Cuando uno busca el significado de la palabra caudillismo encuentra que éste es un “sistema político y social centrado en un líder carismático, en el que el caudillo ejerce un poder fuerte y personalista, a menudo autoritario, basándose en su prestigio y apoyo popular, más que en las instituciones o leyes, y que fue muy prominente en América Latina tras las independencias, caracterizándose por el paternalismo y la concentración de poder”. Las “habilidades personales”, tales como el carisma y la narrativa, son la clave con la que estos personajes movilizan seguidores, para presentarse desde una perspectiva “paternalista”, como protectores de los “legítimos intereses” del pueblo y “perseguir el bien común”, sin obstáculos legales. Regularmente se aprovechan (e incluso generan) contextos de inestabilidad, en el que la debilidad de las instituciones les permite actuar como “mediadores entre el Estado y el pueblo” —incluso por encima de ambos— para colocarse en el centro del ejercicio de un poder unipersonal. La historia del México independiente está llena de perfiles de hombres que en su momento se consideraron indispensables para la misma subsistencia del Estado. Sujetos que hicieron todo lo posible por acceder al poder y, una vez en él, quisieron mantenerlo, aun a costa de la propia República. De entre todos, destaca Antonio López de Santa Anna, el general de división que ocupó la Presidencia en once ocasiones y seguramente el más conocido (controvertido y repudiado) de todos. Acostumbrado a aprovecharse de la enorme división imperante en México, Santa Anna entró y salió del poder, aclamado en un principio, odiado al final de su vida. En momentos de crisis, regresaba como el líder capaz de restaurar el orden y defender la integridad nacional. Desde su hacienda llamada El Lencero tomó distancia para calcular y afinar su exacerbado pragmatismo; pasó de realista a insurgente, de federalista a centralista, así como de liberal a conservador. Más que por sus virtudes (que también las tuvo), el veracruzano es recordado por su apego al poder, por su oportunismo, por su afición a la propaganda personal y por no reconocer responsabilidad alguna ante sus desatinos como gobernante.  Recordemos que existe un patrón de comportamiento, un subtipo del trastorno narcisista de la personalidad, conocido como “síndrome de Hubris”, el cual se caracteriza por el egocentrismo desmedido, el desprecio por los demás, las aspiraciones mesiánicas y el aislamiento de la realidad. Este síndrome tiende a presentarse con mayor fuerza especialmente cuando la persona abandona su posición de poder. Quienes sufren esta anomalía tienen una enfermiza “identificación con la nación, el Estado y la organización, hasta el punto de considerar que su perspectiva e intereses son idénticos”. Al mismo tiempo, creen que “en lugar de rendir cuentas a la sociedad, el tribunal al que realmente deben responder es a la historia”.  Sirvan estas reflexiones frente al momento que vive el país. Hoy que a los ojos del mundo entero se ha desnudado la terrible corrupción de muy relevantes actores políticos, con gravísimos temas como el “huachicol fiscal”, junto con escandalosos amasiatos entre criminales y autoridades, vale la pena dudar de las razones reales por las que alguien convoca a defender a México (su democracia, soberanía o su propia estabilidad).  Quien en lugar de reconocer responsabilidades o posibles fallas durante su mandato arenga a la sociedad para proyectarse como un supuesto “salvador” de la patria, lo hace más para proteger sus intereses individuales o de grupo que para lograr el bien común. Acude a esa cultura caudillista, que se aprovecha de las relaciones clientelares, de la división imperante, de la necesidad de un sentido de identidad colectiva. Lo hace también, bajo un entendimiento torcido de la realidad. Recuerda a Santa Anna, quien incluso buscó ser nombrado “su alteza serenísima”. Se ubica entre quienes no los distingue la “grandeza”, sino la más infinita pequeñez. Ha llegado el momento de que México inicie un profundo cambio de su cultura política. De transitar del apego a los caudillos, a un nuevo momento donde una amplísima colección de liderazgos en todos los rincones del país tejan una nueva realidad de congruencia, basada en la consciencia, la compasión, la colaboración, el coraje y la civilidad. Un momento de una sociedad dueña de su destino, sin que un personaje en lo individual busque lucrar ni agandallarse su destino. Por cierto, sería grandioso que la primera Presidenta de México encabezara esta necesaria transición. Columnista: Armando Ríos PiterImágen Portada: Imágen Principal: Send to NewsML Feed: 0Cuando uno busca el significado de la palabra caudillismo encuentra que éste es un “sistema político y social centrado en un líder carismático, en el que el caudillo ejerce un poder fuerte y personalista, a menudo autoritario, basándose en su prestigio y apoyo popular, más que en las instituciones o leyes, y que fue muy prominente en América Latina tras las independencias, caracterizándose por el paternalismo y la concentración de poder”. Las “habilidades personales”, tales como el carisma y la narrativa, son la clave con la que estos personajes movilizan seguidores, para presentarse desde una perspectiva “paternalista”, como protectores de los “legítimos intereses” del pueblo y “perseguir el bien común”, sin obstáculos legales. Regularmente se aprovechan (e incluso generan) contextos de inestabilidad, en el que la debilidad de las instituciones les permite actuar como “mediadores entre el Estado y el pueblo” —incluso por encima de ambos— para colocarse en el centro del ejercicio de un poder unipersonal. La historia del México independiente está llena de perfiles de hombres que en su momento se consideraron indispensables para la misma subsistencia del Estado. Sujetos que hicieron todo lo posible por acceder al poder y, una vez en él, quisieron mantenerlo, aun a costa de la propia República. De entre todos, destaca Antonio López de Santa Anna, el general de división que ocupó la Presidencia en once ocasiones y seguramente el más conocido (controvertido y repudiado) de todos. Acostumbrado a aprovecharse de la enorme división imperante en México, Santa Anna entró y salió del poder, aclamado en un principio, odiado al final de su vida. En momentos de crisis, regresaba como el líder capaz de restaurar el orden y defender la integridad nacional. Desde su hacienda llamada El Lencero tomó distancia para calcular y afinar su exacerbado pragmatismo; pasó de realista a insurgente, de federalista a centralista, así como de liberal a conservador. Más que por sus virtudes (que también las tuvo), el veracruzano es recordado por su apego al poder, por su oportunismo, por su afición a la propaganda personal y por no reconocer responsabilidad alguna ante sus desatinos como gobernante.  Recordemos que existe un patrón de comportamiento, un subtipo del trastorno narcisista de la personalidad, conocido como “síndrome de Hubris”, el cual se caracteriza por el egocentrismo desmedido, el desprecio por los demás, las aspiraciones mesiánicas y el aislamiento de la realidad. Este síndrome tiende a presentarse con mayor fuerza especialmente cuando la persona abandona su posición de poder. Quienes sufren esta anomalía tienen una enfermiza “identificación con la nación, el Estado y la organización, hasta el punto de considerar que su perspectiva e intereses son idénticos”. Al mismo tiempo, creen que “en lugar de rendir cuentas a la sociedad, el tribunal al que realmente deben responder es a la historia”.  Sirvan estas reflexiones frente al momento que vive el país. Hoy que a los ojos del mundo entero se ha desnudado la terrible corrupción de muy relevantes actores políticos, con gravísimos temas como el “huachicol fiscal”, junto con escandalosos amasiatos entre criminales y autoridades, vale la pena dudar de las razones reales por las que alguien convoca a defender a México (su democracia, soberanía o su propia estabilidad).  Quien en lugar de reconocer responsabilidades o posibles fallas durante su mandato arenga a la sociedad para proyectarse como un supuesto “salvador” de la patria, lo hace más para proteger sus intereses individuales o de grupo que para lograr el bien común. Acude a esa cultura caudillista, que se aprovecha de las relaciones clientelares, de la división imperante, de la necesidad de un sentido de identidad colectiva. Lo hace también, bajo un entendimiento torcido de la realidad. Recuerda a Santa Anna, quien incluso buscó ser nombrado “su alteza serenísima”. Se ubica entre quienes no los distingue la “grandeza”, sino la más infinita pequeñez. Ha llegado el momento de que México inicie un profundo cambio de su cultura política. De transitar del apego a los caudillos, a un nuevo momento donde una amplísima colección de liderazgos en todos los rincones del país tejan una nueva realidad de congruencia, basada en la consciencia, la compasión, la colaboración, el coraje y la civilidad. Un momento de una sociedad dueña de su destino, sin que un personaje en lo individual busque lucrar ni agandallarse su destino. Por cierto, sería grandioso que la primera Presidenta de México encabezara esta necesaria transición. Columnista: Armando Ríos PiterImágen Portada: Imágen Principal: Send to NewsML Feed: 0

Pequeñez

2025/12/08 17:28
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Cuando uno busca el significado de la palabra caudillismo encuentra que éste es un “sistema político y social centrado en un líder carismático, en el que el caudillo ejerce un poder fuerte y personalista, a menudo autoritario, basándose en su prestigio y apoyo popular, más que en las instituciones o leyes, y que fue muy prominente en América Latina tras las independencias, caracterizándose por el paternalismo y la concentración de poder”.

Las “habilidades personales”, tales como el carisma y la narrativa, son la clave con la que estos personajes movilizan seguidores, para presentarse desde una perspectiva “paternalista”, como protectores de los “legítimos intereses” del pueblo y “perseguir el bien común”, sin obstáculos legales. Regularmente se aprovechan (e incluso generan) contextos de inestabilidad, en el que la debilidad de las instituciones les permite actuar como “mediadores entre el Estado y el pueblo” —incluso por encima de ambos— para colocarse en el centro del ejercicio de un poder unipersonal.

La historia del México independiente está llena de perfiles de hombres que en su momento se consideraron indispensables para la misma subsistencia del Estado. Sujetos que hicieron todo lo posible por acceder al poder y, una vez en él, quisieron mantenerlo, aun a costa de la propia República. De entre todos, destaca Antonio López de Santa Anna, el general de división que ocupó la Presidencia en once ocasiones y seguramente el más conocido (controvertido y repudiado) de todos.

Acostumbrado a aprovecharse de la enorme división imperante en México, Santa Anna entró y salió del poder, aclamado en un principio, odiado al final de su vida. En momentos de crisis, regresaba como el líder capaz de restaurar el orden y defender la integridad nacional. Desde su hacienda llamada El Lencero tomó distancia para calcular y afinar su exacerbado pragmatismo; pasó de realista a insurgente, de federalista a centralista, así como de liberal a conservador. Más que por sus virtudes (que también las tuvo), el veracruzano es recordado por su apego al poder, por su oportunismo, por su afición a la propaganda personal y por no reconocer responsabilidad alguna ante sus desatinos como gobernante. 

Recordemos que existe un patrón de comportamiento, un subtipo del trastorno narcisista de la personalidad, conocido como “síndrome de Hubris”, el cual se caracteriza por el egocentrismo desmedido, el desprecio por los demás, las aspiraciones mesiánicas y el aislamiento de la realidad. Este síndrome tiende a presentarse con mayor fuerza especialmente cuando la persona abandona su posición de poder. Quienes sufren esta anomalía tienen una enfermiza “identificación con la nación, el Estado y la organización, hasta el punto de considerar que su perspectiva e intereses son idénticos”. Al mismo tiempo, creen que “en lugar de rendir cuentas a la sociedad, el tribunal al que realmente deben responder es a la historia”. 

Sirvan estas reflexiones frente al momento que vive el país. Hoy que a los ojos del mundo entero se ha desnudado la terrible corrupción de muy relevantes actores políticos, con gravísimos temas como el “huachicol fiscal”, junto con escandalosos amasiatos entre criminales y autoridades, vale la pena dudar de las razones reales por las que alguien convoca a defender a México (su democracia, soberanía o su propia estabilidad). 

Quien en lugar de reconocer responsabilidades o posibles fallas durante su mandato arenga a la sociedad para proyectarse como un supuesto “salvador” de la patria, lo hace más para proteger sus intereses individuales o de grupo que para lograr el bien común. Acude a esa cultura caudillista, que se aprovecha de las relaciones clientelares, de la división imperante, de la necesidad de un sentido de identidad colectiva. Lo hace también, bajo un entendimiento torcido de la realidad. Recuerda a Santa Anna, quien incluso buscó ser nombrado “su alteza serenísima”. Se ubica entre quienes no los distingue la “grandeza”, sino la más infinita pequeñez.

Ha llegado el momento de que México inicie un profundo cambio de su cultura política. De transitar del apego a los caudillos, a un nuevo momento donde una amplísima colección de liderazgos en todos los rincones del país tejan una nueva realidad de congruencia, basada en la consciencia, la compasión, la colaboración, el coraje y la civilidad. Un momento de una sociedad dueña de su destino, sin que un personaje en lo individual busque lucrar ni agandallarse su destino. Por cierto, sería grandioso que la primera Presidenta de México encabezara esta necesaria transición.

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