Hay muertes que estremecen a un país y hay muertes que, según cierta prensa internacional, tranquilizan a otro. La revista británica The Economist, en su análisHay muertes que estremecen a un país y hay muertes que, según cierta prensa internacional, tranquilizan a otro. La revista británica The Economist, en su anális

Muerto el Mencho el negocio sigue

2026/02/26 14:30
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Hay muertes que estremecen a un país y hay muertes que, según cierta prensa internacional, tranquilizan a otro. La revista británica The Economist, en su análisis titulado “The killing of Mexico’s most powerful narco will please Donald Trump”, no se midió: la captura y muerte de Nemesio Oseguera Cervantes, alias “El Mencho”, líder del Cártel Jalisco Nueva Generación, habría sido algo más que un golpe estratégico; sería, en esencia, un gesto diplomático con dedicatoria especial a la Casa Blanca.

La tesis es sencilla y elegante, como suelen ser las tesis elaboradas a miles de kilómetros del polvo, la pólvora y el saldo de 62 muertos que reportaron las autoridades mexicanas como resultado del operativo. Según la publicación británica, ante la presión de Washington por el tráfico de fentanilo y el incesante reclamo de mano dura, el gobierno de Claudia Sheinbaum decidió intensificar la cacería del capo más poderoso del país y así envíar un mensaje a Estados Unidos: “que conste que estamos haciendo la tarea”. Y con ello subir a la estratosfera el ego de Donald Trump quien se adornó en su primer informe de su segundo período de gobierno: “Tumbamos a uno de los capos más siniestros”.

Ahora la pregunta incómoda es si del otro lado del Río Bravo alguien está dispuesto a cumplir con su labor. Porque en la narrativa de la política estadounidense, el drama del consumo de drogas es una tragedia importada, casi un tornado que viene del sur. Si hay fentanilo en las calles de Ohio o Arizona, la culpa recae, en automático, en el narco mexicano. Como si las sustancias cruzaran la frontera, se distribuyeran solas y aparecieran mágicamente en los bolsillos de los consumidores sin la colaboración entusiasta de una red doméstica de distribuidores, pandillas, intermediarios financieros y, por supuesto, clientes.

La producción y tráfico de drogas en México no existe nada más porque sí, ni crece por generación espontánea. Existe porque hay una demanda colosal al norte, porque hay millones de dólares fluyendo cada día y porque el negocio, lejos de ser un simple problema criminal, es también un fenómeno económico.

Pero resulta más cómodo concentrar la indignación en un capo abatido que revisar el propio modelo de consumo. Es más rentable —política y mediáticamente— exhibir la fotografía del “enemigo público número uno” que preguntarse por qué el sistema de salud, las farmacéuticas, la desregulación de analgésicos, las guerras y la precariedad social alimentaron durante años una epidemia de drogadicción.

The Economist sugiere que la operación contra “El Mencho” se enmarca en un contexto de presión diplomática y exigencias más severas de combate al narcotráfico. Nada sorprendente. Cada administración estadounidense, y en particular la de Donald Trump, convierte el tema en estandarte electoral: muros, aranceles y ultimátums aderezados con promesas de mano dura. El mensaje implícito era claro: si hay muertos por sobredosis en Kansas, alguien en Guadalajara debe pagar la factura.

Lo paradójico es que, mientras se exige a México resultados espectaculares —capturas de alto perfil, extradiciones exprés, decomisos cinematográficos—, el debate sobre la responsabilidad interna en Estados Unidos suele diluirse en generalidades. ¿Qué ocurre con los bancos que lavan dinero? ¿Qué pasa con las redes de distribución al menudeo que operan en suburbios y centros urbanos? ¿Cuánta energía política se invierte en tratar la adicción como un problema de salud pública y no sólo como bandera electoral?

La hipocresía radica en presentar la guerra contra las drogas como una cruzada moral, mientras el consumo interno se mantiene estable y las ganancias encuentran siempre una rendija por donde circular.

Por supuesto, nadie en su sano juicio defendería a un capo responsable de violencia y muerte. Pero reducir el fenómeno del narcotráfico a la figura de un solo hombre es una simplificación casi infantil. La caída de un líder puede fragmentar una organización, alterar rutas y reacomodar alianzas, pero difícilmente elimina la demanda que hace rentable el negocio.

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