precios de los bonos caigan ante un creciente endeudamiento del gobierno norteamericano. Ambos fenómenos están estrechamente relacionados y constituyen, en mi opinión, uno de los principales focos de alerta para las finanzas globales.

Durante décadas, los bonos del Tesoro fueron considerados el activo libre de riesgo por excelencia. Esa condición no se construyó solo por la fortaleza económica del país, sino por la combinación de estabilidad institucional, disciplina fiscal relativa y el papel hegemónico del dólar como moneda de reserva internacional.

Hoy, ese equilibrio luce cada vez más frágil. El volumen de deuda federal supera ya los 38 billones de dólares y crece a un ritmo de más de 6 mil millones diarios. Los pagos de intereses sobre esa deuda ya superan el gasto en defensa nacional, algo sin precedente en la historia moderna de Estados Unidos. A ello se suma un entorno político polarizado que dificulta acuerdos fiscales de largo plazo.

El resultado es un mercado de bonos más volátil, con tasas más elevadas y episodios recurrentes de desconfianza. Cuando el activo considerado más seguro del mundo deja de comportarse como tal, el impacto se transmite al sistema financiero global. Fondos de pensiones, aseguradoras, bancos centrales y grandes inversionistas institucionales tienen una parte sustantiva de sus portafolios anclados en estos instrumentos. Una caída persistente en su precio obliga a ajustes que generan turbulencias en otros mercados: acciones, crédito, bienes raíces y monedas.

Para economías emergentes como México, las implicaciones son directas. Tasas altas y volátiles en Estados Unidos suelen traducirse en mayores primas de riesgo, presiones sobre el tipo de cambio y encarecimiento del financiamiento externo. Además, una eventual pérdida de estatus de los bonos del Tesoro como refugio universal puede fragmentar los flujos financieros globales y reducir la liquidez en momentos de estrés, justo cuando más se necesita.

No se trata de anticipar un colapso inminente, pero sí de reconocer que uno de los pilares del sistema financiero internacional muestra grietas cada vez más visibles. Que China —durante años el segundo mayor acreedor extranjero de Estados Unidos— esté reduciendo de manera deliberada su exposición a estos instrumentos no es casual: es una señal que conviene leer con atención. Prepararse para un mundo donde el activo más seguro ya no lo es tanto es una necesidad creciente para gobiernos, inversionistas y economías como la nuestra.

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