Ezequiel Hara Duck, productor de radio y autor de obras interactivas, encontró en un bar la inspiración para su último trabajoEzequiel Hara Duck, productor de radio y autor de obras interactivas, encontró en un bar la inspiración para su último trabajo

En busca del lector activo

2026/03/01 11:00
Lectura de 12 min

Hay personas que se forman mirando. Y hay otras que se forman participando. En el caso de Ezequiel Hara Duck, la segunda opción fue casi una compulsión temprana. A los trece o catorce años no se limitaba a escuchar radio: llamaba todos los días. No una vez, no ocasionalmente. Todos los días. Apenas se anunciaba la consigna, marcaba el teléfono.

El programa se llamaba La suerte no está echada, iba por FM Sol y lo conducía Sebastián Wainraich, alrededor de 1994. Hara Duck no recuerda ese gesto como una búsqueda ansiosa de protagonismo sino como algo más orgánico: la necesidad de pasar del receptor al emisor. La radio, dice, impone un lugar de escucha. Él quería probar el otro lado.

Con el tiempo, la insistencia se convirtió en presencia. Visitaba el estudio. Conocía la dinámica. Hasta que un día la invitación llegó: participar del programa. Tenía quince años y todavía estaba en la secundaria.

La escena se repite poco después, pero en televisión. Canal 4 Utopía, una señal comunitaria. Primero llamó para participar. Después fue a ver cómo se hacía el programa. Un día el conductor faltó. Al siguiente tampoco apareció. El adolescente que iba a mirar terminó conduciendo. Tenía dieciséis o diecisiete años y durante dos temporadas entrevistó a las bandas de rock que en ese momento ya contaban con dos discos editados. Lo que empezó como curiosidad se convirtió en oficio.

En esa adolescencia hay dos rasgos que siguen apareciendo en su obra adulta: una voracidad por la cultura general y una fascinación por los detalles laterales. De chico competía con su hermana frente a programas de preguntas y respuestas como Tiempo de siembra, conducido por Pancho Ibáñez. Absorbía datos de libros, documentales, películas y radio. No necesariamente profundidad académica, sino amplitud. Esa acumulación de información le permitió, años después, construir una máscara pública ambigua: alguien que parece saber más de lo que efectivamente sabe.

Esa capacidad para moverse con soltura entre temas diversos fue la base de El Frontón, la sección que lo volvió conocido en la radio. Trabajando como productor en Metro y medio, con Wainraich ya consolidado, preparaba fichas con datos curiosos de los entrevistados. No le interesaban tanto las preguntas como los copetes de las entrevistas: esas introducciones donde aparecen anécdotas mínimas, detalles humanos, contextos. De ahí nacían los datos raros. Un día, ante un hueco en el aire, se decidió que los oyentes llamaran con el nombre de un famoso y él respondiera con información inesperada. El segmento se transformó en un éxito sostenido durante años.

Pero incluso allí, detrás del juego, había una operación más profunda: humanizar. Mostrar que los famosos no son una especie aparte. Que cargan nafta. Que piden tostados. Que van al baño. Que no pertenecen a una casta ontológicamente superior sino a una estructura de visibilidad.

Sin embargo, si uno observa su trayectoria con cierta distancia, El Frontón parece un desvío lateral respecto de lo que terminaría siendo su eje artístico. Porque la coherencia más fuerte de Hara Duck no está en el dato curioso sino en la interactividad.

Antes de que la palabra “inmersivo” se volviera un adjetivo inflacionario, él ya estaba ensayando experiencias teatrales donde el espectador no era pasivo. Perfil bajo, concebida en 2013 y estrenada en 2017 cuando la tecnología 4G permitió sostenerla técnicamente, fue una obra por WhatsApp para un único espectador en espacios públicos. El guion se adaptaba a la persona. Cada función era irrepetible.

Después llegaron otras experiencias: ficciones interactivas por videollamada durante la cuarentena, donde el espectador decidía el curso de la acción. La clave, según explica, estaba en el “contrato de lectura”: garantizar cuidado, ausencia de riesgo, contención. Una vez establecido ese marco, el participante se entregaba por completo. El dispositivo habilitaba conductas que fuera de él no existirían.

Esa lógica, participar antes que mirar, encuentra su síntesis en El libro de los olvidos (Montena), un libro que en realidad está incompleto hasta que el lector lo interviene. El proyecto nació en un bar, en un momento de saturación informativa y cansancio mental. Intentó recordar la letra de una canción sin googlearla. Escribirla de memoria fue un gesto mínimo pero revelador: recordar exigía esfuerzo, y ese esfuerzo generaba conexión.

De allí surgieron las primeras consignas. Escribir un texto por el cual uno podría ser cancelado. Arrancar una página y prenderla fuego. Enterrar un recuerdo. Hacer un barco de papel con una hoja y soltarlo en una fuente. Pegar un cartel en la calle con nombres para que otros los arranquen. El libro propone acciones físicas que desestabilizan la relación tradicional con el objeto libro.

No se trata de olvidar mágicamente, él mismo aclara que el olvido no es un acto voluntario, sino de enfrentar el recuerdo desde el juego y la acción. Cada ejemplar terminado se convierte en un autorretrato creativo del lector. El libro es una obra abierta que solo se completa cuando alguien la atraviesa.

Si hay una coherencia en su trayectoria, es esa: la insistencia en que el público deje de ser público y se convierta en participante.

-En tu primer libro, Colección de datos inútiles, ya había un germen de lo que sería después el nuevo. En la última parte hay dos apéndices lúdicos: “regaláselo y que tus amigos te completen la ficha”. Desde el principio había una suerte de impulso a la intervención.

-Me gusta que recuerdes eso. Mi forma de contar historias es interactiva. Por eso hago obras de teatro interactivas, obras de teatro inmersivas, antes de que le pusieran “inmersivo” a todo. Son obras en las cuales el espectador, y en este caso el lector, ocupa un rol activo y no pasivo. Mi primera obra, Perfil bajo, es una obra de teatro por WhatsApp para un solo espectador en espacios públicos y con un guion hecho a medida de ese espectador. Es una obra que empecé a ensayar en 2013, antes de que existiera El Frontón, y la estrené recién en 2017, cuando empezó a funcionar el sistema 4G de las antenas celulares. Esa obra la pensé desde la premisa de que el espectador tuviera un rol activo y que se involucrara, que fuera él quien completara la historia. Después vinieron otras: Clavemos el visto, Paranoia en Chile y Vengan de a uno, que fue un ciclo de ficciones interactivas por videollamada de WhatsApp durante la cuarentena. Eran ficciones escritas por guionistas de cine y series, donde del otro lado de la pantalla había actores con un conflicto. El espectador iba decidiendo qué debía hacer el personaje para resolverlo, como si fuera un “Elige tu propia aventura”. Mi patrón común, tanto en mis libros como en mis obras, es que cada función, o en este caso cada ejemplar, termina siendo único. Busco esa individualidad: que cada libro sea irrepetible porque lo va a completar el lector con su impronta.

-Con el teatro interactivo el público suele ser pasivo. Cuando lo enfrentás a la interactividad, muchas veces se queda quieto. ¿Cómo manejás eso?

-Es una buena pregunta. Es bastante simple en realidad: hay que marcar desde el inicio cuál es el contrato de lectura. Si el espectador viene sabiendo que se va a enfrentar a una obra interactiva, mejor. Pero la clave es que en los primeros minutos se establezcan el tono y el marco de contención. Hay que garantizar que no va a atravesar ningún riesgo, ninguna incomodidad real. Una vez que el participante entiende eso, hay una entrega absoluta. Y ahí se puede ir incrementando el nivel de participación sin que se dé cuenta. Ese marco de contención ficcional habilita a hacer cosas que no haría fuera de él.

-Con El libro de los olvidos, ¿hubo algún recuerdo específico que haya sido el disparador?

-Hubo varios. Yo venía atravesando momentos de mucho estrés por mi trabajo en radio, consumiendo muchas noticias, con dos pantallas al mismo tiempo: la del teléfono y la de la computadora. Mucha información, mucho cansancio mental. Me hacía bien ir a un bar y anotar ideas en una libreta. Yo ya venía jugando con la idea de hacer un libro interactivo. Un día quise acordarme la letra de una canción, “Polaroid de locura ordinaria”, y decidí escribirla en papel sin googlearla. La tenía en la nebulosa, quería recuperarla desde la memoria. Ese ejercicio me conectó conmigo mismo. Sentí una especie de liberación. Estaba abstraído del teléfono, de las noticias. Ahí apareció algo. Fue el primer acercamiento a una consigna del libro. Después hice otro ejercicio: escribir un texto por el cual podría ser cancelado. Algo políticamente incorrecto que, si alguien lo encontrara, implicaría una cancelación inmediata. Eso lo hice como ejercicio personal, sin taller de escritura. Esos fueron los primeros dos ejercicios que luego quedaron volcados en el libro.

-¿Fue terapéutico para vos escribirlo?

-Sí, claro. Siento que el libro es muy terapéutico, tanto para mí como para quien lo agarre. El proceso es de autoconocimiento y conexión con uno mismo. No solo en las consignas más introspectivas, sino también en aquellas que implican una acción más física, incluso agresiva con el objeto libro: arrancar una hoja y prenderla fuego, enterrarla, hacer una maceta, hacer un barco de papel y soltarlo en un lago, pegar un cartel en un poste de luz. Hay consignas que implican enfrentarse a algo inesperado. Ese paso a la acción concreta, que si no fuera propuesto por el libro quizás nunca lo harías, tiene algo terapéutico y lúdico al mismo tiempo.

-En terapia Gestalt hay ejercicios parecidos. ¿Investigaste algo de eso?

-Hay un libro de Nietzsche llamado Consideraciones intempestivas por el sentido de la historia para la vida, que comienza con una pregunta a una oveja muy feliz: “Ovejita, ovejita, ¿cuál es el secreto de la felicidad?”. Y la ovejita se queda mirándolo y le dice, “No me acuerdo”. A partir de ese diálogo Nietzsche hace una recuperación del olvido como una fuerza vital para la vida, y luego Deleuze en sus críticas al psicoanálisis, que apela al recuerdo y a la memoria, invoca las fuerzas del olvido. El psicoanálisis no dice “no hay que olvidar”. No cualquiera puede olvidar. No se pueden olvidar ciertas cosas a voluntad. El psicoanálisis brega por el olvido, siempre y cuando ese olvido sea posible, como dice Freud: recordar, repetir, reelaborar, y dar cierta tramitación simbólica. No olvida el que quiere, ni olvidamos lo que nos gustaría olvidar. Incluso a veces es muy doloroso, miles de personas quisieran olvidar ciertas cosas y no pueden. De hecho, se lastiman por no poder olvidar. A veces no olvidar puede ser como una maldición. El libro interactivo está planteado como una práctica de conocimiento y conexión con uno mismo, que puede terminar siendo además una posibilidad de jugar; puede terminar siendo un espacio terapéutico para trabajar y elaborar recuerdos.

-En un momento el libro propone dejar de ser libro y transformarse en objeto.

-La idea es demostrar que cualquiera puede ser creativo. No creativo en el sentido publicitario de la palabra, sino creativo como capacidad humana. El libro está incompleto. Tiene que ser completado por el lector. Cada ejemplar finalizado es una obra de arte hecha por uno mismo. Ojalá algún día se pueda hacer una muestra con muchos libros completados. Cuando uno lo termina, hizo sin darse cuenta un autorretrato creativo.

-El diseño es amable, no intimida. ¿Eso fue pensado?

-Sí. Cuando presenté el proyecto tenía una idea más punk, más desordenada, más rock. La editorial me dijo que esos colores eran demasiado oscuros. Con la editora Manuela Frers y el diseñador Santiago Recart lo fuimos ordenando. Él entendió mis ideas, yo le hacía dibujos desordenados y él los traducía en diseño gráfico. La idea era que no fuera rígido ni distante. Que fuera accesible. Que no hubiera una barrera entre el libro y quien lo agarra. El orden de las actividades fue un Tetris total. Había que evitar que una consigna arruinara la siguiente. Si tirás café en una página, que no afecte la otra. Hubo que rearmar todo el orden original.

-¿Dejaste actividades afuera?

-Sí. Algunas que tenían que ver con la muerte. Por ejemplo, escribir tu propio obituario. También algunas que implicaban objetos que podían ser peligrosos. Quise que el libro fuera apto para todas las edades, incluso para chicos de catorce años.

-Hay actividades en el libro que implican intervenir el espacio público. Por ejemplo, hacer una lista de personas que querés olvidar, cortar los nombres y pegar la hoja en un poste para que otros los arranquen. ¿Qué te interesa de ese gesto?

-Me interesa el involucramiento físico del lector. Que no sea solamente un ejercicio mental. Que tenga que salir, que tenga que pegar algo en la calle, que tenga que arrancar una hoja, que tenga que enfrentarse con una acción concreta. Hay consignas que tienen que ver con enterrar un recuerdo. O crear un mapa en el margen de una página y marcar un lugar donde haya sucedido algo que querés olvidar, y después ir físicamente a ese lugar y dejar un objeto, una piedra pintada. Eso implica movimiento, implica desplazamiento, implica acción. Y también implica juego. Muchas veces el libro propone algo que, si no estuviera escrito ahí, el lector jamás se hubiera imaginado haciendo.

-¿Ves un camino coherente entre el adolescente que llamaba a la radio y el autor de hoy?

-Sí. Hay una búsqueda por contar historias de forma interactiva. En la radio, en las secciones que propuse, en el teatro, en los libros. No sé si mi vida es coherente, pero mi carrera artística, sí. Mi carrera artística no es lo mismo que mi carrera en medios. Puedo firmar cada una de mis obras de teatro y mis libros. Ahí hay un eje, una línea recorrida.

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