La industria manufacturera utilizó en enero de 2026 apenas el 53,6% de su capacidad instalada. Es menos que en enero de 2025, cuando el indicador había marcado La industria manufacturera utilizó en enero de 2026 apenas el 53,6% de su capacidad instalada. Es menos que en enero de 2025, cuando el indicador había marcado

Industria: más fábricas encendidas, menos producción efectiva

2026/03/16 13:47
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La industria manufacturera utilizó en enero de 2026 apenas el 53,6% de su capacidad instalada. Es menos que en enero de 2025, cuando el indicador había marcado 55,0%, y también queda por debajo del cierre de diciembre, que fue de 53,8%. El dato, difundido por el Indec, no describe una recesión abrupta. Describe algo más persistente: una economía que logra ordenar algunas variables nominales, pero no consigue traducir ese orden en un ritmo fabril más intenso. 

La cifra tiene además un valor simbólico. Mercado había advertido en enero, al analizar el dato de noviembre, que la recuperación industrial de 2025 descansaba en una base de comparación muy baja y no en una expansión firme. Entonces, con un 57,7%, ya aparecían dudas sobre la continuidad del rebote. Enero no las despeja: las confirma. 

El mapa sectorial refuerza esa lectura. La refinación del petróleo operó al 86,8%; las industrias metálicas básicas, al 67,6%; sustancias y productos químicos, al 64,8%; papel y cartón, al 61,7%; y alimentos y bebidas, al 60,2%. Del otro lado quedaron la industria automotriz, con apenas 24,0%; los textiles, con 23,7%; y la metalmecánica excluida la automotriz, con 31,4%. No se trata de una industria homogénea que avanza o retrocede al unísono. Se trata de un sistema partido, donde algunos segmentos ligados a insumos básicos o cadenas específicas resisten, mientras los sectores más expuestos al mercado interno o a bienes durables exhiben retrocesos severos. 

Donde el número se vuelve diagnóstico

El informe oficial identifica con claridad las principales caídas. La metalmecánica sin automotores retrocedió desde 38,1% a 31,4%, con bajas en maquinaria agropecuaria y aparatos de uso doméstico. La automotriz pasó de 34,8% a 24,0%, en línea con una caída interanual de 30,4% en la producción de vehículos. Los textiles descendieron de 33,9% a 23,7%. En caucho y plástico, el uso bajó de 39,6% a 36,1%. Son ramas que suelen reaccionar rápido cuando la demanda se debilita, el crédito se encarece o la reposición deja de cerrar. 

No es un fenómeno aislado. Mercado había señalado, al revisar el EMAE de noviembre, que la actividad general mostraba una recuperación sostenida en pocos rubros, mientras industria y comercio seguían restando. La fotografía de capacidad instalada encaja en esa película: el crecimiento agregado existe por momentos, pero no se distribuye de manera pareja ni alcanza para recomponer el pulso manufacturero. 

La capacidad instalada es, en ese sentido, una variable menos vistosa que el nivel de actividad y acaso más reveladora. No mide cuánto se produce, sino cuánto del aparato productivo disponible se usa. Cuando el porcentaje se estaciona en la zona del 50%, la señal no es sólo de menor producción: también es de inversión postergada. Ninguna empresa amplía planta cuando la mitad de lo ya instalado sigue ocioso. Mercado había subrayado esa relación al cierre de 2025: con utilización fabril persistentemente por debajo del 60%, el incentivo a invertir se debilita y la fase expansiva se posterga. 

El dólar quieto, los costos en movimiento

A esta escena se agrega otra discusión que la revista viene siguiendo desde hace meses: la del tipo de cambio real. La cuestión no pasa sólo por el dólar nominal, sino por su relación con la inflación y con los costos internos. Mercado recordó días atrás que, con una inflación de enero de 2,9% mensual y un tipo de cambio oficial que no acompaña en la misma proporción, los sectores transables empiezan a sentir una apreciación real. El 6 de marzo, el dólar mayorista de referencia se ubicó en $ 1.413,82 dentro del esquema de bandas. 

Ese fenómeno no afecta a todos por igual. Golpea más a la industria que compite con importaciones o que necesita exportar para sostener escala. Mercado lo había planteado también en septiembre: los períodos de apreciación real en la Argentina suelen venir acompañados por destrucción de competitividad, retroceso manufacturero y tensiones sobre el empleo. No es una ley mecánica, pero sí una regularidad histórica. 

En enero, esa presión aparece por dos vías. La primera es comercial: con costos en dólares más altos, fabricar localmente resulta menos atractivo en varias ramas. La segunda es financiera: cuando el crédito sigue caro y la demanda no despega, el productor no encuentra margen para sostener inventarios, renovar equipos o absorber caídas transitorias de ventas. El resultado no siempre adopta la forma del cierre definitivo. A veces toma la forma más silenciosa de la suspensión, la reducción de turnos o la planta que opera a media máquina. Mercado describió ese mecanismo a comienzos de marzo: suspender es, muchas veces, un puente entre la incertidumbre y una eventual normalización. Pero también es la prueba de que esa normalización todavía no llegó. 

Empleo: la variable que tarda menos en acusar recibo

La evolución del empleo vuelve más delicada esta lectura. La revista registró recientemente que, desde el pico de agosto de 2023, el empleo privado formal cayó 3,5%, mientras varios sectores acumulan meses de retroceso y el salario real volvió a deteriorarse. Cuando una fábrica usa menos capacidad de la que tiene, el primer ajuste no suele pasar por el edificio ni por la máquina. Pasa por las horas extra, los contratos, los turnos y, más tarde, por la dotación. 

Eso ayuda a entender por qué la cuestión industrial excede a la estadística sectorial. La UIA advirtió, en su reciente diagnóstico, que en regiones como el Norte Grande ya convergen problemas de actividad, empleo y falta de inversión privada. El problema no es sólo cuánto produce la industria. Es cuánta tracción conserva para sostener puestos de trabajo en un contexto donde el consumo no termina de recomponerse y la competitividad cambiaria vuelve a ser discutida. 

La capacidad instalada de enero deja, entonces, una conclusión sobria. La Argentina logró desacelerar parte de su nominalidad, pero todavía no resolvió la pregunta central de toda estabilización: qué sector va a empujar la expansión real. Mientras esa respuesta siga en suspenso, las fábricas podrán seguir abiertas. Lo que no está asegurado es que trabajen más, inviertan más o empleen más.

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