Seis años dan para mucho cuando se empieza, cuando es el inicio del sueño y cuando se quiere. Y, sin embargo, seis años pueden pasar como un suspiro cuando se pierde de vista el hecho de que el poder no es eterno.
El poder tiene sus propios tiempos. Primero hay que ser conscientes de su existencia, querer alcanzarlo. Después hay que definir para qué se quiere y lograr que otros crean en ese propósito, aunque sea de manera transitoria. Más adelante viene lo más complicado: conservarlo. Mantenerlo exige entender que el comportamiento humano no es tan distinto al de las materias que estudia la física o la geología. Así como los minerales estratégicos modifican su valor y función según el contexto, también el poder muta con el tiempo, con las circunstancias y con las ambiciones individuales.
En la teoría, existen hechos probados y estructuras estables. En la práctica, todo se transforma. Las virtudes y los defectos humanos reconfiguran constantemente el equilibrio que parecía firme. El tiempo avanza y no es que no se puedan emprender nuevas acciones en los años que quedan, es que los comportamientos no previstos alteran el cálculo inicial de resistencia y cohesión.
Durante años, Morena fue la fuerza troncal del sistema político mexicano, sostenida en la lealtad incuestionable hacia su líder fundador. Esa disciplina interna permitía imponer decisiones a aliados, adversarios y actores periféricos. La clave siempre fue la misma: la imposibilidad real de desafiar la voz unívoca del liderazgo máximo.
Hoy el escenario es distinto. El expresidente Andrés Manuel López Obrador está, en el mejor de los casos, a 500 años de aquí. Se ha retirado formalmente de la vida pública institucional y está reconstruyendo la historia precolonial de nuestro país y haciendo justicia histórica a punta de máquina, de computador, de dictado o de como trabaje el antiguo presidente de la República. Su influencia simbólica permanece, pero el ejercicio cotidiano del poder es otra cosa. La práctica política ya no responde a una sola voluntad y no es, por decirlo en términos populares, que sea un desmadre. Es que es un desmadre.
La realidad interna del movimiento gobernante muestra señales de fragmentación natural. No se trata únicamente de diferencias ideológicas, sino de disputas por espacios, candidaturas, recursos y control territorial. Esa dinámica no es exclusiva de México; ocurre en todos los proyectos políticos que transitan del liderazgo carismático, del que todo lo podía y todo lo controlaba desde sus mañaneras, a cuando lo que se busca es la institucionalización o la formalización del ejercicio del poder.
Aquí pasa el tiempo y asombra que no haya ningún informe sobre, por ejemplo, el caso del huachicol; las conexiones criminales, o sobre la grabación en la que el contralmirante Fernando Guerrero Alcántar habría denunciado al propio exsecretario de Marina José Rafael Ojeda de corrupción, sobornos y todo lo que supuestamente había debajo de él.
Asombra también que, en esa versión –que circula como versión, no como sentencia–, la única justicia a la que pudiera tener derecho el denunciante fuera la divina, en forma de balas en Manzanillo. La crudeza de esa narrativa, real o no, explica por qué tantos prefieren callar: porque en el México de hoy incluso las historias que no están probadas se sienten plausibles, y esa sola plausibilidad es un síntoma.
Son demasiadas cosas, demasiados episodios, demasiadas sombras. Algún día darán lugar a novelas no de ciencia ficción, sino más parecidas a sagas policiacas o de suspenso, y aun así temo que no podremos explicar del todo lo que pasó. Mientras tanto, el tiempo se va y los partidos que de verdad mandan –los que nunca tuvieron más que por conveniencia una lealtad sin límite al caudillo de Tabasco– tienen hoy la sartén por el mango y el mango también.
Frente a ese escenario, la presidenta Claudia Sheinbaum enfrenta el reto de ejercer autoridad efectiva en un sistema donde los centros reales de poder son múltiples. La pregunta no es sólo con quién responderá, sino cómo consolidará una conducción política que trascienda la inercia del liderazgo anterior.
Si les tocan un solo centavo, un solo plurinominal, o ese ejercicio tan sano para la salud familiar de que cuando uno deja de ser gobernador, la siguiente sea la esposa de uno para que todo esté en orden, se acabó el juego. Y frente a eso, la pregunta es inevitable: ¿la presidenta contestará con quién?
Las preguntas se multiplican y las respuestas se hacen cada día más necesarias. ¿Habrá o no habrá reforma electoral? ¿Bajo qué términos? Y esto sin dejar a un lado que el equilibrio político está más delicado de lo que parece ya que hoy Morena depende más de sus aliados del Partido del Trabajo y del Partido Verde de lo que les gustaría admitir o aceptar.
¿Esa reforma tocará o no tocará el negocio de tener un partido político como herencia de oro, para mantener el derecho al voto y sentir por unas horas que somos libres, demócratas e independientes? Si no la hay, ¿en qué lugar queda la autoridad política vigente?
Si ganan los demás, ¿a qué esperar? Si ellos son los que tienen el poder, ¿quién podrá sustituir –pasados dos años– a una presidenta que está, pero que no puede mandar?
Se va acabando el tiempo. Y mientras tanto, como un guiño malo de la historia, mientras soñamos, esperamos, queremos en el efecto balsámico del Mundial, el sarampión, los defectos de la infraestructura, la inseguridad, pueden en cualquier momento alimentar la idea –aunque sea como amenaza política o como argumento de presión– de que “no se recomienda” que el Mundial venga, o que no venga como lo imaginamos.
Entre el sueño colectivo y la realidad política, México se encuentra en un punto de inflexión. Seis años parecían suficientes para consolidar un proyecto histórico. Hoy la pregunta es si el tiempo restante alcanzará para sostenerlo sin fracturas mayores.


