Se lo pedían la falta de títulos en un año y medio, una sonrojante sucesión de derrotas, el comatoso rendimiento futbolístico del equipo, la desacertada política de refuerzos y la espasmódica promoción/descarte de los juveniles de las inferiores. Todos esos factores concurrentes “pedían” que Marcelo Gallardo no siga en River. Era un lastre que hace rato hubiera aplastado a cualquier otro director técnico que no fuera él. Incluso por la mitad de lo que está siendo su fallida gestión, como lo sufrió en carne propia Martín Demichelis.
Todos los valores de medición y evaluación de su segundo ciclo lo ubicaban fuera de su cargo al Muñeco, que a principios de este año era consciente de la situación, no fingió demencia: “No estamos acostumbrados a perder tantos partidos en tan poco tiempo. Fue un año [2025] de frustración deportiva. Nos habíamos preparado para otra cosa”.
¿Cuáles eran los únicos vectores que no estaban “pidiendo” que Gallardo se fuera? La respuesta estaba en los dirigentes y el Monumental, quienes lo bancaron más que sus propios jugadores, ausentes en los agradecimientos en su discurso de despedida.
No era poco sostén y hablaba de la base de sustentación que el DT, hace ya bastante tiempo, supo ganarse por méritos propios (14 títulos, el más ganador de la historia). Nadie le regaló nada... antes. ¿Y ahora? Se acabó el tiempo de gracia que se había concedido el propio Muñeco. “Estuvimos esperando las horas de reflexión que pidió Marcelo. Mientras tanto, el apoyo es el de siempre”, le confiaron a este diario en el mediodía del lunes fuentes cercanas al presidente Stefano Di Carlo.
La nueva conducción no quería borrar con el codo la renovación del contrato por un año que firmó a los pocos días de asumir. Otra cuestión es que el entrenador decidiera que hasta acá llegó, como ocurrió. En este caso, no habrá lamentos lacrimógenos, ni la sensación de vacío que experimentaron cuando el Muñeco cerró por su cuenta el exitoso primer ciclo, en noviembre de 2022. Lo tomarán como un gesto para descomprimir y poner una bisagra a la preocupante actualidad. Y un dato no menor, despojado del sentimentalismo que engloba a los protagonistas: un despido hubiera implicado la indemnización del entrenador mejor pago del país, por una cifra equivalente a la que se desembolsaría por un refuerzo top.
“Solo tengo palabras de agradecimiento con la gente. En todos los partidos me ovacionan más de 80.000 personas. Estoy acá para seguir insistiendo”, expresó el DT antes de comenzar esta temporada. Lo del Monumental quizá tenga una sociología futbolera que va en contra de varias teorías. Por lo general, el hincha, insuflado por la pasión y el anonimato de las masas, se desfoga de una manera que no lo haría en forma individual y en un contexto menos efervescente que el de una tribuna repleta. ¿Cuántas veces al jugador que se lo insulta en medio de un partido se le pediría una selfie si en la semana se lo cruza en la vía pública?
Con Gallardo estuvo ocurriendo un efecto inverso: en cada partido del Monumental tiene garantizadas la ovación y el “Muñeeeeeco, Muñeeeeeco...”, independientemente de que luego el equipo sea un fiasco. Los dardos apuntan directamente a los jugadores, se los hace responsables del naufragio futbolístico. Y bien que a varios se les nota que juegan con el nerviosismo del agua al cuello, y subiendo.
El grito de guerra “que se vayan todos” no lo alcanzaba a Gallardo. Eso es en la masividad. Ahora, una vez que muchos de esos hinchas retoman la individualidad y empieza a bajar las escaleras del estadio y recupera el pensamiento crítico, se expresa en las redes sociales o en las notas periodísticas abiertas a comentarios, abunda en consideraciones del tipo “lamentablemente no le encuentra la vuelta”, “ciclo cumplido”, “le dieron todo lo que quiso y el equipo no aparece”, “no jugamos a nada”, “no hay delanteros”, “qué mal defendemos”, etc, etc. Reproches que empezaron como murmuraciones y se hicieron cada vez más audibles. El apoyo ya no es unánime, las opiniones empiezan a dividirse. Eso nunca había pasado.
No era la primera vez que Gallardo le ponía misterio a su continuidad en River. La diferencia radical es que en la anterior etapa reflexionaba sobre su futuro luego de un año con éxitos u objetivos alcanzados, y los hinchas imploraban por la renovación. Ahora fueron los fracasos los que lo indujeron a la meditación.
En septiembre de 2025, tras una derrota contra Deportivo Riestra –la cuarta consecutiva, algo que no sucedía desde hacía 15 años-, en estas páginas y sitio web se escribía: “Una dirigencia [por entonces el presidente era Jorge Brito] entregada a su voluntad [de Gallardo], un plantel que no se anima a desautorizarlo ni con una mueca de disgusto y una hinchada que como mayor muestra de pleitesía le levantó una estatua. Pocas veces un entrenador tiene tanto a disposición, en lo material y afectivo, y devuelve tan poco, medido en rendimiento futbolístico y resultados. La suma del poder absoluto lo deja a Marcelo Gallardo como el máximo responsable de la preocupante actualidad de River”.
Cinco meses después, con una lista de refuerzos que se estiró a los 20 apellidos por un monto total cercano a los 80 millones de dólares, el diagnóstico no difiere mucho. Es más, se agravó, porque empezó la pretemporada antes que nadie (el 20 de diciembre) y juega peor que varios equipos. La actualidad pegó fuerte, duro, tanto que Gallardo, con “todo el dolor del alma” (sic), resolvió que no tenía sentido estirar la agonía.

