Hay un detalle que explica por qué el latte de cereza puede oler a panadería aun sin llevar vainilla ni almendra: muchas cerezas, al calentarse, liberan un aroma que recuerda al amaretto. En la fruta y, sobre todo, cerca del hueso, hay compuestos aromáticos que evocan esa nota almendrada que asociamos con ciertos postres. Por eso, cuando la cereza se convierte en concentrado y toca el espresso, el conjunto se vuelve más perfumado, como si alguien hubiera abierto la puerta de una vitrina de panes.
En el marco del Día del Latte recordamos que el latte nació como un modo amable de beber espresso —más largo, más lácteo, menos punzante. El problema es que, cuando todo se puede “saborizar”, se pierde el punto: el café debe seguir siendo columna vertebral. La cereza funciona cuando hace de contrapunto, no cuando toma el control.
El espresso trae amargor, tostado y profundidad. La leche aporta dulzor natural y textura. La cereza suma dos cosas que el latte agradece: acidez y aroma. La acidez corta la grasa de la leche y evita que el trago se sienta plano; el aroma, levanta el café. Lo que lo arruina suele ser lo mismo: exceso de azúcar, artificialidad o una base frutal demasiado ácida que choca con la leche.
El truco está en el orden. Primero cereza, luego espresso, y al final la leche. Si haces lo contrario, la cereza se queda abajo como un syrup shot y el latte se bebe en dos actos: arriba café con leche, abajo dulce.


