Enrique Castillejos y María Elena Hernández llegaron a Estados Unidos sin documentos cuando eran jóvenes. En California construyeron un hogar, trabajaron durante años y formaron una familia que hoy incluye hijos adultos y nietos. Su historia es similar a la de millones de migrantes que se asentaron en el país norteamericano sin poder regularizar su situación migratoria.
Sus hijos crecieron en California, estudiaron y formaron sus propias familias. La casa familiar se convirtió en un punto de encuentro habitual, donde los nietos pasaban tiempo con sus abuelos y compartían rutinas cotidianas. A pesar de esta estabilidad, la condición migratoria de Enrique y María Elena nunca cambió.
Con el paso de los años, la presión psicológica de vivir sin papeles se volvió más difícil de manejar. Las noticias sobre redadas, deportaciones y detenciones reforzaron la sensación de vulnerabilidad. La pareja comenzó a limitar sus movimientos y a reducir su vida social para evitar cualquier situación que pudiera ponerlos en riesgo.
“Ya nos cansamos de la mentira”, dijo María Elena a The New York Times. “Porque ante Dios tiene uno que estar bien. No puedes ser un hijo de Dios y mentir con dos nombres”, señaló.
Además, la mujer contó que los discursos de Donald Trump sobre los inmigrantes indocumentados le preocuparon. “Nosotros nos consideramos gente trabajadora. Y él (Trump) nomás decía que los criminales, y resulta que para él todos somos criminales”, agregó.
La decisión de regresar a México no fue tomada de un día para otro. Enrique y María Elena hablaron del tema durante meses, evaluaron las consecuencias emocionales y prácticas. Sabían que implicaba separarse de sus hijos y nietos, así como abandonar EE.UU., donde habían pasado la mayor parte de su vida adulta.
Al principio, María Elena se encontraba con un pie roto, lo que le imposibilitaba viajar, y le sugirió a su esposo que se adelantara en el viaje hacia el país latino, pero este se negó. “Juntos vinimos; juntos nos vamos”, le dijo, según lo retomado por el medio estadounidense.
El proceso de autodeportación se vivió como una despedida gradual. María Elena comenzó a empacar sus pertenencias y seleccionó solo lo esencial. Muchas cosas quedaron atrás, incluidos objetos del hogar que simbolizaban años de vida familiar. Enrique, por su parte, cerró asuntos laborales y se despidió de amistades cercanas.
“Se están queriendo ir muchos paisanos”, dijo su mejor amigo Kike. “Parece que ya no se va a solucionar esto. Va de mal en peor”, agregó.
Antes de partir, la familia organizó una reunión de despedida con música y oraciones. También tomaron decisiones difíciles, como la de sacrificar a su perro Rex, que estaba enfermo y no podía viajar. Para ellos, este momento marcó el cierre definitivo de una etapa.
En agosto, Enrique y María Elena se trasladaron hacia la frontera con sus hijos. “En esta mañana, Señor, estamos agradecidos contigo, porque nos tuviste en esta tierra, en este país 29 años”, dijo el hombre al despedirse de EE.UU. “Y te damos gracias porque tú nunca nos desamparaste”, agregó.
El trayecto hasta San Diego fue silencioso y cargado de significado. De acuerdo con lo retomado por The New York Times, al cruzar hacia Tijuana, Enrique presentó su identificación mexicana e inició formalmente su regreso al país de origen.
Desde la frontera, la pareja continuó su camino hacia Chiapas, donde tenían un terreno rural. Allí planeaban establecerse, reparar una vivienda pequeña y comenzar una nueva etapa de vida. Llamaron a ese lugar “Rancho la promesa de Dios”, un nombre que reflejaba la importancia de la fe en su decisión.
Para Enrique, regresar a México también significó dejar atrás la necesidad de usar una identidad falsa para trabajar. Consideraba que la autodeportación le permitía vivir de manera coherente con sus creencias religiosas y personales. María Elena compartía esa visión, asociando la partida con tranquilidad espiritual.

