CIUDAD DE MEXICO— Maite Alberdi es una rara avis. Con 43 años, que cumplirá el próximo mes, es probable que no lo sepa. De a ratos, luce ajena al hecho de que cinco de sus seis largometrajes han recibido la bendición de los principales festivales del mundo, como Sundance, Goya, San Sebastián o Biarritz. Como si desconociera que se la ve como la renovación del cine de Chile, su país natal. O la gran revelación para América Latina tras llegar dos veces, en menos de tres años, a las puertas del Oscar. Sucedió con las nominaciones de El Agente Topo (2020) y La Memoria Infinita (2023), dos retratos de universos íntimos —la vejez y la enfermedad— que recuerdan que las vidas ajenas pueden siempre rozar la propia, y ser por ende universales.
Antes del estreno mundial de Un hijo propio, en el Festival Internacional de Berlín, Alberdi conversó en entrevista exclusiva con LA NACION sobre su nuevo documental, en programa para la categoría Presentación Especial.
A esta directora de mirada grande, cuya voz surge delgada desde un cuerpo sin prisa, lo que más le importa es el tiempo, invención que convirtió en materia prima de su trabajo. A contramano, Alberdi está decidida a defenderlo ante una industria que, reconoce, exige cada vez más premura en desarrollos y entregas. “Es la base de mi forma de filmar, disponer de tiempo. Es necesario para ver a un personaje parado en otro lugar, tener paciencia para entenderlo, sin ansiedad. Luego, ver que la realidad se transforme”, dice a LA NACION.
Se trata del primer documental que filma en México, producido por Netflix, y con un equipo de producción de ese país, Argentina y Chile, que la propia Alberdi solicitó a la plataforma para que la acompañe. Una concesión que no siempre se otorga a directoras o directoras.
La película cuenta el caso real de Alejandra. Frente a su deseo de ser madre —y la presión de su entorno familiar, que la percibe fallida—, finge un embarazo y desata un escándalo mediático, al desmoronarse la farsa.
El film narra el comienzo de una simple mentira hasta volverse un engaño de proporciones delictivas, con un esposo y parientes obsesionados con un embarazo. Ese entorno infunde en Alejandra un sentimiento de culpa y depresión, frente a la perspectiva de una maternidad como misión y destino, que se ve impedida de cumplir para los demás.
“Fue un proceso de cuatro años con ella en el que escuché su historia. No podía creer cómo una mujer puede fingir un embarazo por cinco meses y cómo llega a vivir eso: la presión social, el entorno machista; es más común de lo que uno cree. Sobre la presión en la maternidad creo que no hay un solo país del mundo, o al menos en América Latina, donde una mujer no la haya vivido. Estamos en un contexto social con mente de machismo. Es un tema que me golpeó y me conmovió y desde la empatía la trabajé todo el tiempo”, cuenta Alberdi.
En el transcurso de la mentira, y como parte de ella, Alejandra está cerca de una niña recién nacida; la ve como la solución a su drama. El dolor se amplifica y alcanza a la bebé, separada de sus padres biológicos, que la buscan, y al esposo de Alejandra. Es entonces que aparecen otras voces, que le dan amplitud reveladora al relato de Alejandra, que en un primer momento parece sólido. Allí lo que parecía veraz toma la categoría de verosímil, confundiendo la verdad. Alberdi expone esa confusión con capas de posibles verdades y posibles mentiras.
“Mantuve la empatía incluso al aparecer las otras voces, que me llevaron a modificar lo que yo había escuchado la primera vez de parte de Alejandra (sobre cómo conoció a la bebé). Quería hacer una película en la que reflexionáramos sin tantos juicios. Eso es un viaje que yo viví con la protagonista y quería que el espectador lo viviera igual que yo, con juicios, prejuicios, distancia, cercanía. En el proceso viví varias cosas. Reconstruí justo mi proceso. Al final uno no representa la realidad, sino miradas y formas subjetivas”, dice la documentalista.
Esa subjetividad está articulada en dos partes: la ficción de inicio y el relato documental que se desata a mitad de la película. Por eso el film comienza con el proceso de casting de actores. Un recurso honesto que Alberdi junto a sus productores —la mexicana Sandra Godínez y el argentino Maximiliano Sanguine— encontraron necesario para recordar que se trata de hechos reales. La ficción del comienzo evoca el pasado, el punto de partida del “viaje” de Alejandra, que la conduce a prisión. La segunda parte, la documental, es el proceso de encierro hasta su excarcelación, filmada esta última en tiempo real. Alberdi esperó ese momento para estar ahí junto a Alejandra.
Esa convivencia de registros es la marca de la directora, diestra en contravenir reglas de géneros narrativos, y volver difícil para cierta crítica la tentación de cuestionarla por ello. Lo hizo en La memoria infinita, pero al revés: narrada toda en registro documental, al final se tiene la impresión de haber visto una ficción.
Con Un hijo propio, la directora juega con la superposición de voces. “La ficción le pasa la posta al género documental con todas sus herramientas, la entrevista, la observación, el archivo”, explica. Alberdi supo que no le correspondía descifrar la verdad: allí estaban los hechos, cuya culpabilidad acaso excedía a quienes surgen como obvios victimarios. De ahí su decisión de abordar las variables que rodearon a Alejandra, en lugar de calzarse un traje de detective.
“Necesitábamos regalarle tiempo a los personajes para que hubiera perspectiva y tiempo sobre las historias. Siento que ella misma está en un lugar distinto a que si me hubiera contado este evento 15 años atrás. Ella está diciendo ‘yo me equivoqué’. Cumplió su pena y quiere vivir una nueva etapa. Cumplió su deuda social y ahora es al revés: ¿cuál es la deuda social que tenemos con ella? Hubo muchos errores de un sistema. La jueza lo dice muy bien: nadie le dio salud mental cuando antes perdió tres embarazos. No digo que la libren de su error. Pero sí que la entiendas”, propone.
Al acompañar a Alejandra en el final de su condena hasta su excarcelación —agrega— se logra algo inusual en estos tiempos: “La compasión; en ese cruce estilístico escuchamos con empatía todos los dolores y posiciones. La realidad es compleja y me gusta humanizar los contextos y complejidades. Tenemos poco espacio hoy en los medios de pensar a partir de miradas. Estamos todo el tiempo teniendo que emitir juicios sobre las cosas, y rápido; tener que informar, publicar un tuit. La salida de prisión era parte del proceso, no el desenlace”, cuenta. Por eso el final resultó inesperado para el guion documental. Emergió con ese tiempo que Alberdi se dio a sí misma, al equipo, los actores y en especial a Alejandra, para que la vida se expresara y se concretara la transformación.
De pronto el futuro que la esperaba se hizo presente y surgió el final, filmado a lo último. Un evento que tomó por sorpresa tanto a Alejandra como al equipo y que sin dudas lo será también para los espectadores. “Les agradezco a todos ellos y a Netflix, que me permitieron ver qué pasaba cuando pasaba el tiempo y entendieron que la profundidad no se consigue en dos meses de filmación, como en una ficción. Empezamos en 2021 y terminamos en 2025. Fue dar tiempo para que la realidad se transformara. La reflexión es algo que me cuesta mucho hacer entender a la industria, con sus deadlines. Y que cuando estás empezando, te preguntan cuándo vas a terminar”, dice.
Otra de sus satisfacciones —destaca— es el “equipo multicultural y latino”. El elenco de actores es mexicano, protagonizado por Ana Celeste Montalvo Peña y Armando Espitia. Además de la mexicana Godínez y el argentino Sanguine (con quienes trabajó en la serie Libre de reír, para Amazon Studios, con reclusos que se inscriben en un taller de stand up), se encuentra el director de fotografía chileno Sergio Amstrong o los guionistas argentinos Julián Loyola y Esteban Student (Crónica de una fuga, El Clan), entre otros.
“Es otra idiosincrasia en cada quien, pero con un entendimiento común sobre el otro. Me interesa entender contextos de fragilidad y compartirlos. También es poco el espacio para compartir. El personaje es alguien que no se atrevió a compartir y tampoco la dejaron. ¿Cuántas mujeres se sienten presionadas por la maternidad? La maternidad libre de opiniones es difícil”, dice la directora, que también es madre. Hace una pausa. “La vulnerabilidad y el aislamiento social son mis áreas de interés”, dice, como avisando. De repente sonríe, como si hubiera encontrado una nueva espera.


