En las últimas décadas, la planeación corporativa se apoyó en una premisa dominante: el mundo avanzaba hacia mayor integración comercial, estabilidad macroeconómica relativa y reglas previsibles. Hoy, ese supuesto se está erosionando. Y México enfrenta una doble capa de incertidumbre: la externa —derivada de la reconfiguración geopolítica — y la interna, asociada a presiones fiscales, crecimiento moderado y cambios estructurales en la política económica.
En este contexto, la planeación por escenarios deja de ser un ejercicio sofisticado para convertirse en una herramienta esencial de gestión estratégica.
La planeación por escenarios no busca predecir el futuro, sino preparar a la organización para varios futuros plausibles. Su objetivo es identificar variables críticas de incertidumbre y diseñar decisiones estratégicas que mantengan la viabilidad del negocio bajo distintos contextos.
En entornos de volatilidad estructural —como el actual —, la planeación lineal basada en tendencias históricas pierde efectividad. El riesgo ya no es equivocarse en el pronóstico. El riesgo es diseñar una empresa que solo funciona bajo un escenario.
Estados Unidos está transitando hacia una estrategia de seguridad económica con mayor política industrial, subsidios estratégicos y reconfiguración de cadenas de suministro. Esto no implica el fin del comercio internacional, pero sí el fin del libre comercio irrestricto como paradigma dominante.
Para México, cuya economía depende profundamente del mercado estadounidense, este cambio redefine oportunidades y riesgos: el nearshoring puede expandirse, pero bajo criterios más selectivos, regulatorios y geopolíticos.
En paralelo, la economía mexicana enfrenta señales de restricción fiscal estructural. México cerró 2025 con un déficit fiscal de 4.8% del PIB, tras haber sido revisado al alza desde metas originales menores. Para 2026, el déficit proyectado ronda 4.1% del PIB, mientras la deuda pública ampliada se mantiene alrededor de 52% del PIB, niveles que el gobierno considera sostenibles, pero que limitan el margen de política contra cíclica.
Esto no implica necesariamente un desequilibrio inmediato. Pero sí implica menor flexibilidad para absorber choques externos o estimular crecimiento vía gasto público.
Las perspectivas de crecimiento para 2026 se ubican en rangos moderados, entre 1.0% y 2.0%, lo que refleja una expansión económica contenida frente a estándares históricos.
En paralelo, persisten presiones inflacionarias estructurales. El Banco de México advierte que regresar de forma sostenida al objetivo de inflación podría tardar más de lo previsto, con riesgos de subestimar presiones inflacionarias de largo plazo.
La combinación de crecimiento moderado, tasas reales elevadas y presiones inflacionarias suele traducirse en menor inversión —pública y privada—, menor generación de empleo y, eventualmente, en un menor dinamismo del consumo.
Más allá del debate ideológico, el sector empresarial enfrenta un entorno de cambios estructurales en regulación sectorial, rol del Estado y política industrial.
El punto estratégico no es evaluar la orientación política. Es gestionar la volatilidad percibida. Los mercados tienden a adaptarse a reglas estrictas, pero castigan entornos donde las reglas pueden cambiar rápidamente.
Hoy, las empresas deberían modelar escenarios que incluyan:
La pregunta ya no es “¿qué creemos que va a pasar?”, sino “¿qué pasa si ocurre algo distinto?”
La planeación por escenarios no elimina la incertidumbre, pero evita que la incertidumbre destruya valor empresarial. En los próximos años, la brecha entre empresas líderes y rezagadas no estará solo en eficiencia operativa, estará en resiliencia estratégica.
Por lo tanto, las empresas mexicanas deben asumir una realidad incómoda: la estabilidad dejó de ser el escenario base. Hoy, no hacer planeación por escenarios no es prudencia financiera, es, simple y llanamente, apostar el futuro de la empresa a que el mundo vuelva a ser predecible. Y ese mundo ya no existe.


