Independiente respiró hondo, sufrió, lo pasó mal, pero se dio el gusto: pudo ganar su primer encuentro en el torneo y también por primera vez en cancha de Platense desde que el Calamar regresó a Primera. Pero hay que hacer una aclaración importante: cualquier parecido entre el desarrollo del partido, el juego del Rojo y el 1 a 0 final es pura casualidad. Fue malo el rendimiento del equipo de Gustavo Quinteros, muy malo el espectáculo y demasiado generosa la rentabilidad que consiguieron los de Avellaneda en medio de tanta pobreza.
Técnicos y futbolistas afirman que, tras una seguidilla de empates, el resultado del partido que la rompe determina todas las miradas: la del público, la del periodismo, los dirigentes y hasta de los propios protagonistas. Si se gana, el pensamiento general indicará que el equipo llevará equis cotejos sin derrotas; si se pierde, la vista se fijará inexorablemente en los encuentros sumados sin cantar victoria. En ambos casos, el humor fluctuará y, posiblemente, marque el camino a corto plazo.
Independiente llegó a Vicente López luego de tres 1 a 1 consecutivos, festejó en la cuarta fecha y un amante de las estadísticas podrá decir que, sumados los cuatro triunfos del cierre de la temporada 2025, acumula ocho partidos invicto. Nadie podrá discutirle los números, otra cosa será si analiza lo que el Rojo enseña dentro de la cancha.
En su enésima vuelta de rosca, Gustavo Quinteros decidió un cambio trascendente, de esos que, en teoría, modifican la fisonomía de un equipo. En un puesto clave como el de volante central, dejó en el banco de suplentes al hasta ahora insustituible Rodrigo Fernández Cedrés para recuperar a Iván Marcone. O lo que es lo mismo, le dio prioridad a la elaboración del juego sobre la recuperación en la mitad de la cancha. Ambas cuestiones venían demostrando déficits importantes, era cuestión de elegir, y el entrenador apostó por mirar hacia el arco de enfrente antes que hacia el de Rodrigo Rey. ¿Le salió bien? Mmmm…
El técnico sacará sus conclusiones, pero en principio, nada parece haber cambiado de manera sustancial. La pobreza ofensiva de Platense (obviando el cuarto de hora inicial del segundo tiempo, cuando pudo quedarse con el partido) le facilitó la tarea defensiva a la visita, pero no hubo solución a los problemas en ataque. Es verdad que, con el excapitán, el Rojo mejoró un poco el primer pase pero como la fluidez continuó ausente a partir de ahí, todo siguió dependiendo de la eficacia que tuviese Gabriel Ávalos en los duelos aéreos con los centrales locales.
Criticado hasta la saciedad por sus hinchas, el delantero paraguayo es por el momento la única ancla a la que se aferran los dirigidos por Quinteros para crear peligro en territorio contrario. Lo buscan desde Rey con pelotazos de 60 o 70 metros hasta Leonardo Godoy y Facundo Zabala en los laterales en campo contrario. Siempre por arriba, Ávalos le pone el cuerpo a todo lo que llega volando hacia él, y cada tanto saca petróleo. Una peinada tras un saque con las manos de Godoy finalizó en gol de Luciano Cabral ante Estudiantes en la fecha inaugural. En Vicente López, y en el mejor momento de Platense, una acción idéntica le permitió a Santiago Montiel puntear el balón y darle los tres puntos a los suyos (el VAR corrigió el erróneo offside sancionado en principio por Pablo Dóvalo).
El resto fue de una tibieza casi exasperante. Bien tomados y poco activos Montiel y Matías Abaldo por afuera, sin espacios ni creatividad Lautaro Millán y Nacho Malcorra por dentro, a Independiente le costó una enormidad alterar los nervios de Ignacio Vázquez y compañía. Y cuando se le abrieron los espacios para la contra en los minutos finales, tampoco tuvo certeza: Millán remató al cuerpo de Matías Borgogno y Cabral perdió un mano a mano por querer definir al primer palo en lugar de tocar al medio para la solitaria entrada de Ignacio Pussetto, y el poste le negó el grito.
A Walter Zunino, en cambio, la transición se le hizo más sencilla que a su colega del Rojo. Exayudante de Favio Orsi y Sergio Gómez, el ahora entrenador Calamar estuvo con ellos en la consagración histórica de 2025, conocía el plantel, sabía de sus puntos fuertes y de aquellos en los que debía mejorar. El inicio del torneo venía reafirmando este conocimiento previo. Arrancó bien el Calamar, en resultados y en la solidez demostrada en todas sus líneas. Sin embargo, esta vez dio varios pasos hacia atrás y su equipo fue incluso unos centímetros peor que su rival.
La llamativa imprecisión en el toque, un factor común en los dos equipos tal vez atribuible al excesivo calor y a la sequedad del pasto, le hizo perder profundidad en ataque al local, que tuvo en Juan Gauto por izquierda y en un par de apariciones de Franco Zapiola las únicas señales de vida atacante. Pueden lamentarse sus hinchas de mala suerte, en el cabezazo hacia atrás de Juan Manuel Fedorco que dio en el travesaño y en un cruce exacto de Kevin Lomónaco que impidieron que los de Saavedra pasaran a ganar en el arranque de los últimos 45, pero sonaría a excusa. Jugó mal Platense, y ni siquiera se lo vio firme y contundente atrás, donde un solo jugador (Ávalos, por supuesto) bastó para complicarle la existencia y dejarlo con las manos vacías.
Ganó Independiente, sonrió por primera vez en este Apertura y, aunque se trate de una mirada oportunista, estiró hasta ocho sus encuentros oficiales sin derrotas. Habrá que ver si el dato le sirve para tomar confianza y empezar a jugar mejor, único modo de que el futuro pinte de verdad más prometedor de lo que pudo observarse en Vicente López.
