Las valijas están apoyadas contra una pared blanca, en la entrada de su edificio, alineadas como una mudanza que quedó en pausa: una verde rígida, otra negra más grande y varias bolsas con ropa a un costado. Sentada en una silla plegable, con el celular en la mano y la mirada fija hacia el ingreso restringido, la enfermera del Hospital Garrahan Teresa Alfaro, de 62 años, espera una autorización que no llega.
A una semana del derrumbe de la losa de un estacionamiento subterráneo en el complejo habitacional Estación Buenos Aires, en Parque Patricios, la escena no cambia: vallas, custodia, listas y vecinos que vuelven a intentar entrar, aunque sea por minutos.
Alfaro convive con un dolor físico que la obliga a moverse despacio: artrosis en las rodillas. Es propietaria de un departamento en el complejo y, desde el viernes 6 de marzo, está alojada en el Hotel Esplendor. “Estamos al día –apunta–. Nos dan solo el desayuno”. Dice estar enojada por la sensación de vivir en precariedad y de depender de decisiones que cambian sin explicación.
Teresa vive con Daniel, su hijo de 25 años, a quien describe con una cadena de diagnósticos que condicionan cada movimiento: autismo, síndrome convulsivo y esquizofrenia. “Yo soy madre soltera. Tengo un hijo con discapacidad”, cuenta a LA NACION. El martes 3, cuando ocurrió el derrumbe y se dispuso la evacuación, no pudo retirar casi nada. Estaba sola con su hijo, con dolor, sin fuerza física para enfrentar ese protocolo que se volvió regla desde entonces: entrar rápido, agarrar lo que se pueda y salir.
Por eso hoy volvió con ayuda. La acompaña Emanuel Politano, su sobrino, para poder hacer lo que ella no pudo hacer el primer día: sacar pertenencias en serio, en el breve margen que suelen habilitar cuando autorizan el ingreso. “Yo no soy la Super Mujer Maravilla”, insiste. “Soy una persona que mide un metro cincuenta y tengo artrosis en la rodilla. No pude sacar nada. Por eso pedí que venga mi sobrino y que él pueda pasar”, explica.
El problema ahora es que el permiso no aparece. Alfaro afirma que, más temprano, hubo ingresos. Describe el clima como “un caos de versiones”: quién pasó, quién no, quién figura en la lista, quién se quedó esperando.
En esa mezcla, Teresa se desborda. Habla de listados, de gente que vio entrar, de sospechas y de un control que, a su juicio, no es parejo. Advierte que a ella, propietaria, no la autorizan, mientras observa circular personas que, según interpreta, no deberían estar ahí. “Pasan por acá como si esta fuera la peatonal de Florida y Lavalle”, lanza.
En medio de la entrevista suena su celular. Teresa atiende y, según cuenta, del otro lado está Belén, secretaria de la fiscal a cargo del expediente judicial por el derrumbe. La llamada se convierte en una última oportunidad. Teresa no duda: “Necesito que mi sobrino pueda entrar”, le dice. La secretaria le contesta con una pregunta por los horarios. Teresa contesta que está ahí, en el lugar, esperando. La respuesta que recibe no le da ninguna certeza: “Bueno, en algún momento nos estaremos comunicando”, le responden, y la llamada se corta.
Teresa apoya la mano en la pared, como si le bajara la presión. Se queda quieta un segundo. Se sienta. Se incorpora. Vuelve a sentarse. La bronca se le mezcla con cansancio, y detrás de esa pared blanca están sus valijas aguardando. “Tengo mi vida ahí”, dice a LA NACION, y señala hacia adentro del complejo.
La frase no es un recurso: es literal. Para Teresa, volver a entrar no es “buscar un par de cosas”. Es recuperar lo básico en un contexto que la excede. “Yo no pude retirar nada el día que pasó”, repite, y mira a Emanuel como si él fuera, por un rato, la fuerza que le falta al cuerpo. La urgencia, además, no se apaga con el paso de los días: el tiempo acumulado deteriora lo que quedó adentro y aumenta la ansiedad de quienes no pudieron sacar nada.
Su miedo aparece como sentencia. “El día que llueva se va a caer esta torre y la gemela”, pronostica. Para ella, lo que está en juego no es solo un trámite: es la sensación de seguir viviendo al borde de algo que puede empeorar.
Teresa mira el ingreso restringido como se mira una puerta cerrada de golpe. Emanuel aguarda al lado, listo para ayudar si se habilita el paso. Y el resto –sus cosas, su casa, su rutina con Daniel– sigue del otro lado.


