El OXXO puede ser un muy buen vecino o uno muy complicado, en función de los metros que separan esa tienda, de la casa.
Los depósitos bancarios que permite y la posibilidad de comprar Aspirina, tocino o una cerveza a cualquier hora representan sus virtudes. ¿El problema? La basura que les acompaña: bolsas de Doritos, de pan, envases de refrescos, desechos derivados de la irresponsabilidad de quien los fabricó y de quien quizá deliberadamente “los dejó caer” afuera de esa tienda de conveniencia.
Pero nuevas reglas acabarán con ese problema. Al menos eso promete la Ley General de Economía Circular, publicada en enero, cuando nos distrajeron acciones militares de Estados Unidos en Venezuela. Vaya, es difícil andar en todo lo que se mueve en este año.
Ésta dice que las empresas “tienen la obligación de generar o desarrollar productos con Diseño Circular”. ¿Qué significa eso?
Que sus empaques o envases puedan recuperarse para integrarlos de nuevo a la economía y evitar con ello que contaminen calles y, por consecuencia, ríos o el mar.
Están obligadas también a “organizar, fomentar y, en su caso, financiar los esquemas de Economía Circular de los productos que generan o importan”.
¿Qué ganan? Un Distintivo Nacional de Economía Circular, para que puedan imprimirlo en sus productos. Además de ahorrarse multas.
Les advierto que líderes de empresas de varios tamaños están atentos al próximo reglamento que debe surgir antes de julio, como consecuencia de la ley aprobada por el Congreso, y cuyo seguimiento será responsabilidad del equipo de Alicia Bárcena, secretaria de Semarnat.
Vamos al punto: por cuenta de esta funcionaria corren las sanciones para quien incumpla la ley.
Quien no pueda hacer envases y empaques “circulares” tendrá que compensar el daño provocado al ambiente.
Quien pueda, deberá informar periódicamente a la autoridad sobre sus actividades relacionadas con esa mejora.
Quien no cumpla recibirá “sanciones administrativas previstas en la Ley General del Equilibrio Ecológico y la Protección al Ambiente”.
La sola publicación de la medida despertará un negocio de cumplimiento que ya esperan distintos consultores y auditores ambientales aprobados por el gobierno.
¿En qué lío nos mete a los ciudadanos? La verdad es que en ninguno. En la ley no hay castigos para quienes no le atinan al bote o para quien deliberadamente, digamos, tira el aceite usado a la coladera.
Para los clientes que entran caminando a establecimientos como Walmart, Liverpool o el OXXO, todas son cordiales advertencias del tipo que hacía la abuela:
“Realiza un consumo responsable”, “adopta medidas de aprovechamiento circular”, “reduce la generación de residuos”, “aprovecha al máximo los materiales”. Que nadie se queje del bote de yogur que ahora sirve para guardar lo que sobró de la cena en el refrigerador.
Los mexicanos no son pioneros. En Colombia, la transición hacia la economía circular comenzó con la Estrategia Nacional de Economía Circular (ENEC) en 2019, posteriormente reforzada con leyes sobre plásticos de un solo uso y otras políticas ambientales.
Ese país utiliza tableros de control para monitorear el desempeño ambiental de las empresas, un mecanismo comparable al Registro de Economía Circular que ahora exige la legislación mexicana.
Parece regresar la agenda ESG (Ambiente, Sociedad y Gobernanza) que movió a los corporativos durante la pandemia y que se disipó con el regreso de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos, al eliminar preocupaciones medioambientales en el gobierno de su país.
En cualquier caso, los involucrados acá en México bien harían en echar un ojo al libro Nudge o “empujón”, del premio Nobel Richard Thaler, en coautoría con Cass Sunstein. En ocasiones sirven cosas simples, como pintar sobre el suelo pequeñas “huellas” verdes de zapato hasta donde está el bote de basura.

