Las remesas pueden subir o bajar; lo que no debe bajar es nuestra capacidad de respuesta. (FOTO: ANDREA MURCIA /CUARTOSCURO)Las remesas pueden subir o bajar; lo que no debe bajar es nuestra capacidad de respuesta. (FOTO: ANDREA MURCIA /CUARTOSCURO)

Remesas a la baja: el golpe silencioso al consumo del barrio

2026/02/09 18:30
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Hay indicadores que se leen en los reportes; y otros que se escuchan, literalmente, en la caja registradora. La caída de remesas en 2025 pertenece a los segundos. El dato —una baja de 4.6%, de alrededor de 64 mil millones de dólares a 61 mil millones— no es solo un número macroeconómico: es menos circulante en miles de hogares y, por lo tanto, menos consumo en cientos de municipios donde la remesa es parte del ritmo cotidiano de la economía.

En el territorio, la remesa no se guarda en una estadística: se convierte en compras pequeñas y constantes. Es la despensa que se completa en la tienda de la esquina, la compostura del taller, la recarga del transporte, el pago de útiles, la consulta, el medicamento, el recibo pendiente. Por eso, cuando baja ese flujo, no “se nota” dentro de seis meses: se siente en semanas. Se alargan los periodos entre compras, se reduce el ticket, se posponen servicios. Y esa suma de decisiones prudentes en la casa termina convirtiéndose en una desaceleración palpable en la comunidad.

Ahí es donde aparece una verdad sencilla, pero poderosa: cuidar el circulante en las comunidades es cuidar la economía. Porque la economía local funciona como un sistema de vasos comunicantes. Si baja el dinero que entra al barrio, baja el dinero que se queda en el barrio. Y cuando eso ocurre, se aprieta la operación del negocio familiar: rota menos inventario, se hace más difícil sostener empleo, se frena la inversión de mantenimiento, se resiente la formalidad. No por mala administración, sino porque el mercado se enfría.

El comercio, los servicios y el turismo son —para bien— un termómetro inmediato. Reflejan rápido lo que pasa en los bolsillos. No es casualidad: son la economía que abre todos los días, la que está en la calle, la que trata cara a cara con su clientela. Por eso, cuando hablamos de remesas, no hablamos solo de ingreso familiar; hablamos también de estabilidad de consumo, de dinamismo comunitario y de empleo local.

¿Hay que alarmarse? No. Pero sí hay que anticipar. La peor respuesta ante un choque de este tipo es reaccionar tarde, cuando ya cerraron cortinas y se perdieron empleos que cuesta años recuperar. La mejor respuesta es preventiva: detectar dónde puede pegar más —municipios altamente dependientes de remesas— y reforzar ahí la capacidad de consumo y la actividad productiva, con medidas simples, directas y ejecutables.

Anticipar el impacto, por ejemplo, significa fortalecer programas sociales y productivos con enfoque territorial, para sostener el consumo esencial sin distorsionar precios ni caer en soluciones improvisadas. Significa también reconocer algo que en el terreno es evidente: cuando el consumo se desacelera, la burocracia pesa el doble. En un contexto de menos circulante, simplificar trámites deja de ser un objetivo administrativo y se vuelve una política económica que protege al pequeño negocio. Menos tiempo en ventanillas es más tiempo vendiendo; menos costo de cumplimiento es más margen para pagar nómina y sostener operación.

Anticipar, además, es abrir oxígeno para el negocio familiar cuando el mercado se aprieta. El acceso a capital de trabajo con reglas claras, tiempos razonables y condiciones acordes al tamaño de las empresas puede marcar la diferencia entre resistir o cerrar. Si queremos empleo, necesitamos que el pequeño negocio llegue al siguiente mes con la cortina arriba.

Y hay un factor que no admite eufemismos: la seguridad. Cuando la extorsión se normaliza, el daño económico es directo. El comercio no puede planear, el servicio no puede crecer, el turismo no puede consolidarse. Sin condiciones para operar, no hay estabilidad local; y sin estabilidad local, cualquier estrategia de inversión se vuelve incompleta. Si la conversación nacional es certidumbre, esa certidumbre también tiene que sentirse donde se genera el empleo diario.

Finalmente, anticipar el impacto también es ordenar la demanda desde lo local. En tiempos de presión, el consumo no desaparece: se vuelve más cuidadoso. Por eso son valiosas las activaciones responsables de compra local, que multiplican el efecto del gasto dentro de la comunidad. Iniciativas como Viernes Muy Mexicano tienen ese sentido: ayudar a que el dinero circule más veces en el mismo territorio, sostener ventas, impulsar empleo y fortalecer al negocio que no se mueve de su comunidad cuando vienen mal dadas.

No perdamos el foco: una caída de remesas no es un juicio sobre el país; es una señal sobre el entorno y, sobre todo, sobre la fragilidad de ciertas economías locales. Lo relevante es qué hacemos con esa señal. Desde CONCANACO SERVYTUR México insistimos en un criterio que debería unirnos: cuando el circulante cae, hay que proteger el tejido productivo cotidiano, porque de ese tejido depende la estabilidad social de muchas regiones.

Por eso digo —sin confrontación, pero con claridad— que hay que pensar en grande por los pequeños. Y si una parte central de nuestra conversación pública es “primero quienes más lo necesitan”, también vale agregar una convicción complementaria: por el bien de México, primero los negocios familiares. No como consigna, sino como realidad económica: son los que sostienen empleo local, mantienen servicios, dan vida al mercado interno y amortiguan crisis en silencio.

Las remesas pueden subir o bajar; lo que no debe bajar es nuestra capacidad de respuesta. Si cuidamos el circulante en las comunidades, cuidamos la economía. Y si cuidamos la economía local, cuidamos a las familias, el empleo y la posibilidad de crecer con estabilidad.

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