Cuando Donald Trump anunció esta madrugada el inicio de operaciones de combate en Irán, uno de los objetivos declarados era la cabeza del régimen: el ayatollah Ali Khamenei. De hecho, las evaluaciones revelaron que los objetivos también fueron el comandante de la Guardia Revolucionaria, el ministro de Defensa y el jefe de inteligencia. Es una lista considerable. Y, aun así, hay una pregunta clave: ¿si fueran eliminados, caería automáticamente el régimen? La respuesta corta es que -por ahora- no. Y para entender por qué, hay que comprender qué es realmente la Guardia Revolucionaria Iraní, conocida por sus siglas en inglés como IRGC.
La IRGC nació en 1979, semanas después de la revolución que derrocó al Shah. Su misión fundacional era clara y total: proteger la revolución islámica. No al Estado iraní en abstracto, ni al territorio nacional, sino a la revolución. Esa distinción lo explica todo.
A diferencia del ejército regular, que responde al gobierno y a los ministerios como cualquier fuerza armada convencional, la Guardia Revolucionaria responde directamente al líder supremo según establece la Constitución iraní, lo que le otorga -de acuerdo con análisis del Council on Foreign Relations (CFR)- una legitimidad institucional persistente desde su fundación y que ningún golpe externo puede borrar de un día para el otro.
Cuenta con fuerzas terrestres, navales y aéreas propias, su propio servicio de inteligencia, una milicia interna (el Basij, responsable de la despiada represión de protestas) y un brazo exterior: la Fuerza Quds, que opera en Irak, Siria, Líbano, Yemen y, según inteligencia occidental, en lugares tan lejanos como Australia.
Las cifras evidencian el tamaño: entre 150.000 y 190.000 efectivos, según registros del Centro Nacional de Contraterrorismo de Estados Unidos (NCTC). La Fuerza Quds, su unidad de élite para operaciones en el exterior, suma entre 5.000 y 15.000 hombres seleccionados por su lealtad ideológica, según la misma fuente. Pero el poder de la IRGC va más allá del número de soldados.
Después de la guerra con Irak, en la década del ‘80, el líder supremo tomó una decisión bisagra -y transformadora- para la Guardia: le abrió las puertas de la economía. Según un relevamiento de la Universidad Deakin sobre la historia institucional de la organización, autorizó la expansión de la IRGC al ámbito económico, permitiéndole construir un imperio empresarial que hoy abarca desde la construcción hasta las telecomunicaciones.
Esta autonomía institucional y económica define a la organización. La IRGC controla sectores enteros de la vida productiva iraní. A través de su conglomerado más conocido, Khatam al-Anbiya, ejecuta megaproyectos de infraestructura, energía y transporte. Participa en la gestión de puertos y en servicios médicos. Se le atribuye el control de recursos estratégicos como el agua en zonas de conflicto social, empleada como herramienta de disciplinamiento de poblaciones. E investigadores de la Universidad Deakin sostienen que hasta un tercio de las importaciones informales del país pasan por las redes de contrabando de la Guardia, que incluye tabaco, alcohol y droga distribuidos a través de mercados negros.
Este poder económico es la columna vertebral de su autonomía y su capacidad de supervivencia institucional. La IRGC se financia por sí misma, lo que la hace tan difícil de desmantelar internamente y tan compleja de someter desde el exterior.
La Fuerza Quds es el componente más reconocido de la IRGC fuera de Irán. Es la organización que transformó a Hezbollah en los años ‘80 de una pequeña insurgencia libanesa en una fuerza paramilitar sofisticada.
Equipó y entrenó a milicias chiítas en Irak tras la invasión estadounidense de 2003, infligiendo bajas directas a tropas estadounidenses, según documentación del NCTC. Proveyó a los Houthis en Yemen de misiles y drones con los que atacaron rutas de navegación en el Mar Rojo durante 2024, según la misma fuente.
Esta lógica de operar a través de intermediarios es deliberada: le permite a Irán negar su involucramiento. El llamado Eje de la Resistencia —Hezbollah, Hamas, los Houthis, las milicias iraquíes— no constituye una alianza de iguales, sino una red construida, financiada y sostenida durante décadas por la Fuerza Quds.
Hoy esa red muestra signos de desgaste. Hezbollah ha sufrido importantes bajas a manos de Israel en los últimos dos años. Hamas ha registrado pérdidas significativas en Gaza tras el brutal ataque del 7 de octubre de 2023. El gobierno de Assad en Siria cayó en diciembre de 2024, lo que privó a Irán de su corredor terrestre hacia el Mediterráneo. Los ataques aéreos de junio del último año destruyeron parte del arsenal de misiles balísticos. Pero una red dañada no es una red extinta.
El desafío fundamental que enfrentan los planes occidentales, y que el ataque de esta madrugada no resuelve, radica en la naturaleza institucional de la Guardia: la IRGC no es una pirámide que depende de un solo hombre, sino una entidad con múltiples polos de poder -militar, inteligencia, economía, milicia interna, y red exterior-, cada uno con sus propios recursos y cadenas de mando.
Según el análisis de las especialistas Jennifer Gavito y Bianca Rosen en el think tank estadounidense Atlantic Council, eliminar al líder supremo conduciría como máximo a una lucha interna de poder. Además, el régimen había previsto este escenario: relevamientos de inteligencia indican que Khamenei habría designado sucesores para sí mismo y para los principales puestos militares y de gobierno. Ali Larijani, ex comandante de la IRGC y jefe del Consejo Supremo de Seguridad Nacional, fue designado para coordinar la planificación de contingencias con el objetivo de asegurar la continuidad institucional aunque la cúpula fuera eliminada.
Neutralizar al comandante de la IRGC -como sugieren algunas evaluaciones aún no confirmadas- no hace desaparecer a la institución pero sí genera una disputa interna por la sucesión.
En las próximas horas y días se verá qué queda en pie del aparato de seguridad iraní tras los ataques. Pero existe un una cuestión que trasciende el análisis militar: la reacción de la sociedad iraní. Desde diciembre, Irán atravesaba las protestas más masivas desde la revolución de 1979. Millones de personas en más de cien ciudades, afectadas por la crisis económica, el colapso del rial y décadas de represión. La respuesta del régimen fue de dura represión: Trump, durante su discurso del Estado de la Unión, citó el dato de 32 mil manifestantes masacrados en pocas semanas.
La IRGC acumula 45 años perfeccionando una habilidad: sobrevivir. Resistió la guerra con Irak, enfrentó sanciones internacionales, soportó el asesinato de Qassem Soleimani, su comandante más emblemático, eliminado por un drone estadounidense en Bagdad en 2020, y sobrellevó repetidas rondas de protestas internas.
Si sobrevive a este golpe, la organización podría radicalizarse aún más. Si no logra sostenerse, la disolución de su aparato institucional dejaría una estructura de poder sin dirección ni control claro, un escenario que podría requerir mucho tiempo para estabilizarse y cuyas consecuencias inmediatas y futuras no pueden anticiparse hoy.



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