Gustavo Garzón reflexiona sobre el amor a los 70, repasa su carrera y habla sobre el trabajo que lo marcóGustavo Garzón reflexiona sobre el amor a los 70, repasa su carrera y habla sobre el trabajo que lo marcó

Gustavo Garzón reflexiona sobre el amor a los 70, repasa su carrera y habla sobre el trabajo que lo marcó

2026/03/03 17:01
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Gustavo Garzón vuelve a subirse a un escenario para hablar de amor y contar parte de su historia en Un hombre solo es demasiado para un hombre solo, que estrena en el Teatro Nün el próximo 15 de marzo y podrá verse todos los domingos a las 19. LA NACION conversó con el actor, que asegura que recién a los 70 años entiende la diferencia entre amar y enamorarse.

Además, habla sobre esta nueva etapa como abuelo de Miranda, de dos años, reflexiona sobre sus amores y cuenta qué trabajos fueron bisagra en su carrera.

Gustavo Garzón, sobre su nueva obra:

—¿Es una obra auto referente?

—En realidad, una parte es experiencia personal, pero también hay ficción. Esta es una historia que tiene que ver con algo que me sucedió hace diez años. En esa época escribía mucho... Entre los 40 y los 60 años no paré de escribir ficción para televisión y cine, y adapté teatro. Esta es la primera obra de teatro que escribo solo y, además, hice un biodrama que fue 200 golpes de jamón serrano y también tenía mucho que ver conmigo, pero no estaba escrita por mí.

—¿Y después de los 60 qué pasó?

—A mis 60 años me bloqueé y no pude seguir escribiendo más. Y a la vez estaba viviendo una cuestión amorosa, emocional, muy delicada, que me tenía bastante angustiado y abatido. Estaba haciendo terapia y el terapeuta me sugirió que escribiera sobre lo que me estaba pasando para que no fuera todo pérdida. Pero no pude porque escribirlo me parecía demasiado. Lo intenté durante diez años y no quería, no podía, me daba vergüenza. Algo me pasaba que no me permitía avanzar.

¿Y entonces...?

-Hace un año empecé a escribir una película bastante más liviana que esta obra. En medio, (Javier) Milei ganó las elecciones y, con las políticas culturales que aplica, pensé que no iba a poder filmarla sin fondos. Entonces la película mutó en una obra de teatro. Hace poco me di cuenta de que estaba haciendo lo que aquel psicólogo me dijo que hiciera. Tuvieron que pasar diez años para que pudiera verlo con objetividad e, incluso, reírme un poco de todo eso.

Gustavo Garzón reflexiona en su nueva obra sobre las diferentes etapas del amor

—¿Y qué te pasó hace diez años que te angustió tanto?

—Esta obra tiene que ver con el amor, con la creatividad y con la terapia también. Habla sobre los vericuetos que atravesamos los seres humanos, sobre lo dulce y lo amargo que puede ser el amor. Y habla de un tipo que se enamora por primera vez a los 70 años. Hay partes que son reales y otras no tanto. El público no va a saber qué es real y qué no, porque quiero que crean que todo es verdad. Y en esencia lo es porque el corazón del asunto, la metáfora, la reflexión, es verdadera y es lo que yo creo ahora de eso que me pasó. Recién ahora puedo entender de qué estamos hablando.

—¿Fue una ruptura?

—Fue una ruptura y fue un encuentro. Cuando estás viviendo una situación personal que no te completa, no sabés qué hacer, y entonces aparecen lucecitas de colores. En realidad, la obra habla de la diferencia entre estar enamorado y amar. Y es algo que yo aprendí muy de grande también.

—¿Y cuál es esa diferencia?

—El enamoramiento puede ser momentáneo, medio hipnótico cuando idealizás al otro, y no sabés bien de quién estás enamorado. Puede durar mientras dura ese estado de ensoñación que es ideal porque creés que estás tocando el cielo con las manos. No todo el mundo sabe lo que es, pero yo lo supe de grande también. No a los 70, pero de grande. Y amar es una construcción que lleva más tiempo, una relación en la que sabés quién es el otro. Es una aceptación integral del otro y también es construir un camino de amor juntos. Son cosas distintas, pero no es tan sabido.

—¿La pieza es una catarsis o un cierre de eso que te sucedió hace diez años?

—Catarsis, no, porque no sucede desde un lugar de desesperación, ni de grito. Es una reflexión. La obra se cuenta en pasado y en presente a la vez, que en algún momento confluyen. No es una narración convencional. Lo que quiero contar es que todos los hechos de la infancia y la adolescencia luego repercuten a los 70 años. Porque uno es todo eso que vivió. Interpreto un personaje que no conoció el amor en su hogar y que vivió creyendo que estaba enamorado, pero no lo sabía. Y cuando se enteró, se dio cuenta de que todo lo que había vivido no era como pensaba. Es una reflexión acerca del amor, de la infancia, del pasado, del presente, de la mujer, y es muy intimista. Mi personaje se llama Joaquín V. González y es el bisnieto del escritor. Es un escritor que no puede escribir y va a una profesora de literatura para que le dé herramientas para volver a hacerlo. Lo necesita porque no sabe cómo sostenerse, no tiene un hobby, no tiene trabajo.

—¿Es lo que te sucede a vos?

—La única ventaja que encontré en esta época de tan poco trabajo para los actores es que tuve mucho tiempo para escribir. Es la primera vez en mi vida que estoy tanto tiempo sin trabajar y, lejos de quedarme en la queja, la melancolía o la bronca, que las tengo, puse toda mi energía y mi tiempo en construir algo acorde a este momento, y entonces voy a un teatro chico con entradas baratas. Y después puedo hacer una gira porque la escenografía entra en el baúl de un auto. Todo está pensado para esta época y también el discurso.

—¿Cómo ves esta época?

—Es una época muy frívola, muy superficial, y por eso me interesa ir un poco más a fondo, profundizar, exponer los dolores, los quiebres, los errores, las miserias. En teatro se ve poco que un hombre hable de amor, y hay que animarse y mostrar que el hombre también sufre por amor y que puede dar todo por amor. No es exclusivo de la mujer. Encontré a la directora ideal que me supo acompañar y es Julia Morgado, y cuando tuvimos la historia, incluimos a Vicky Baldomir, que es una divina actriz que estaba conmigo en La madre. Y tengo un productor amigo que cree en mí, y que ya hizo mi unipersonal Bufón.

Reflexiones

—Dijiste varias veces que tenés 70 años, ¿qué reflexión hacés respecto de tu edad?

—Mi reflexión es que el amor se puede tener a cualquier edad, a los 70, a los 40, a los 20. No hay ninguna diferencia. Es posible amar toda la vida. O no amar toda la vida. No cambia nada.

—¿Hoy estás enamorado?

—Hoy estoy solo. Hace poco estuve en una situación amorosa interesante, intensa, pero duró lo que duró.

—¿Y de tus amores qué pensás hoy que descubriste que hay una diferencia entre amar y estar enamorado?

—Creo que, quizá, en su momento no supe valorar la cuestión del amor. O no lo conocía. No le daba la distinción que tenía. Y también fui un poco descuidado, cosa que aprendí con el tiempo, porque el amor es algo muy preciado que no es fácil de encontrar, y cuando aparece hay que saber cuidarlo. A veces uno está distraído en otras cosas que afectan los vínculos. Ahora que estoy más grande, ya no espero que me pasen grandes cosas. Estoy enfocado en lo esencial de la vida, que son los afectos, los hijos, el amor, cantar, escribir, los amigos, y en ocuparme de cosas que me hacen bien y no desatenderlas. Con el tiempo se aprende a disfrutar, a valorar, a cuidar. Y en mi caso, el ego pasó ya a segundo plano. No tengo la necesidad de exhibirme, de ser aprobado por los demás, de alcanzar la gloria, de ser el mejor, de ganar mucha plata. Todo eso se va calmando, siempre y cuando tengas una vida mínimamente realizada y lo básico cubierto. Yo la tengo relativamente cubierta y no ad aeternum, pero me permite hacer cosas que no hacía cuando estaba muy ocupado y los chicos eran chicos y tenía mucho trabajo. A veces te confundís y ponés la atención en otras cosas que no son prioridad porque tenés que hacer lo que tenés que hacer. Y para sostener hay que dar, hay que estar, hay que ocuparse y hay que regar las cosas. Y eso se aprende.

Un abuelo baboso

—Y ahora también estás aprendiendo a ser abuelo de Miranda, la hija de Tamara. ¿Cómo es tu vínculo con ella?

—Miranda tiene dos años y es hermosa. Sí, aprendo a ser abuelo. Con ella me relajo y no me siento obligado a entretenerla todo el tiempo, a enseñarle. Dejo que pida lo que quiera. Ser abuelo es como una luminosidad que aparece, y casi sin responsabilidades. Porque los hijos son la luz, el amor y también la gran responsabilidad. En cambio, con mi nieta no tengo responsabilidad, porque la tienen la madre y el padre, básicamente. Por supuesto que ayudo en la crianza si puedo porque soy el único abuelo presente. La disfruto mucho y veo en ella cosas que no veía en mis hijos. Observo el día a día, su evolución, las palabras nuevas. Cuando mis hijos eran chicos, estaba muy ocupado trabajando y me perdí muchas cosas. Pese a que no comparto tanto con mi nieta como con mis hijos, cuando la veo no me pierdo nada y me doy cuenta de cada avance, de cada gracia nueva.

—¿Sos capaz de quedarte un sábado de la noche a cuidarla si te lo piden y no salir con amigos, por ejemplo?

—No soy de salir con amigos. No es por eso. Un rato me quedo, pero después la nena pide por la madre. Todavía no estoy tan preparado y ella es muy chiquita. De todas formas, si mi hija me lo pide, lo hago. Por ahora nunca me lo pidió. Creo que ni ella quiere porque no se la deja a nadie.

Los proyectos que lo marcaron

—Hiciste teatro, televisión, cine. ¿Qué personajes o qué historias te marcaron o fueron una bisagra en tu carrera?

—Una bisagra fue un proyecto que hice en teatro y se llamó Uno nunca sabe, sobre dos cuentos de Fontanarrosa que adapté. Y fue bisagra en varios sentidos porque me di cuenta de que podía escribir y que esos aportes que le hice a la obra provocaban risa en la gente. Tenía un don para la comedia. Hasta ahí yo era un actor de teleteatro nada más y, a partir de esa obra, pude acceder a otro tipo de público que veía ficción por la noche. Me fue a ver uno de los autores de Los machos y me convocó. De golpe sentí que estaba jugando en primera. También recuerdo la primera película que escribí y dirigí, y fue Por un tiempo, a la que le pude dedicar mucho tiempo, gracias a que me enfermé en esa época [en 2009 le diagnosticaron cáncer de garganta].

—¿Cómo te sentiste dirigiendo cine?

—Haber dirigido cine fue la experiencia más plena que tuve como artista. Y otra bisagra fue Señoras y señores, que escribí y protagonicé. Y La extraña dama fue una novela muy importante, no tanto para mí, sino porque fue la primera novela que se exportó y marcó un hito. Tengo muy buen recuerdo de Vulnerables, que produjo Adrián Suar y donde la pasé muy bien. Y como actor de cine, lo mejor que me pasó fue El fondo del mar, la ópera prima de Damián Szifrón, que me parece un tipo fuera de serie, que escribe como nadie y dirige con mucho criterio. Disfruté mucho haciendo esa película y leyendo ese guion.

—Decías que hasta Los machos eras un actor de telenovelas, ¿te costó salir de ese rol?

—Yo esperaba salir. Quería salir y experimentar otros personajes. Pero también mantenía una familia y necesitaba trabajar. Con esto no quiero decir que sufría haciéndolo. No, lo hacía a conciencia y agradezco haberlo tenido, pero mi ser creativo, mi ser ideológico y todas las partes de mi alma me pedían acceder a otras cosas, y me resultaba muy difícil porque estaba muy estereotipado como un actor de teleteatro. No era fácil pasar a las grandes ligas. Hasta que llegó Los machos y ahí seguí mi camino y sé que hay gente que me respeta, que me considera y si voy a un pueblo, vendo 50 entradas. Y eso es mi capital porque ahora que no tengo trabajo, vendo 50 acá, 50 allá, 50 más allá, y con 150 ya pago la comida de los chicos. Y voy sumando así, sin traicionarme, y puedo seguir viviendo de lo que me gusta y siendo feliz con lo que hago. Siento que cada trabajo es mejor que el anterior y que tengo lucidez todavía para poder estar muy atento, curioso, con ganas, y no cansarme de cambiar las cosas y de mejorar. Y si tengo que empezar de cero, empiezo de cero. Tengo paciencia, tenacidad y ganas. Después, si me sale bien o mal, es otro cantar.

“Me faltaba hablar de amor”

Sobre la actualidad:

—Decías que tuviste tiempo de escribir la película cuando estuviste enfermo, ¿necesitaste hablar sobre tu enfermedad alguna vez como lo hiciste sobre una experiencia propia en Un hombre solo es demasiado para un hombre solo?

—Sí, escribí sobre mi enfermedad en el biodrama 200 Golpes de jamón serrano, en donde hablé del cáncer, del trabajo y del dinero. Ya hablé y no me gusta volver sobre las cosas por más interés que generen. Y también hablé de la paternidad y de los hijos en una historia que tenía que ver con los 12 años de mi hija Tamara. E hice dos documentales sobre discapacidad donde hablé de mis hijos Juan y Mariano. Me faltaba hablar de amor.

—¿Qué se viene después?

—Desgraciadamente, no lo sé. Estoy tratando de juntar un grupo de alumnos para dar clases de teatro. Está difícil. Yo hacía dos películas por año y ahora casi no hay ficción.

—¿Qué pensás sobre la actualidad?

—Estoy bastante escéptico. Estoy preocupado. No creo que vaya a cambiar nada a corto plazo porque destruir es fácil, pero volver a construir es dificilísimo. Y además están convenciendo a la gente de que lo que era bueno es malo y todo lo que hacíamos no servía, que era un robo. Va a ser complicado que la gente entienda que filmar una película no le hace mal a nadie y que, en definitiva, estamos trabajando y no le sacamos la plata del bolsillo. Si los subsidios que le sacan a la cultura fueran para los hospitales, bueno, tienen razón porque la salud es más importante que el cine. Pero esa plata no va a los hospitales ni a los pobres. Lo hacen por gusto, yo creo. Es odio, es maldad, es ignorancia, es brutalidad, es revanchismo político. Y todo eso es muy desgraciado.

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