Tamás Vásáry, pianista y director de orquesta húngaro, al piano, en Alemania, 1981Tamás Vásáry, pianista y director de orquesta húngaro, al piano, en Alemania, 1981

Tamás Vásáry, el prodigio húngaro

2026/02/27 17:00
Lectura de 4 min

He conocido esa clase de músicos para los que su arte lo es todo, para los que, sin música, no hay vida. Tamás Vásáry fue uno de ellos y acaba de morir.

Me enteré de la noticia por Vilmos Oláh, concertino de la Orquesta de la Radio de Budapest, quien fue para Tamás el hijo que nunca tuvo. Su historia pianística es conocida como una leyenda por su exquisito legado discográfico. Su historia personal, en cambio, atravesada por las tragedias húngaras del pasado siglo, no se conoce tanto.

Nació en Debrecen en 1933. Su padre fue un político relevante. Su madre, la hija de un obispo anglicano. Transcurrió su infancia de niño prodigio al margen de la catástrofe durante la segunda guerra. “Ya no soy un prodigio —bromeaba—. Pero sigo siendo un niño”. Y en parte era cierto. Tenía algo de Peter Pan, de infancia eterna, de avidez en la mirada. Tenía unos ojos grandes, muy azules y transparentes, llenos de picardía y candor. La sonrisa afable, la ternura, la inquietud, la curiosidad del niño. Definitivamente, algo de esa inocencia. Lo que a la música es el don, la virtud innata, la elegancia no aprendida.

De aquellos años atesoraba dos recuerdos. Uno, el orgullo de su abuelo, miembro de una familia adinerada cuyos antepasados habían luchado en la revolución por la independencia, la de 1848, una de las tantas. Desző Baltasar se llamaba ese abuelo. Abogado y obispo desde 1911 hasta su muerte en el 36. Líder calvinista, liberal y pro judío, amigo del compatriota Teodor Herzl, fundador del sionismo moderno y padre simbólico del Estado de Israel. El otro recuerdo del que se preciaba era su encuentro con Dohnányi, figura inmensa de la cultura húngara (que dicho sea de paso emigró a la Argentina en 1948 y se instaló por un tiempo en Tucumán con el proyecto fallido de un centro de estudios musicales), director de la prestigiosa Academia Liszt a la que renunció protestando contra las leyes antisemitas que se negaba a aplicar. Ernő Dohnányi asistió al recital del prodigio de ocho años y lo invitó a ingresar al conservatorio, uno de los mejores de Europa.

Empezó la guerra, luego la captura de Budapest, la ocupación soviética y por supuesto, la confiscación de la propiedad bajo el sistema comunista. “La familia era una suerte de nobleza —me explicaba Vilmos, quien lo acompañó hasta el último de sus días, cuando el arte que lo era todo, lo dejó sin motivos para seguir viviendo—. Su padre y su tío fueron fundadores de la rama católica-derecha de un partido político civil. Su padre, miembro del parlamento y su tío, gobernador. Era gente destacada. Poseían tierras, tradición y cultura. Les confiscaron todo y quedaron en la miseria”.

Tamás vivió una adolescencia pobre y poco feliz, tocando en cabarets y escenarios de poca monta por escasos florines. Ni siquiera tenía un instrumento en casa, pero soñaba con la gran carrera de todas formas. Fue otro de sus maestros, Zoltán Kodály, quien costeó la compra de un piano para que compitiera en el Concurso Reina Elizabeth de Bélgica. Cosa que hizo con éxito porque obtuvo un premio y el conocimiento de la reina madre belga que le salvó la vida.

Corría 1956, el tiempo sangriento de otra revolución, ahora contra los rusos. Su padre, József, vice primer ministro del depuesto gobierno de Imre Nagy (ahorcado por el régimen comunista tras dos años de cautiverio), fue tomado prisionero y, otra vez por gestiones de Kodály, la reina apeló a sus contactos en Moscú y logró la liberación y el exilio inmediato de la familia Vásáry.

Recién en 1989, con el colapso de la Unión Soviética, Tamás pudo regresar a Hungría, convertido en ciudadano suizo, en una leyenda del piano y la dirección. Lo conocí en Budapest y me dejó, junto a una amistad inolvidable, esta frase que apunto con afecto: “Ya no soy un prodigio, pero sigo siendo un niño porque en esta vida terrena, donde el amor es lo único insustituible, solo la infancia vive en el presente como yo.”

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