Hacia 1184 a. C los troyanos fueron víctimas de un célebre engaño. Confiaron en la aparente retirada de sus rivales micénicos e introdujeron en sus murallas un caballo de madera que éstos habían dejado como supuesto tributo a los dioses. Al caer la noche, abrieron las puertas de la ciudad para introducir la supuesta ofrenda. Sin embargo, la estructura ocultaba unos cincuenta soldados griegos. Este episodio culminó con la destrucción de Troya. Su caída significó la desaparición de un pueblo entero y su cultura. La historia recuerda que el engaño y la incapacidad de discernir lo verdadero de lo ilusorio pueden tener consecuencias devastadoras.
Hoy, la inteligencia artificial (IA) puede ser nuestro caballo de Troya si no aprendemos a reconocer sus límites y riesgos. Distinguir lo cierto de lo falso resulta una competencia crítica. Ocurre que, durante mucho tiempo, nuestras lecturas estuvieron mediadas por autores, editores, especialistas e instituciones que ofrecían rostro, nombre y legitimidad. En la academia, los investigadores seguimos confiando en la autoridad de las revistas científicas y en los comités de revisión que validan los artículos. Sin embargo, el ecosistema actual se presta a confusiones.
Las redes sociales, donde los adolescentes navegan entre cinco y siete horas diarias interactuando y recolectando información, están saturadas de afirmaciones sin bases sólidas. A esto se suma la irrupción de la IA generativa, que en su afán de contestar todo lo que se le pregunta, en ocasiones responde con contenidos falsos o “alucinaciones”. Así, ese cruce entre sobreabundancia de datos no verificados y producción automatizada de textos debería constituirse en el puntapié inicial de una transformación profunda en la manera en que enseñamos y aprendemos. Se trata de distinguir lo verdadero de lo falso. Erradicar el “me parece”. La duda como herramienta de discernimiento y no como obstáculo para el conocimiento. René Descartes la definía como el punto de partida de toda filosofía. Este matemático, físico y filósofo francés nacido en 1596 no dudaba por dudar, sino para investigar la verdad. La duda es el inicio del método. La duda cartesiana no es mera desconfianza, sino un proceso para depurar lo incierto y alcanzar fundamentos sólidos.
Karl Popper, siglos más tarde, retomó esta tradición desde la ciencia moderna y la convirtió en principio metodológico. En La lógica de la investigación científica (1934) sostuvo que el conocimiento avanza no por la confirmación de hipótesis, sino por su constante puesta a prueba y posibilidad de refutación. Para Popper, la duda es el motor de la falsación, aquello que nos obliga a confrontar nuestras teorías con la realidad y aceptar que ninguna verdad es definitiva.
No obstante, no es la primera vez que enfrentamos cambios en la manera de informarnos. La imprenta de Gutenberg (sXV) democratizó el acceso a los textos, pero también multiplicó la circulación de errores y supersticiones. Hoy, la IA generativa cumple un papel análogo. Abre un horizonte de democratización del conocimiento, pero al mismo tiempo expone a la sociedad a una proliferación de falsedades a una velocidad y escala inéditas. Así como la imprenta inauguró la modernidad cultural, la IA inaugura una nueva era en la que la verificación se convierte en tarea central.
Esta nueva aproximación al saber se traduce en la necesidad de formar estudiantes capaces de interrogar textos, sus fuentes y las tecnologías que median su propio aprendizaje. En tiempos de IA generativa y sobreabundancia de información, la duda crítica se convierte en una competencia esencial. Será la que permita reconocer cuándo un argumento está sustentado en evidencia científica o cuándo se trata de una “alucinación” tecnológica o un simple “bolazo” circulando en redes sociales. La escuela y la universidad, esta última como espacio de formación permanente, deben asumir que enseñar a leer críticamente y a dudar con método es tan importante como transmitir contenidos técnicos.
En el actual contexto de inestabilidad y transformación constante, la reconfiguración de la educación superior se presenta como una necesidad estratégica. La reducción de la duración de las carreras de grado, complementada por módulos cortos de actualización permanente, debe integrarse con trayectos generalistas orientados a fortalecer las humanidades como ámbitos de formación ética y crítica. Este enfoque no solo responde a las exigencias de un mercado laboral cambiante, sino también a la necesidad de una mayor responsabilidad social. En paralelo, resulta imprescindible consolidar competencias transversales, entre ellas el pensamiento crítico, la comunicación efectiva y la creatividad, junto con una dimensión esencial: la duda, concebida como la capacidad de someter a validación científica lo que se lee, se observa y se produce.
“Los analfabetos del siglo XXI no serán aquellos que no sepan leer y escribir, sino quienes no puedan aprender, desaprender y reaprender”. A esta frase de Herbert Gerjuoy, popularizada por Alvin Toffler en El shock del futuro (1970), deberíamos agregarle que los verdaderos alfabetos serán quienes sepan ejercer la duda crítica como método. Aquellos capaces de interrogar lo que leen, cuestionar lo que observan y validar con rigor científico lo que la tecnología y la información ofrecen.
Doctor en Educación, profesor del Área de Educación de la Escuela de Gobierno de la Universidad Torcuato Di Tella


