En la cocina cotidiana, pocas preparaciones son tan útiles y tan maltratadas como las tortitas de atún. No por su sabor —que suele ser cumplidor—, sino por su fragilidad: se quiebran al voltearlas, se abren en el centro o se desmoronan antes de dorar.
El problema no está en “la receta” sino en el equilibrio entre humedad y cohesión, y en un punto técnico que se respeta poco: la costra debe formarse antes de tocar la pieza. Cuando se corrigen esos tres factores, la tortita sale perfecta.
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Lo que evita que se desarmen
- El primer control es la humedad: el atún debe quedar seco al tacto.
- El segundo es la estructura: el aglutinante se ajusta al punto real de la masa, no a una medida fija; si no se deja formar, le falta cuerpo.
- El tercero es el sellado: si se intenta voltear antes de que la costra exista, la tortita se parte porque aún no tiene “cáscara” que la sostenga.
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