En 2019, José Gallino dejó plasmado en las calles de Montevideo un homenaje al escritor Eduardo GaleanoEn 2019, José Gallino dejó plasmado en las calles de Montevideo un homenaje al escritor Eduardo Galeano

Un artista urbano con tinte oriental

2026/03/08 11:00
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Antes de ser soporte, la pared fue un gesto. Mucho antes del museo, del bastidor, del marco, estuvo la necesidad de dejar una marca sobre una superficie común. Manos con pigmento en cavernas, signos rituales, dibujos para espantar el miedo o invocar la caza. Luego llegaron las inscripciones romanas, los grafitis políticos, las frases de amor escritas a escondidas, las consignas urgentes en tiempos de revuelta. La ciudad aprendió a leerse a sí misma en sus muros. Cada época escribió ahí lo que no entraba en otro lado.

En el siglo XX, esa pulsión encontró nuevos lenguajes. El grafiti neoyorquino, la firma como identidad, el muralismo latinoamericano como relato colectivo, la pared convertida en escenario de disputa estética y política. Pintar afuera siempre tuvo algo de riesgo y algo de promesa. La obra queda expuesta al clima, al paso del tiempo, a la mirada ajena, al borrado. También queda disponible, democrática, inevitable. En tiempos de velocidad digital e imágenes generadas por algoritmos, la obra monumental de José María Gallino insiste en otra cosa: la mano, el error, la perseverancia. Esta conversación entra en la cabeza de un artista que eligió el trabajo solitario y terminó construyendo, casi sin proponérselo, uno de los paisajes murales más potentes de Uruguay.

Llegó a ese territorio sin épica previa ni plan trazado. Llegó tarde, según los manuales. “En verdad empecé a salir a pintar murales a los 26 años, ya bastante grande”, dice. Antes hubo otras vidas posibles, trabajos, intentos, una sensación persistente de no saber qué hacer con el futuro. Salto, su ciudad natal, quedaba lejos de todo, incluso de las certezas. “Siempre me preguntaban qué iba a ser cuando fuera grande y nunca tenía nada en mente”.

La calle apareció primero como experiencia y no supuesta como posible carrera. “Empecé en el muralismo haciendo mis primeros grafitis ilegales, una noche. Esa experiencia despertó mi adrenalina. Una vez que la conocí, me fue difícil abandonarla”. Dejar algo en la pared y volver al día siguiente para verlo seguía una lógica simple y poderosa. Existir un poco más, con más fuerza. Terminar una obra. “Siempre pintaba, empezaba cuadros, pero nunca los terminaba. En la calle comencé a cerrar ciclos”.

El muralista José María Gallino

Desde esa decisión íntima, la pared dejó de ser apenas un soporte para volverse un destino, un lugar de formación autodidacta, de búsqueda técnica, de identidad. Sin academia ni atajos, con la ciudad como escuela abierta. En Montevideo, ese gesto individual terminaría dialogando con algo más grande, un circuito urbano en expansión, una red de miradas que transformó barrios enteros. Pero antes de eso hubo un chico del norte, una noche cualquiera y una pared que esperaba.

La vocación tardía

Salto fue el punto de partida y también el primer límite. Una ciudad del norte, a casi quinientos kilómetros de Montevideo, con una infancia atravesada por la calle, el juego y una libertad que hoy Gallino reconoce como fundacional. “Mis padres me dejaron ser bastante libre y soñador, creo que gracias a eso llegué a ser lo que soy hoy”. En esa geografía más bien quieta, el dibujo apareció temprano, casi como refugio. Pintaba desde chico, sin método ni horizonte claro. Un hermano artista plástico, papeles, lápices, tardes largas. Nada hacía pensar todavía en murales de cincuenta metros.

La escuela no fue un territorio amable. La secundaria quedó inconclusa, los años de la crisis del 2000 endurecieron el clima general. “Fue un poco bastante duro ahí, cuando yo ya estaba lo suficientemente crecidito”, afirma. El futuro no se organizaba alrededor de una vocación, sino de la necesidad. Trabajo, changas, estudios que no terminaban de encajar. A los 17 se fue a Montevideo a buscar empleo. En Salto no había demasiado para elegir y el aburrimiento también pesaba. Supuso que un cambio de aire actuaría de modo positivo.

La obra

Durante mucho tiempo, el arte fue una pulsión sin forma de oficio. Pintaba cuadros que quedaban a mitad de camino, dibujos que se acumulaban sin cierre. “Siempre me costó dar un fin”, sentencia. La introspección era parte del carácter. “Era bastante introvertido -sigue-, bien cerrado, muy poco sociable”. La pintura funcionaba como lenguaje privado, y no estaba por entonces pensada como un proyecto público.

El giro llegó por contagio. Vivía con amigos grafiteros y la calle empezó a insinuarse como posibilidad. “Me impulsaron a salir a pintar”, relata. El primer contacto fue ilegal, nocturno, urgente. Ahí apareció algo nuevo, la sensación de dejar una huella visible, de asumir el riesgo. “Lo de poder terminar una obra y verla al otro día fue clave frente a mi tendencia a lo inconcluso”. La pared impuso un límite concreto y, con él, una decisión.

Ese pasaje fue también un descubrimiento expresivo. “Encontré ahí mi lenguaje artístico, fue mi forma de expresarme de modo más seguro, explica”. El grafiti derivó rápido en otra cosa. Los retratos aparecieron casi de inmediato, como una obsesión técnica. El primer rostro fue el futbolista Edinson Cavani, pintado en Salto, a mano alzada, lejos de la precisión que vendría después. “No quedó tan exacto -se sincera-, quedó más parecido a alguien más, pero fue mi primer retrato”. Aun así, esa imagen circuló, llegó a una transmisión televisiva, cruzó fronteras. “Para mí ya era un superlogro”, cuenta.

A partir de ahí, la disciplina se volvió método. Grillas, cuadrículas milenarias adaptadas a paredes gigantes, ensayo y error. “La cuadrícula se usa hace muchos años, empecé a implementarla en muros”, explica. El realismo se volvió un desafío constante, nunca cerrado. “Siempre me está faltando algo -advierte-, soy bastante exigente”. La formación fue autodidacta y asumida como tal. “Nunca me gustó estudiar de chico, pero con el tiempo entendí que ser autodidacta también es una forma de estudiar”.

Aprender significó mirar a otros, viajar, intercambiar. Festivales, artistas, técnicas. “Estoy todo el tiempo investigando -explica-, buscando referentes, viendo cómo pintan otros”. El aerosol se impuso por velocidad y posibilidades. Mezclas a pulso, degradés, presión controlada. “Yo no preparo gamas antes, voy mezclando y sacando el tono”. No había Bellas Artes académicas, había pared callejera.

El momento decisivo llegó cuando el arte dejó de ser intermitente. “Hace ocho años que vivo 100% de pintar”, afirma. Casa frente al mar, independencia, tiempo propio. “Soy mi patrón -continúa-, llevo mis tiempos, trabajo a mi manera”. Empezar tarde dejó de ser un problema. Se volvió, incluso, una ventaja.

La ciudad como galería abierta

Montevideo empezó a cambiar de piel casi sin anunciarlo. Fachadas anónimas, medianeras cansadas, muros de paso se volvieron superficies disponibles para otra narración. En los últimos años se fue gestando una movida de arte callejero diversa y persistente, hecha de capas, técnicas y tiempos distintos. Grafiti, muralismo, esténcil, serigrafía, procedimientos mixtos convivieron sin jerarquías claras, disputándose atención y sentido en una ciudad acostumbrada a mirar de reojo sus propias paredes.

El fenómeno no respondió a un plan central ni a una curaduría formal. Creció por acumulación, por contagio, por insistencia. Pintar afuera siguió siendo un gesto frágil. “La intervención en la calle siempre está expuesta a lo que pase”, dice Gallino. Clima, humedad, rayones, demoliciones. La obra nace sabiendo que puede desaparecer. Esa precariedad también define el vínculo con el espacio urbano. Nada es definitivo, todo es presente.

Los circuitos se armaron caminando. Ciudad Vieja, con su mezcla de historia y abandono, ofreció muros generosos y tránsito constante. Centro y Cordón sumaron densidad, estudiantes, esquinas activas. Barrio Sur y Palermo aportaron memoria, música, identidad afro. Aguada abrió superficies industriales. Parque Batlle y Pocitos incorporaron escalas más abiertas, edificios altos, otra visibilidad. Cada zona impuso ritmos y diálogos distintos.

El recorrido se volvió parte de la experiencia. A pie, en bicicleta, en auto. Buscar murales empezó a parecerse a una deriva, una forma alternativa de leer la ciudad. Muchas piezas duraron poco. Otras resistieron. “Las paredes a veces no son buenas -añade el muralista-, tienen humedad, se desgastan”. Restaurar se volvió una forma de insistir. “Nunca dejé que me rayaran un muro, siempre corregí”, explica. Defender la obra también fue defender el gesto.

En ese entramado, la figura de Gallino empezó a destacarse por escala y técnica. Retratos hiperrealistas que obligaban a levantar la cabeza, rostros reconocibles que devolvían humanidad a superficies impersonales. “Trato de buscar la esencia del personaje, a veces es la mirada, en otras es la sonrisa”, indica. El muro dejó de ser fondo para convertirse en presencia.

Montevideo aceptó esa transformación sin estridencias. No hubo ruptura, hubo suma. Festivales, convocatorias, encargos privados convivieron con intervenciones más espontáneas. La prensa empezó a mirar. El público también. “Comencé a hacer homenajes a uruguayos y eso se fue viendo”, cuenta. El circuito se consolidó sin perder su condición inestable.

La calle siguió marcando las reglas. Un mural podía desaparecer por una obra nueva. “Se construye un edificio y hay que sacar ese mural”, dice sin nostalgia. Nadie promete permanencia. Esa lógica, lejos de desalentar, refuerza el sentido del trabajo. Pintar sabiendo que todo puede cambiar.

Así, sin mapas oficiales ni catálogos cerrados, Montevideo terminó configurando una de las escenas murales más activas de la región. Una galería abierta, en movimiento, escrita sobre paredes que todavía esperan la próxima capa.

La ética del hacer

La visibilidad nunca modificó el modo de trabajo. Gallino sigue pintando solo, aún cuando la escala permitiría otra logística. “Siempre pinté solo y me sentí muy cómodo así”, cuenta. No se trata de una postura romántica sino de una decisión práctica y ética. Delegar implicaría perder algo esencial. “Podría tener dos o tres personas trabajando conmigo, sacar las obras más rápido, pero siento que se pierde la esencia”, continúa. La lentitud, el cansancio físico, el cuerpo expuesto en altura forman parte del proceso.

Esa relación directa con la pared alcanza su punto máximo en las grandes dimensiones. El mural de los silos, cincuenta metros de altura, cuarenta el más alto, cinco estructuras pintadas durante meses, condensa esa obsesión. “Fui por veinte días de trabajo y terminé dos meses pintando”, rememora. Más de sesenta tarros de veinte litros, pintura líquida, grillas regulares trasladando símbolos mínimos a rostros gigantes. “Nunca imaginé que iba a terminar trepado a cincuenta metros de altura”.

Durante los últimos ocho años, Gallino logró convertir esa práctica en su forma de vida. Vive exclusivamente de su trabajo como muralista y hoy recibe encargos de empresas privadas, organismos públicos y distintos proyectos culturales. “Nunca imaginé que algo que empezó pintando grafitis en la calle iba a transformarse en mi trabajo”, cuenta. En muchos casos se trata de obras de gran escala que demandan meses de planificación, gestiones previas y acuerdos con instituciones o propietarios.

El artista explica que buena parte de su actividad actual se organiza a través de contratos formales. Trabaja con permisos y cartas de autorización para intervenir cada superficie y su emprendimiento funciona como una empresa que cumple con las exigencias técnicas que requieren las obras en altura. “Tengo capacitación para trabajar en altura, seguros, prevencionista y profesionales que firman las obras”, detalla. Cada proyecto se inscribe además administrativamente y forma parte de un proceso de gestión que busca mantener todo en regla antes de comenzar a pintar. Algunos proyectos, como el desarrollado para la Unión Rural de Flores, pueden llevar años entre la idea inicial, los trámites y la ejecución.

Aun así, Gallino procura mantener un vínculo directo con la lógica original del arte callejero. Muchas veces pinta muros particulares con autorización de los propietarios o realiza obras personales con el simple permiso del dueño de la pared. También acepta propuestas que llegan de vecinos y organizaciones. La búsqueda de superficies sigue siendo parte del oficio. “Siempre estoy atento a nuevos muros”, dice. En los últimos tiempos, además de edificios y silos, comenzó a intervenir tanques de agua y otras estructuras industriales que amplían la escala de sus retratos.

El retrato sigue siendo el núcleo. No como reproducción exacta sino como búsqueda. “Siempre trato de que la persona sea lo que es y no quede el primo hermano”, bromea. La piel, el pelo, una expresión mínima definen el resultado. El realismo se vive como como tensión permanente. “Siempre creo que falta algo”, reconoce. Esa incomodidad funciona como motor.

La tecnología aparece como herramienta, sin sustituir lo genuino del momento. El celular permitió ver procesos ajenos en tiempo real, aprender mirando. “Antes era todo a base de revistas o libros -explica-, hoy ves cómo se pinta en otra parte del mundo enseguida”. La tablet reemplazó al cuaderno, aunque algo se perdió en el camino. “El boceto a lápiz se fue dejando”, afirma. La inteligencia artificial, en cambio, genera distancia. “Me parece muy ficticio todo lo que se hace con IA”, completa. La creación, para él, sigue pasando por la mano.

El reconocimiento llegó sin estruendo. Premios, festivales, viajes. “Crucé el Atlántico gracias al arte”, dice. Francia, intercambios, escenas distintas. Un mural elegido entre los mejores del mes por cazadores internacionales de obras. “Eso también te empuja”, relata con orgullo. Nada de eso altera el eje. Pintar sigue siendo el centro. La calle impone desgaste y conflicto. Rayones, muros intervenidos por otros, derrumbes. “Es pintar en la calle, no sabés lo que puede pasar”. Restaurar, modificar, volver forma parte del trabajo. No hay resentimiento, hay aceptación. La obra no es intocable.

Pensar en el futuro no ocupa demasiado espacio. “Vivo al día, el momento es ahora”, sugiere. A los 39 no proyecta una forma definitiva. “No sé si a los 50 voy a seguir pintando murales o si voy a ser escultor”, dice. La única certeza es la continuidad del hacer. “Sin duda voy a pintar siempre”, reconoce.

La disciplina sostiene todo. Constancia, trabajo diario, amor por el oficio. La historia no se cuenta como triunfo individual sino como construcción paciente. Un chico de Salto que empezó tarde, pintó en silencio y terminó escribiendo, con aerosol y pintura líquida, una parte visible de la ciudad. La pared como destino, otra vez.

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