En el diccionario de Carlos Izquierdoz no existe la palabra imposible.
Nacido en Bariloche y criado en Salto, un pueblo de 35.000 habitantes en el interior de la provincia de Buenos Aires, debutó a los 15 años en el Argentino B jugando como volante por izquierda, a los 16 se probó en Lanús y, a los 21, antes de sumar rodaje en Atlanta, en la Primera B, llegó a plantearse seriamente dejar el fútbol, acosado por las lesiones y la falta de oportunidades. Sin embargo, su experiencia en el Bohemio le devolvió la confianza. A partir de ahí, su vida dio un giro de 180°: se consolidó en el Granate, fue campeón de la Copa Sudamericana, pasó por México, Boca y España, y a los 35 años volvió al club que considera su casa no solo para cerrar su carrera, sino para seguir sumando logros, como el del jueves en el Maracaná, donde el equipo dio el golpe frente a Flamengo y, contra todo pronóstico, se alzó con la Recopa.
“Si queríamos hacer historia teníamos que ser valientes; los cobardes no quedan en los libros. Ya habíamos dado muestras de que este grupo no tenía miedo, de que iba al frente. Para sacarnos esta copa nos iban a tener que matar. Confiábamos en que podíamos competir con cualquiera. En un momento parecía que se nos iba a escapar, pero donde no empujan las piernas, empuja el corazón. Ganarle a un campeón de la Libertadores, en su cancha, con 65.000 personas, es lo máximo”, relata Izquierdoz, feliz por su tercer título con el club.
Mientras tanto, Cali ya empieza a preparar el terreno para cuando llegue el momento del retiro, previsto, para fin de año, después de la Copa Libertadores: en diciembre se recibió de técnico y también completó la diplomatura para directores deportivos junto a Eduardo Salvio.
El curso de entrenador lo realizó en Lanús, en la escuela que funciona en el estadio: lo inició cuando jugaba en Boca, hizo una pausa durante su etapa en el Sporting de Gijón y lo retomó tras su regreso a la Argentina.
El de manager, en cambio, lo cursó en Futbolistas Argentinos Agremiados, con la coordinación de Nicolás Burdisso y Pablo Burtovoy. “Me anoté casi como un pasatiempo y terminé enganchándome, al punto de empezar a verlo como una opción real para el día de mañana. Me gustaría arrancar dirigiendo en el fútbol formativo, para ir dándole forma a una idea que tengo, probar, equivocarme y confirmar si es realmente lo que me apasiona. Pero la gestión también me atrae mucho. Tuve experiencias tanto en asociaciones civiles sin fines de lucro, con un rol social muy marcado, como en sociedades anónimas deportivas, como en Santos Laguna. Creo que ambos modelos pueden funcionar en cualquier contexto, así que no descarto involucrarme en ese terreno”, cuenta el papá de Santiago (11 años), Catalina (nueve) y Lucía (tres).
¿Hoy analizás a los rivales como futbolista o también como DT?
-El curso es muy bueno, pero el mayor aprendizaje te lo dan los años en el fútbol. Siempre fui de observar mucho, de intentar entender qué me servía y qué no de los distintos entrenadores que tuve. La formación suma en lo táctico, pero también en materias como psicología, expresión oral y escrita o videoanálisis, cuestiones que cuando sos jugador a veces te pasan de largo. Y en lo estrictamente futbolístico ayuda mucho: identificás qué sistema usa el adversario, cómo contrarrestarlo y de qué manera potenciar tus virtudes.
-¿Y sacás conclusiones?
-Con tres hijos chicos es un poco complicado, ja. Lo miro mientras preparo la comida, baño a uno, cambio a otro… No es el análisis más profundo del mundo, pero siempre algo queda. Me gusta ver fútbol.
Muy querido en Atlanta, ídolo en Santos Laguna, de buen paso por Boca y referente máximo del Lanús campeón, Izquierdoz retornó al Granate en junio de 2024, tras dos temporadas en la segunda división de España, donde no terminó jugando por decisión del entrenador. Un año antes, Cali había recibido el primer llamado para volver. “Yo sabía que, una vez terminado mi contrato, mi futuro iba a estar en Lanús. Desde 2006, antes de que subiera a Primera, y hasta que me fui a México, en 2014, el club no había parado de crecer. Pero después de los tres títulos con (Jorge) Almirón y la final de la Libertadores 2017, sentía que había caído en un bache. El fútbol es muy cambiante y a veces las cosas no salen como querés: problemas de descenso, jugadores que se renovaban semestre a semestre… No era el camino de Lanús, aunque igual veía mucho potencial en el plantel. Miraba los partidos y observaba a futbolistas como Marcelino Moreno, Walter Bou, Felipe Peña Biafore o Raúl Loaiza. Había buen material, pero faltaba consolidarlo. Tomé la decisión de regresar y, cuando estaba por firmar, recibí un mensaje del Toto preguntándome si pegaba la vuelta. Le respondí que sí y me contó que su idea también era regresar al país. Le dije: ‘Volvamos juntos, que vamos a pelear cosas importantes’. Y salió todo mejor de lo pensado”.
-En Lanús, lograste imponer tu carácter en un vestuario de jugadores de mucho cartel.
-Tuve grandes líderes como compañeros y siempre me acerqué a los más experimentados. En Atlanta, por ejemplo, aprendí mucho de Rodrigo Llinás, Nicolás Cherro y Carlos Arancibia. Y cuando volví a Lanús estaban Paolo Goltz, Agustín Pelletieri, Maxi Velázquez, Carlos Araujo, el Flaco (Leandro) Somoza, el Tanque (Santiago) Silva… De todos fui tomando cosas: la forma de entrenarse, de competir, de ser buen compañero y de querer ganar siempre. Pero, sobre todo, aprendí a ir de frente, a decir las cosas como son aunque duelan; a veces con roce, pero con honestidad. Hoy me cruzo con cualquiera de ellos, lo miro a los ojos y sé que no le debo nada a nadie. Ese es el reconocimiento que más me llena de orgullo: que digan que me manejé bien, que siempre busqué lo mejor para el equipo y el grupo, que prioricé lo colectivo por encima de lo personal. Si tengo que elegir qué es lo que más valoro de mi carrera, es eso: haber mantenido una conducta intachable.
-¿Cómo es el trato con los más chicos? ¿Cambió con el paso de los años?
-Cambió como cambió la sociedad. Hoy tenés que ser mucho más cuidadoso en la forma en que te dirigís y tener más empatía al decir las cosas. A los de mi generación, cuando recién arrancábamos, venía un referente y te decía “esto es negro” y punto: no se discutía, aunque vos lo vieras amarillo. Ahora tomás una decisión y tenés que explicar por qué. Y si no termina de convencer, también ser un poco flexible. Como capitán me pasó en varios planteles: fui aprendiendo que no puedo tratar a todos de la misma manera. El mensaje tiene que llegar bien, sin que el otro se sienta atacado o se venga abajo. Eso también es gestión: convivir con 25 o 30 personalidades distintas y encontrar lo mejor para todos. Obviamente, hay momentos en los que la situación aprieta y hay que decir las cosas como son. Porque nosotros estamos expuestos a un mundo distinto, donde la gente no tiene contemplaciones. Si no le gusta algo, se va a hacer sentir, y si siempre te hablaron con delicadeza, el día que te toque enfrentarte con esa realidad puede ser duro. Entonces se trata de encontrar un equilibrio. Que los más chicos incorporen nuestros valores, los de la vieja guardia, pero entendiendo que los tiempos son otros.
-¿Recordás alguna situación puntual?
-El Toto (Salvio) llegaba todas las mañanas y era el que arrancaba antes que nadie. Un día entró Bou, lo vio entrenando y dijo: “Mirá qué grande Salvio: jugó un Mundial, ganó todo y lo primero que hace es ponerse con los abdominales…”. Lo comentó en broma, pero delante de todos. Walter se acostó al lado y empezó a hacerlos con él, y enseguida los más chicos se sumaron. Eso es predicar con el ejemplo. Hoy llegamos al club una hora y media antes del entrenamiento, pasamos por el gimnasio, practicamos y, cuando volvemos al vestuario, otra vez al gimnasio. Grandes y chicos. Es parte de la rutina grupal, y son las cosas que nos mantienen fuertes, competitivos y ganadores.

