Con la primavera resucité... y a pesar de los médicos vuelvo a mi tarea. La primavera neoyorquina esta vez, contrastando con poco riguroso de la estación pasada, ha regado con nieve sus primeras flores. Yo parto. Parto a mis claras tierras. Farewell, New York, que en tu parte intelectual fuiste buena conmigo. El vapor de la Escuadra Blanca de la U.F.C., que ha de conducirme, esta ya anclado en su pier de Battery Place. Mis baúles, sobre sus tatuajes viejos tienen parches nuevos. Vuelvo a la Republica Argentina pasando por el trópico. Os daré cuenta de mis impresiones, de lo que pueda interesaros o distraeros. Seré en lo posible cinematográfico, y casi siempre anecdótico. “O genial Darío , faz anécdota”, decía una vez, no sin cierta injusticia, un amable grincheux de Rio de Janeiro. Y en verdad, no gusto de hacerla, pero si de escribirla. Procurare instruiros lo menos posible, y si a veces obtengo vuestra sonrisa aprobativa, que me placerá.
El deseo de volver a la Argentina y un reloj que marcará para siempre las 22.15: los últimos momentos de Rubén Darío
Varias veces os he hablado del panorama de la imperial capital cartaginesa, cuando uno entra o sale por su vasta bahía. No mas, pues, casas de incontables pisos, ni chimeneas, ni libertad iluminando al Mundo, la cual, en verdad, muñeca de Brobdignac, a la que dirigí antaño lirica salutación, me parece ahora chata y chica. Así.
Me despiden pocos amigos de los que a mi llegada me acompañaban. Y recibo, al zarpar el barco, la ultima fineza del más hidalgo de los norteamericanos y del más caballero de los “gentlemen”. Me refiero a Mr. Archer M. Huntington, el multimillonario hispanista de la Quinta Avenida, de cuya labor he de hablaros en otra ocasión. Con sus cordiales palabras de adiós me envía una cesta pomónica llena de estupendas frutas de invernáculo, de exquisitos primeurs, de cosas sabrosas capaces de animar al mas recalcitrante de los convalecientes.
Todo canijo, todo cacreco, como dicen en una tierra caliente, he entrado en el barco blanco apoyado en un brazo amistoso. El viaje ha de durar algunos días, en los cuales abre de amacizarme con la ayuda del sol y de mi siempre propicia Thalassa,- del mar, pues. Hay pocos pasajeros. Solo tres van a Guatemala, como yo. Los otros se quedaran en las Antillas. Un puñado de gente dice sus adioses a los viajeros. Y sabed que hay mujeres yanquis que lloran, oh latinas, propietarias de las lágrimas.
¿No hablare una palabra en toda la navegación? El grupito yanqui fuma y se pasea, comentando aun unos el “match” del negro Johnson y el “cowboy ” Willard, al cual asistió el Presidente cubano y todo su gabinete. De los tres que van a Guatemala, el uno es un hombre de negocios alemán, y los otros, dos jovencitos que han dejado sus colegios alemanes a causa de la guerra. Esta no nos abandonará: tenemos wireless, telégrafo Marconi. Uno de los jóvenes ha estudiado piano; el de a bordo no esta inútil. A la hora de comer, un gramófono nos dejara de repetir que “T’ is a long way to Tipperary”. En la biblioteca hay un solo libro español, Don Quijote. Basta.

