180 niñas muertas es el saldo del bombardeo a una escuela en el sur de Irán durante el fin de semana. Y el Consejo de Seguridad de la ONU, como siempre, en silencio.
Ayer, la presidenta Claudia Sheinbaum calificó de "inoperante" a la Organización de las Naciones Unidas. Tiene razón
Para entender por qué la ONU no actuó —y por qué no actuará—, hay que volver a 1945. El derecho al veto no nació como un mecanismo de justicia; nació como una concesión de realpolitik. Las potencias vencedoras de la Segunda Guerra Mundial necesitaban un foro donde sentarse sin matarse. El veto fue el precio de su participación: a cambio de construir el orden mundial, se garantizó el derecho a bloquearlo cuando afectara sus intereses. Se prefirió la parálisis diplomática a una guerra nuclear.
Ahora es 2026 y el organismo fundado por 51 países tiene hoy 193 miembros. Casi cuatro veces más naciones, con el mismo poder de decisión concentrado en el mismo grupo de cinco desde hace ocho décadas. El historial de vetos lo dice todo: Rusia y la exURSS acumulan más de 160 bloqueos, usados sistemáticamente para proteger sus intervenciones en Siria, Ucrania y donde sus intereses lo exijan. Estados Unidos suma cerca de 94, la mayoría en defensa de aliados en Medio Oriente o para escudar sus propias aventuras militares. Reino Unido (29 vetos) y Francia (16) concentraron los suyos en la era de la descolonización. Y China, con 21 vetos y una frecuencia creciente en la última década, se ha alineado cada vez más con Rusia para frenar cualquier intervención que roce su esfera de influencia.
La realidad es que la ONU no está fallando. Está funcionando para que las potencias hagan lo que quieran sin que el resto del mundo pueda estorbarles legalmente. La pregunta pertinente no es por qué la ONU no actúa; la pregunta es por qué seguimos sorprendiéndonos de que no lo haga. ¿Qué empresa o institución sobreviviría hoy con un manual de operaciones escrito hace 80 años por sus dueños para protegerse exclusivamente a sí mismos?
El señalamiento de Sheinbaum tiene otro nivel de ironía cuando se contrasta con la propia experiencia del gobierno de AMLO con el organismo, que delegó la compra consolidada de medicamentos a la Oficina de las Naciones Unidas de Servicios para Proyectos (UNOPS) y terminó pagando más de 117 millones de dólares únicamente en comisiones de gestión, sin resolver las carencias del sistema de salud. La parálisis de la ONU no es solo geopolítica: afecta también su capacidad operativa y logística. Cuando México se quejó de que los medicamentos no llegaban, la UNOPS tuvo su propio veto: el de la ineficiencia.
Al final, la ONU se ha convertido en el comodín retórico favorito de los gobernantes del mundo. Cuando uno de ellos quiere evadir una responsabilidad interna, dice “que lo haga la ONU”. Cuando quiere quedar bien ante las cámaras internacionales, dice “que la ONU detenga la guerra”. En ambos casos, el resultado es el mismo: la parálisis.
La presidenta tiene razón al señalar la inoperancia del organismo. Mientras el veto en el Consejo de Seguridad siga siendo el instrumento que privilegia el interés de cinco sobre la vida de 188, las condenas seguirán siendo exactamente eso: palabras. Gestos simbólicos ante un sistema diseñado para no castigar a nadie.
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