Las especies invasoras representan una amenaza creciente para los ecosistemas, la economía y la salud humana en Latinoamérica. En el sureste de México, el pez diablo, originario de la cuenca del Amazonas, invade cuerpos de agua dulce y altera el equilibrio natural. En Colombia, el caracol africano se ha vuelto incontrolable, desplazando especies nativas y dañando cultivos. Mientras tanto, en Argentina, el picudo rojo ha activado una alerta fitosanitaria que moviliza a autoridades y especialistas para proteger palmeras nativas y urbanas.
Frente a estos desafíos, la Semana de Concientización sobre Especies Invasoras (NISAW, por sus siglas en inglés) 2026 se llevará a cabo del 23 al 27 de febrero, con el objetivo de sensibilizar a la población internacional sobre la importancia de prevenir la propagación de especies exóticas en sus territorios.
En Mongabay Latam conversamos con expertos de México, Colombia y Argentina, quienes describen a estas tres especies invasoras como altamente eficientes, capaces de alterar ecosistemas y competir de manera agresiva con la fauna local. Detrás de sus historias está la responsabilidad humana en la alteración del equilibrio natural.
Hace dos años, el ictiólogo Jacobo Schmitter lanzaba una advertencia a Mongabay Latam: el pez diablo (Pterygoplichthys pardalis) podía llegar a la laguna de Bacalar. Este paraíso de Quintana Roo, en el sureste de México, famoso por sus aguas turquesa y sus cenotes, tenía un futuro vulnerable. “Esa era la preocupación y efectivamente ocurrió”, señala el especialista que ha estudiado este y otros peces invasores durante más de tres décadas.
Originario de la cuenca del Amazonas, el pez diablo tiene varias especies, pero fue Pterygoplichthys pardalis la que se instaló en el Río Hondo, en la frontera entre México y Belice, hace menos de diez años. Primero se detectó en el lado beliceño del río y poco a poco avanzó hacia su cauce principal. También ha aparecido en Tabasco y Veracruz, causando daños severos en ecosistemas, fauna regional y pesquerías locales. Según Schmitter, “no es que haya brincado de un sitio al siguiente, más bien son invasiones independientes”. La responsabilidad es del ser humano por haberlo traído a la región, haberlo dejado escapar o incluso haberlo soltado intencionalmente, asevera el investigador de El Colegio de la Frontera Sur (ECOSUR).
El pez diablo representa una amenaza para los ecosistemas cuando se libera al medio natural desde acuarios, donde pudieron haberlo tenido como mascota. “Por donde se le busque, es pésima idea liberar animales de cautiverio al medio ambiente. No debe hacerse eso, jamás”, advierte Schmitter.
En 2024, el especialista se sorprendía de que Bacalar todavía resistiera, pues el paso desde el Río Hondo es directo a través del llamado “Canal de los Piratas”, que conecta con el sistema lagunar. “Como el pez diablo ya está bastante extendido en el río —en algunas partes muy abundante—, la pregunta era por qué no había llegado a Bacalar”, recuerda Schmitter.
Aunque el pez diablo es de agua dulce, puede tolerar cierta salinidad. Es una especie detritívora que se alimenta de sedimento, pero su impacto va mucho más allá de la dieta: al consumir y remover el fondo, especialmente cuando forma cardúmenes numerosos, altera drásticamente la calidad del agua, modificando su transparencia y la concentración de sólidos disueltos y suspendidos, lo que transforma el hábitat para otras especies. Además, su comportamiento excavador genera madrigueras y túneles en los márgenes de ríos, presas y lagunas, y cuando alcanza altas densidades puede provocar erosión, derrumbes de orillas e incluso el colapso de muelles artesanales.
Captura del pez diablo (Pterygoplichthys pardalis) en la Presa Venustiano Carranza, en Coahuila.En Bacalar, estos peces se concentran en lugares muy particulares: cenotes sumergidos dentro de la laguna, espacios a los que han llegado desde hace aproximadamente un año y medio.
Allí se han capturado varios ejemplares —una docena, máximo 20—, lo que indica que aunque aún son pocos, la especie ya forma parte del sistema de Bacalar. Esa es la principal novedad y motivo de alarma del fenómeno de invasión, advierte Schmitter. En el resto de los sitios que ya han invadido, como la localidad beliceña Blue Creek —una comunidad menonita— o en la localidad mexicana de La Unión, “si tiran las redes, la mayor parte de lo que capturan es pez diablo, como también ocurre en Pantanos de Centla, en Tabasco, u otros sitios invadidos desde hace más tiempo”, agrega.
El pez diablo ya ha comenzado a expandirse hacia otras lagunas cercanas a Bacalar. Por ejemplo, un estudiante de Schmitter, Elián Garza, lo detectó en la Laguna de Noh-Bec, en el municipio de Felipe Carrillo, Quintana Roo. Allí, al igual que en Bacalar, se han capturado muy pocos ejemplares —no más de tres o cuatro—, pero su presencia ya está confirmada. Como advierte el especialista: “Si ya se registró, en un par de años lo vamos a tener mucho más abundante; Noh-Bec sí tiene una calidad de agua como le gusta al pez diablo: un poquito más cenagosa, con menor transparencia y otro tipo de sedimento, más idónea para que la invada con éxito y prolifere”.
Juan Jacobo Schmitter arrastrando un chinchorro playero en la bahía de Chetumal, Quintana Roo, en 2018. En la parte más interna (dulceacuícola) de la bahía hay pez diablo; en la parte más externa (marina), hay pez león (Pterois volitans)La vigilancia para evitar su llegada no ha funcionado mucho, sostiene el ictiólogo, pero sí funcionó muy bien para detectarlo. “Desde los primeros muy poquitos ejemplares, nos enteramos de que había llegado el pez. Y no es tanto porque nosotros hemos estado yendo a darle seguimiento a ver si salen más, sino porque la Secretaría de Medio Ambiente del estado de Quintana Roo —la autoridad ambiental— ha estado muy activa y atenta. Van y si logran agarrar uno, nos lo traen a ECOSUR para verificar qué es”, agrega.
Como no es un pez cuya carne se comercialice, en algunas regiones se ha buscado aprovecharlo de otras formas. Se ha intentado, por ejemplo, convertirlo en harina para alimentar aves de corral y curtir su piel gruesa para elaborar artesanías, como si fuera cuero.
Cardumen pequeño de pez diablo (Pterygoplichthys pardalis), ubicado en la Presa Don Martín, en Coahuila“La prevención es lo idóneo porque la erradicación es un poco menos que imposible, es muchísimo esfuerzo”, sostiene Schmitter. “Si se trata de sitios difíciles como los cenotes sumergidos en la laguna de Bacalar, es muy difícil hacer un recorrido exhaustivo, porque es profundo y hay mucho dónde pueden esconderse. Lo idóneo es la prevención, pero entonces uno se pregunta por qué no está restringido el comercio de estos organismos tan potencialmente dañinos ambientalmente”.
En los sitios ya invadidos, recomienda a la población a integrarse a sistemas de alerta temprana y notificar a autoridades ambientales o centros académicos cualquier avistamiento de especies exóticas. “Así como uno daría parte de un incendio, hay que dar parte de la presencia de estos animales en el medio natural”, concluye.
Pez diablo de la boca del río Nuevo, en la bahía de Chetumal, México y Corozal, BeliceEl caracol gigante africano (Lissachatina fulica), un molusco originario del oriente de África, se ha dispersado por toda la zona tropical del mundo con una eficacia preocupante. Esta especie tiene múltiples ventajas que le permiten colonizar rápidamente nuevos entornos: pone numerosos huevos, soporta climas adversos enterrándose durante meses si es necesario y come prácticamente cualquier cosa que encuentre a su paso. Además, los depredadores locales lo desconocen y no se atreven a enfrentarlo por su gran tamaño —puede alcanzar hasta 28 centímetros de longitud—, por lo que resulta un gran competidor para los moluscos más pequeños.
Según Alan Giraldo López, director del Grupo de Investigación en Ecología Animal y profesor del Departamento de Biología de la Universidad del Valle en Cali, Colombia, quien ha dirigido múltiples investigaciones sobre la especie, advierte que la presencia del caracol africano en Colombia empezó a reportarse alrededor de 2010. Dos años antes fue declarada como especie invasora por el Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible.
“Colombia tiene 32 departamentos y cuando nosotros empezamos nuestro estudio a nivel nacional en 2014 teníamos presencia reportada de caracol africano en 12 de esos departamentos. Para 2019 y 2020, ya estaba reportada en la totalidad de los departamentos del país”, afirma el especialista.
El caracol africano puede alcanzar los 28 centímetros de longitudPara Giraldo, el caracol africano ya no es una especie invasora, sino residente permanente con poblaciones reproductivas locales. “Ya no podemos ver cómo erradicar a un invasor, sino cómo controlarlo”, dice.
Con su concha alargada, de color café oscuro a rojizo y con bandas que la recorren, este molusco gasterópodo puede alcanzar hasta 28 centímetros, aunque lo habitual es entre 10 y 12. Su aspecto llamativo ha llevado a que algunas personas lo mantengan como mascota, una práctica que contribuye a su rápida expansión.
“Sus vías de movilización fueron a través del transporte de mercancía, materiales o insumos en ferrocarril ”, describe Giraldo. “Nos fuimos a investigar uno de los parques donde llegan las locomotoras [de Buenaventura a Cali] y nos dimos cuenta de que en muchos de los contenedores y de las plataformas que utilizaba el tren para transportar contenedores tenían caracoles africanos en la parte de abajo. Es muy probable que la forma de dispersión más común, de mediana escala, sea a través del transporte de materiales vegetales”.
El caracol africano está presente en todos los departamentos de ColombiaAunque el caracol gigante africano no altera directamente las condiciones del suelo, sí representa una amenaza para cultivos y entornos urbanos debido a su voracidad. Prefiere brotes tiernos y frutos comunes del trópico como tomate, papaya y plátano, lo que puede afectar la producción agrícola desde etapas tempranas. También prospera en plazas de mercado, jardines con restos de poda, acumulaciones de materia orgánica e incluso madera en descomposición. Puede raspar paredes para consumir pintura o cal, donde obtiene minerales para fortalecer su concha.
Como resume el especialista, “es una maravilla desde el punto de vista operativo como especie porque puede obtener recursos de todas partes”.
Además de los impactos económicos, el caracol africano puede representar un riesgo para la salud humana porque puede portar el parásito Angiostrongylus cantonensis, asociado a casos de meningitis. Cuando este organismo infecta a una persona, puede alojarse en el cerebro, así como en los ojos, pulmones o el abdomen.
“Creo que el caracol vino para quedarse. No lo vamos a sacar del país por mucho esfuerzo que hagamos. Así se inviertan millones de dólares, no se podrá hacer. Tenemos que establecer acciones de control y reconocimiento de la potencialidad de la especie como vector de enfermedades zoonóticas”, sostiene Giraldo.
Angiostrongylus cantonensis en baba de caracol. Este parásito, que los caracoles africanos pueden portar, podría representar un riesgo para la salud humana, ya que está asociado a casos de meningitisUno de los caminos propuestos por los especialistas es atacar directamente las posturas de huevos para romper el ciclo poblacional. “Si uno logra erradicar las posturas, muy probablemente el influjo de nuevos individuos a la población se reduce drásticamente”, subraya Giraldo. Paralelamente, han desarrollado trampas pasivas que permiten a las comunidades recolectar los caracoles de manera más segura y disponerlos como residuos biológicos peligrosos con apoyo de las autoridades ambientales.
“Creo que en este momento la mayor debilidad que tenemos es la falta de articulación institucional: no nos sentamos en un mismo escenario para compartir información y generar respuestas unificadas”, concluye Giraldo.
En Argentina, la amenaza del picudo rojo (Rhynchophorus ferrugineus) sobre las palmeras ya no es un problema lejano: esta especie invasora, originaria de Asia, ha avanzado imparablemente por Europa, África e incluso las Islas Canarias en el marco del comercio internacional de palmeras, especialmente datileras. Actualmente, productores, municipios y especialistas del país están en alerta, luego de que la especie fuera detectada en la Isla Martín García, en la provincia de Buenos Aires, lo que llevó a declarar una emergencia fitosanitaria en ese lugar.
“Es una isla que está entre medio de Uruguay y Argentina, en el Río de la Plata, y tiene jurisdicción binacional porque tiene parte de ambos países. Creemos que pudo haber llegado por una dispersión natural porque está muy cerquita —a unos 5 o 6 kilómetros— de la costa de Uruguay, donde hay picudo rojo”, describe Diego Alejandro Pérez, ingeniero agrónomo y coordinador general de Emergencias y Contingencia de la Dirección Nacional de Protección Vegetal del Servicio Nacional de Sanidad y Calidad Agroalimentaria (Senasa).
Su cuerpo duro y su característico “pico” en el aparato bucal son característicos del picudo rojoEl picudo rojo es un pequeño pero temible enemigo de las palmeras, pues afecta a más de 30 géneros, tanto de especies nativas como ornamentales. Con su color rojizo o anaranjado y manchas negras, mide apenas tres a cinco centímetros de longitud. Su cuerpo duro y su característico “pico” en el aparato bucal son característicos del grupo de los curculiónidos, también conocidos como cascarudos.
Los adultos vuelan de palmera en palmera, depositando sus huevos en la base de las hojas. De estos nacen larvas voraces que, con el tiempo, crecen hasta alcanzar el tamaño del propio adulto y devoran los tejidos tiernos de la planta desde dentro. Cada hembra puede generar hasta 400 huevos y hasta tres generaciones al año. Su voracidad termina matando la planta.
La emergencia fitosanitaria declarada a inicios de febrero de 2026 exige acción inmediata. Cualquier persona que detecte la plaga —ya sea en larva, pupa o adulto— o daños sospechosos en palmeras debe notificarlo de inmediato al Senasa, ya sea desde su oficina más cercana o mediante los canales oficiales. La obligación recae no solo sobre productores y comercializadores de palmeras, sino también sobre autoridades sanitarias y organismos de investigación, con el fin de activar rápidamente los controles necesarios para evitar la dispersión y establecimiento de la plaga en Argentina.
Palmera afectada por picudo rojo“Lo que nos preocupa es que Argentina tiene grandes extensiones de áreas protegidas y parques nacionales integrados por palmeras”, describe Pérez. “Por ejemplo, en Entre Ríos está el Parque Nacional El Palmar, donde la especie protagonista es la palmera Yatay (Butia yatay), con más de 500 palmeras por hectárea”.
Sin embargo, el picudo rojo muestra una fuerte preferencia por la palmera canaria, una especie exótica que se encuentra habitualmente en plazas, iglesias, espacios urbanos y viviendas rurales argentinas, donde se ha plantado por tradición.
“Esa es la palmera favorita del picudo rojo y todavía no conocemos cuál podría ser el efecto sobre las palmeras nativas”, sostiene Pérez.
Ejemplar adulto de picudo rojoEn la Isla Martín García, área protegida de Argentina, los guardaparques alertaron al Senasa sobre palmeras que mostraban síntomas de afectación por el picudo rojo. Las hojas de la copa empezaban a secarse y adoptaban un aspecto parecido a un hongo o paraguas, señal evidente de la presencia de la plaga.
A partir de la alerta fitosanitaria, se intensificaron las tareas de vigilancia en la isla, especialmente por ser una zona turística. Se controla cuidadosamente la entrada y salida de pasajeros, ya que, al ser una reserva natural, preocupa que alguien pueda transportar palmeras o insectos que faciliten la propagación del picudo rojo, explica Pérez.
El especialista señala que al detectar un ejemplar afectado, el plan de contingencia establece el corte de la palmera, la aplicación de insecticidas o tratamientos específicos sobre los restos de hojas y tallos, y la disposición final de los residuos en lugares seguros, ya sea mediante entierro o trituración, para evitar la dispersión de la plaga.
“La clave está en que los ciudadanos, los visitantes, todo aquel que visite un área donde está ampliamente distribuido el picudo rojo, como en Uruguay, no traigan palmeras ni sus restos”, concluye Pérez. “Los turistas que van a la isla deben tener exactamente la misma precaución cuando regresen al continente. Por último, es importantísimo que cualquier sospecha que tengan sobre las palmeras que están en sus casas o en el arbolado público, rápidamente den aviso al Senasa para ver su estado”.
Palmera Phoenix canariensis con síntomas de afectación por picudo rojoAA / NB



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