Playa de lobos (España, 2025). Dirección y guion: Javier Veiga. Fotografía: Javier Salmones. Edición: Jani Madrileño. Elenco: Guillermo Francella, Dani Rovira. Duración: 100 minutos. Calificación: apta para mayores de 13 años. Nuestra opinión: regular.
El punto de partida de Playa de Lobos es simple, casi anecdótico: en un chiringuito de una playa canaria a punto de cerrar la temporada, Manu (Dani Rovira) quiere terminar su turno y bajar la persiana. Pero solo queda un cliente (Klaus, interpretado por Guillermo Francella), un turista de actitud tan displicente como misteriosa que se niega a abandonar su reposera. La incómoda conversación entre ellos deriva muy pronto hacia una zona inesperada que pondrá en jaque al camarero.
Igual que en Amigos hasta la muerte (2023), una comedia negra de cámara apoyada en la química actoral, el actor y director gallego Javier Veiga apela a un dispositivo reducido -esta vez apenas dos personajes, un espacio acotado y un eje dramático apoyado en la tensión verbal-, aunque introduce un recurso formal que suma un matiz necesario: la aparición intermitente de una banda musical que remite al imaginario carnavalesco local (la película se desarrolla en Fuerteventura, un epicentro turístico de las Islas Canarias), fisura el realismo y carga al conflicto de una dimensión alegórica.
No queda claro si esas apariciones son proyecciones subjetivas de alguno de los dos personajes, pero lo cierto es que alteran ocasionalmente el tono de la historia y le aportan un color distinto a un relato por lo demás monocorde y sostenido por un duelo discursivo demasiado estirado entre los protagonistas.
Todo el tiempo se siembran sospechas sobre la verdadera identidad y las intenciones reales del personaje de Francella, que se presenta como un turista argentino radicado en Suecia y va revelando de a poco los detalles de su verdadero plan (relacionado con un conflicto familiar), alimentando gradualmente el viraje de la comedia hacia el thriller.
La torpeza y la ingenuidad del camarero contrastan con el aplomo y la frialdad analítica de su adversario, con el que teje una relación cuya dinámica oscilante de colisiones y pequeñas complicidades se repite hasta el agotamiento.
La película depende casi exclusivamente de esa disputa tediosa y sin mucho vuelo en la que Francella recurre al perfil del perverso protegido por una máscara de aparente cordialidad que ya puso en juego en El encargado, la serie de Mariano Cohn y Gastón Duprat que disparó su popularidad en España, donde también han funcionado bien Nada y Homo Argentum, otros dos productos de la misma dupla creativa.
Un modelo posible para Veiga pudo haber sido El detective (1972), la última ficción del gran cineasta estadounidense Joseph L. Mankiewicz, un thriller clásico protagonizado por dos próceres británicos de la actuación (Laurence Olivier y Michael Caine) que explotó mucho mejor el desarrollo de la manipulación psicológica porque su guion -más sutil, elegante y profundo que el de Playa de lobos- funcionó como un auténtico mecanismo de relojería.
A pesar de la relevancia de Rovira en el mercado español (su trampolín a la fama fue Ocho apellidos vascos, que convocó a nueve millones y medio de personas y recaudó más de 56 millones de euros), Playa de Lobos no funcionó del todo en su país de origen: buena parte de las críticas pusieron el acento en su esquema rudimentario y la vieron poco más de 20.000 espectadores.
Habrá que ver si el indudable atractivo que representa Francella para el espectador argentino mejora ese modesto rendimiento en el contexto de una marcada crisis de asistencia a los cines de todo el país.