La guerra entre Estados Unidos e Israel en contra de Irán cumple apenas 10 días, pero la transformación que vive la región parece irreversible. Al mismo tiempo, Trump continúa con su estrategia para controlar el hemisferio occidental, es decir, las Américas. Por si fuese poco, no se ha detenido el gran cambio económico global iniciado hace un año con la imposición de aranceles a México, Canadá y China, y poco después extendido a todo el mundo. Cualquiera de estos tres procesos hubiese sido impensable con otros presidentes, tanto por la temeridad (irresponsabilidad) requerida para impulsarlos como por las consecuencias, difícilmente imaginables.
El desorden causado por los aranceles, que se han movido de acuerdo con las veleidades de Trump, y ahora además por órdenes de la Suprema Corte, debilitó los apoyos de muchos países a Estados Unidos. El maltrato de Trump a Ucrania y su continuada genuflexión ante Putin provocaron gran preocupación en Europa, que además fue insultada por JD Vance y amenazada por el mismo Trump en el caso de Groenlandia. El esfuerzo de Marco Rubio por edulcorar el discurso no tuvo mucho éxito, de manera que Europa parece encaminada a construir su propia fuerza (en eso está invirtiendo Alemania, que además ya acordó apoyo nuclear con Francia), y ahora, frente al ataque a Irán, se ha mantenido al margen.
De ese ataque todavía no tenemos una idea clara de su motivación. El gobierno de Estados Unidos ha dicho que había un riesgo inminente de que Irán desarrollara una bomba nuclear (a pesar de que hace unos meses dijeron haber eliminado esa posibilidad, en la guerra de 12 días). También dijeron que Irán estaba a punto de atacar a personal estadounidense en la región. Luego afirmaron que Irán es un riesgo para todos los países de la zona. Algunos especulamos que tiene que ver con debilitar a China, puesto que Irán era un aliado relevante para ese país. No están claras las causas y, por lo tanto, tampoco los objetivos. Ya Trump ha hablado de cambio de régimen, pero no tenemos idea de qué está pensando. Para muchos, hay la preocupación de que esta guerra, sin causas ni objetivos claros, tampoco tenga un futuro definible. No hay estrategia de salida, pues.
En el caso del hemisferio occidental, Trump había sido claro desde hace tiempo y lo convirtió en el eje de su estrategia de seguridad. Es coincidente con su interpretación del costo para Estados Unidos de la época de posguerra y con la decisión de abandonar a Europa para que se defienda sola. Aunque no coincidamos con esas ideas, forman un planteamiento coherente y su aplicación ha sido consistente: la captura de Maduro y la presión sobre Cuba, en ambos casos buscando un cambio de régimen más cercano a Estados Unidos, y la presión sobre México, que se enmarca en temas de seguridad.
Como parte de esa estrategia, la semana pasada se llevó a cabo una reunión de representantes de 16 países latinoamericanos con el secretario de Defensa (o de Guerra, como le dicen ahora), Pete Hegseth. Pocas horas después, Trump despidió a Kristi Noem del Departamento de Seguridad Interna, porque ya era insostenible, y aprovechó para ponerla al frente de algo llamado Escudo de las Américas, formalizado con la visita de 12 mandatarios latinoamericanos a su balneario en Florida. Entre los dos grupos de representantes y mandatarios, los únicos que parecen haber quedado fuera son las tres dictaduras (Cuba, Venezuela y Nicaragua) y los tres populismos del continente (México, Brasil y Colombia). En ese evento, Trump afirmó que el epicentro del crimen organizado, es decir, del mayor riesgo de seguridad de Estados Unidos, es México, y sostuvo que no han podido actuar porque la señora Sheinbaum les ha pedido que por favor no lo hagan.
En el maremágnum en el que se encuentra el mundo, la única estrategia más o menos sólida de Trump es precisamente la que amenaza a México. Considerando lo que ha hecho en un año y sus formas, sí es motivo de preocupación.

