En su autobiografía, escrita entre mayo y agosto de 1876 a pedido de un editor alemán, Charles Darwin (1809-1882), se lamentaba de haber ido abandonando el hábito de la lectura. “En los últimos años no he leído siquiera una línea de poesía”, confesaba. “Perdí también mi gusto por la pintura o la música. Mi mente se ha vuelto una especie de máquina de cuajar leyes generales y grandes colecciones de datos. Privarse de aquellos placeres no sólo roba la felicidad, puede dañar el intelecto y ciertamente el carácter moral al debilitar la parte emocional de nuestra naturaleza”. Esas memorias fueron publicadas cinco años después de la muerte del gran naturalista inglés que concibió la teoría de la evolución de las especies, y su familia censuró los tramos en los que Darwin expresaba sus cuestionamientos a la religión. Sólo en 1950 se conoció la versión completa.
Con sus naturales agudeza, rigurosidad y perspicacia el hombre que revolucionó las ideas sobre el origen y desarrollo de la vida en el planeta describía en tono personal lo que hoy asoma como un fenómeno masivo. El abandono del hábito de la lectura y sus efectos mentales y espirituales en quienes lo hacen. Se suele dar por sentado que tanto leer como escribir son capacidades naturales del ser humano. No es así, del mismo modo en que, originalmente, no fuimos bípedos. Se trata, en realidad, de dos de las conquistas más extraordinarias de la evolución humana. Quizás más trascendentes que viajar a la Luna, acabar con enfermedades mortales o haber inventado internet. Porque casi nada de lo creado por los humanos hubiese sido posible sin haber adquirido antes los recursos de la lectura y la escritura.
Quien lee literatura, poesía, ensayos accede a otros mundos, reales e imaginarios, presentes, pasados y futuros, conecta con otras mentes y otras emociones, puede mirar el mundo con ojos ajenos, se nutre de ideas que acaso no hubiera concebido por sí mismo, conoce a personas de cualquier época y lugar con las cuales jamás se hubiera cruzado de cuerpo presente, activa su imaginación, indaga en misterios existenciales, atraviesa límites y experimenta una libertad interior que es la única que no le puede ser coartada. Suficientes razones para justificar al extraordinario escritor, filósofo y humanista español Miguel de Unamuno (1864-1936), autor de Niebla, La tía Tula y Del sentimiento trágico de la vida, cuando afirmaba: “No hay peor analfabeto, que aquel que sabiendo leer no lee”.
Este tipo de analfabetismo “ilustrado” se extiende en la actualidad como una pandemia, alimentado por la adicción a pantallas y, adentro de estas, el consumo voraz de textos breves, imágenes, memes y toneladas de información banal, imposible de asimilar, procesar y recordar, a la que se la suele llamar conocimiento, término que nada tiene ver con la sabiduría y que es ya un vocablo pomposo y vacío. Se lee cada día menos, dicen las estadísticas. El acto de leer, tomado como bucear en textos, comprenderlos y abrir diferentes significados, requiere tiempo y atención, dos recursos cada vez más escasos en una época de urgencias y ansiedades en la que personas y hámsteres que corren por igual, sin pausa y sin destino, en la rueda imparable. La sociedad posliteraria, advierte el escritor y pensador mexicano Alejandro Martínez Gallardo en su blog La epifanía de los sentidos, va a un extraño mundo humano sin humanidades, en el que la cultura se reduce a mero entretenimiento trivial. Un libro es un pequeño palacio de la memoria, dice Martínez Gallardo. ¿Por qué leer? se preguntaba por su parte Harold Bloom (1930-2019), considerado el más importante crítico y teórico literario contemporáneo. Y se respondía: “Porque sólo la constante y profunda lectura establece y aumenta nuestro sí mismo”. Razón de más si se recuerda que el sí mismo es la esencia única e intransferible de cada ser humano.


