Amanece. El silencio lo rompe únicamente el trinar de los pájaros, algunos grillos y el reburdeo de toros, vacas y becerros que saludan al nuevo día. Da la sensación de que el hombre no es necesario en la escena. La naturaleza marca el rumbo, los tiempos y el destino de la bravura.
Los ganaderos de lidia en todo el país acompañan esta obra mágica. Son directores de escena que trabajan sin interferir el cauce natural de sus fincas. Cuidan al toro, al entorno, al agua y a las especies que conviven alrededor del rey de la fiesta, que por instinto no se alejan de los cercados del campo bravo. Intuyen que el mayor depredador del planeta los acecha: el hombre, ya sea en el medio rural, para consumo o protección de cultivos, o bien a cientos de kilómetros, desde un escritorio en la ciudad, con camisetas ilustradas con caras de perritos felices —patética imagen—. Hombres y mujeres que se han atribuido el objetivo de dictarle al toro su destino. Contra natura. Contra la libertad y contra el sentido común.
En México están registradas 245 ganaderías de lidia a lo largo y ancho de la República Mexicana, siendo el estado de Tlaxcala el que concentra más hierros, con 39; seguido de Jalisco, con 37, y Querétaro, con 30.
Este año se cumplen 80 años de que la Asociación Nacional de Criadores de Toros de Lidia, A.C. (ANCTL) quedara inscrita formalmente ante la entonces Secretaría de Agricultura y Ganadería. Su fundación data de 1930; es decir, 96 años de trabajo ininterrumpido en favor del campo, del toro y del equilibrio ecológico que representan las dehesas mexicanas.
En este periodo se han vivido tiempos difíciles, como los años setenta, marcados por la ley del reparto agrario, cuyas consecuencias para muchas ganaderías fueron severas. Injusticias y vejaciones propias del régimen político de aquella época dejaron huella en el campo bravo.
Desde hace más de una década, la ANCTL ha sido impulsora y defensora de la libertad de los mexicanos en el ámbito de sus tradiciones. Desde las primeras oleadas prohibicionistas —que poco tienen que ver con la protección animal y mucho con la imposición ideológica— los ganaderos han sido punta de lanza en la coordinación de la defensa jurídica y social de la tauromaquia, y hoy también en la contraofensiva frente a lo que consideramos una agresión directa a su actividad y a la cultura nacional.
La tauromaquia es del pueblo. En el campo viven y trabajan miles de personas dedicadas al toro, a la ecología y a la preservación diaria de nuestras tradiciones y del animal más emblemático de esta cultura: el toro bravo. Se estima que existen cerca de 150 mil cabezas de ganado de lidia viviendo en libertad, distribuidas en aproximadamente 170 mil hectáreas que constituyen auténticos pulmones ecológicos.
A finales de la semana pasada se llevó a cabo la Asamblea Anual de la ANCTL en la Ciudad de México, con la presencia de más de 80 ganaderos, una asistencia significativa considerando las condiciones carreteras que atraviesa el país.
Ramiro Alatorre Rivero, ganadero del hierro zacatecano de Pozo Hondo y actual presidente de la ANCTL, rindió un informe detallado de actividades. Destacó la implementación de sistemas computacionales para el control riguroso de nacencias, cargas genéticas y líneas del hato bravo mexicano. Hoy, gracias al compromiso de numerosos criadores, México cuenta con distintos encastes de toro de lidia, lo que enriquece la diversidad genética, fortalece la tauromaquia nacional y reafirma el compromiso ambiental de estos hombres y mujeres.
El toro mexicano, orgullo nacional, venerado y admirado en el mundo taurino, con sus virtudes y defectos, sigue siendo motivo de trabajo, alegrías y satisfacciones, pero también —como la vida misma— de momentos difíciles.
Seguiremos defendiendo su existencia, honrándolo y sosteniéndolo como símbolo de libertad para los mexicanos, taurinos o no, frente a los embates prohibicionistas que pretenden arrancar la esencia cultural de un pueblo.

