“Cuando abrí la puerta, salió como una ola”, contó Lorena, dueña del restaurante El Parrillón, en Avellaneda, todavía con el piso húmedo y las heladeras apuntadas por ventiladores. La frase resume la escena que dejó el temporal durante la madrugada del martes en el sur del conurbano bonaerense, donde calles y comercios quedaron bajo agua tras las intensas lluvias.
El Servicio Meteorológico Nacional (SMN) había emitido una alerta amarilla por tormentas para la ciudad de Buenos Aires y el conurbano. En el Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA) se registraron precipitaciones de variada intensidad, truenos y relámpagos. El fenómeno afectó principalmente a municipios del sur de la provincia.
En Avellaneda, vecinos describieron el escenario con una imagen repetida: “Somos la pileta”. En las inmediaciones del puente Pueyrredón –uno de los sectores más comprometidos– el agua comenzó a bajar con el correr de la mañana, aunque los daños ya estaban hechos.
Lorena relató a LA NACION: “Nos enteramos por los vecinos y la cámara de seguridad. Nosotros estamos elevados por altura, pero igual entró. Encima los cables los tenemos abajo, por ende tenemos todas las heladeras que ahora se están secando con ventiladores. La tele se rompió. Yo tenía miedo de venir por temor a electrocutarme, les pedí que nadie entrara hasta la mañana que abrí la puerta y salió como una ola el agua. Esto se puede evitar cuando dejen de crear un muro, no es la primera vez que pasa y ya estamos cansados, ¿cuánto más? Somos la pileta, mirá”. Y mostró las imágenes de las cámaras de seguridad. “Era agua pura, estaba hasta la rodilla”, agregó, desganada, mientras seguía sacando lo que quedaba en el local.
Enfrente, en una estación de servicio Shell, los empleados prefirieron no hablar, pero permitieron ver el estado del lugar durante la madrugada. “Con esto te muestro todo, no hay palabras”, alcanzó a decir uno de ellos.
En la intersección de Coronel Pagola y Giribone, aunque el agua ya había bajado, los rastros eran visibles. Carlos Domínguez, vecino del barrio, explicó en detalle lo que –sostuvo– ocurre cada vez que llueve con intensidad: “Esos bidones estaban acá. Los llevó casi media cuadra. Estamos a cinco cuadras del río. Esto es una bomba de tiempo”.
Luego, continuó: “Como no se puede tirar el agua al río por montones de motivos y regulaciones, tuvieron que poner bombas. No hay aliviadores. Por eso se inunda toda Avellaneda. Y siempre se va a inundar”.
También señaló: “Es un problema de Nación y de Provincia. O ponen más plantas de bombeo o hacen un canal aliviador, o un reservorio como tiene Capital. Acá no hay. No dan abasto las bombas. Cuando vos veas la bomba decís… ¿esto es lo que saca todo?”.
Domínguez mencionó además la regulación de la cuenca y apuntó a la Autoridad de Cuenca Matanza Riachuelo (Acumar). “Eso no es un problema de Avellaneda. Esa legislación la tiene Acumar. Cuando llueve en toda la cuenca y el Riachuelo crece, se genera un conflicto”, dijo, en referencia a las dificultades para evacuar el agua cuando el nivel del río está alto. “Avellaneda va a sufrir hasta que alguien decida poner más bombas o hacer algo”, añadió.
En la calle Palaa el agua ya había retrocedido, pero quedaban marcas de barro en las paredes y autos cubiertos de ramas. Tres mujeres caminaban por la zona cuando este medio se acercó. Una respondió: “Soy de Avellaneda. Se inundó todo. Un desastre. El agua entró hasta el primer escalón de la vereda. Todo es culpa de la intendencia, que no hace nada”.
Con el correr de las horas el agua fue desapareciendo, pero las consecuencias se seguían viendo en cada fachada marcada. Mientras en Avellaneda comenzaba la limpieza, en zonas de Lanús como Villa Caraza pasado el mediodía todavía había cuadras enteras bajo agua.
El asfalto, en varios tramos, no se veía. Una lámina marrón cubría de cordón a cordón y reflejaba el cielo despejado, los cables cruzados y las copas de los árboles. En algunas esquinas el pasto alto parecía flotar en el límite entre la vereda y la calle. Bolsas y restos de basura quedaban atrapados en pequeñas corrientes que se formaban cuando algún vehículo se animaba a pasar.
En una de las calles más comprometidas, los colectivos avanzaban lentamente, casi a paso de hombre, levantando olas que golpeaban contra las veredas. El agua llegaba a la altura de las ruedas de autos estacionados y dejaba ver, apenas, la línea central del pavimento. Las casas bajas mostraban marcas recientes de barro en puertas y portones.
Sobre la calle Dean Funes y Magallanes, Mercedes, dueña de un kiosco, observaba la escena junto a una vecina, propietaria de una mueblería que permanecía cerrada. “Cae un poco de agua y ya estamos así, directamente”, dijo Mercedes a LA NACION, señalando la cuadra convertida en una laguna. “Está todo el barrio así. Esto puede durar un día, si vienen a limpiar y se va rápido. Si no, podemos estar semanas”, denunció.
La dueña de la mueblería, que no dio su nombre, explicó que su local no abrió. “Nos cansamos de mandar fotos, de hacer reclamos y nada. Fuimos al municipio porque somos los más afectados. No podés sacar nada a la calle. Es agua sucia, estancada”, describió.
Mercedes apuntó al sistema de desagües. “El tema es hacer la obra. Se hicieron desagües nuevos, pero se tapan. En la esquina paran los colectivos, la gente baja y se cae al agua. Hay una boca de tormenta y ponen una tapa chica. Ya se cayó un montón de gente. Sacamos fotos, reclamamos siempre”.
También cuestiona cómo quedó la calle tras las obras. “Acá no dejaron cordón cuando la arreglaron. Los colectivos pasan por la vereda como si nada y se rompe todo cada vez más. Nosotros pagamos impuestos municipales, pagamos por la cartelería, por poner cosas en la vereda, por todo. Y así estamos”.
A pocos metros, Carlos Díaz miraba la calle junto a su nieta. Frente a su casa, el pavimento había desaparecido bajo el agua. “Estamos abandonados. Vas a Lomas y está todo perfecto. ¿Nosotros qué? Llueve y acá tenemos agua. Dicen que el desagüe está, pero es chico, no sirve. La municipalidad viene solo a veces. Es común sentirnos abandonados”, afirmó.
Otro vecino, Ricardo Pons, sumó su enojo: “Siempre lo mismo. Cada vez que llueve fuerte, esto es una pileta. Hacemos reclamos y nadie responde. Después aparecen cuando ya bajó el agua y queda todo marcado”.
Mientras continuó el recorrido por Villa Caraza, en algunas cuadras todavía no se podía cruzar sin mojarse por encima de los tobillos. El agua ocupaba toda la calzada y obligaba a peatones a bordear por las veredas más altas. Algunos intentaban destapar bocas de tormenta con palos; otros miraban el nivel acumulado, esperando que cediera un poco más.
En el caso de Temperley, otro de los lugares afectados, a diferencia de Avellaneda y Lanús, pasado el mediodía no había agua ni señales de que hubiera llovido con intensidad. Calles secas, veredas transitables y comercios abiertos componían una postal distinta a la de otras zonas del sur del conurbano. Muchos vecinos se enteraron de las inundaciones por redes sociales, pero al salir a la calle se encontraron con un escenario completamente seco.
“Lo que pasa acá es que sí se inunda, pero a la hora ya se desagota. A las 7 estaba acá en Don Cipriani y no había agua, todo seco”, comentó a este medio un empleado del lugar, que vende comida rápida, mientras señalaba la esquina sin rastros de acumulación.
Laura Braim, dueña del kiosco ubicado junto a la parada de trenes, coincidió. “No vi nada. Me enteré por redes, pero no vi agua. Ni siquiera el paso nivel de Temperley, que antes era una cueva. A partir de las obras, se solucionó por lo menos eso. No hay más. Faltan cosas, pero eso está”, expresó.
Otro comerciante de la zona sumó: “Antes llovía fuerte y sabíamos que el bajo nivel se llenaba. Ahora puede acumular un poco, pero drena rápido. Esta vez ni eso”.


