Todo empezó con una mentira sin aires de grandeza. En una cena con conocidos, cuando alguien habló de un libro. Un clásico de esos que “no podías no haber leído”. Pero, en realidad, sí podías y, de hecho, Manuel era una de esas personas que se lo había salteado. Así y todo, cuando le preguntaron qué le había parecido, dijo con un entusiasmo moderado que los personajes le habían parecido interesantes. Sus amigos no solo no se percataron de la mentira, sino que, a partir de ese comentario, lo incluyeron más en la charla. Manuel se sintió más aceptado, también más apreciado y hasta respetado.
Al mes siguiente, un episodio similar tuvo lugar. En un almuerzo con compañeros del trabajo, habló con soltura sobre una serie con la que todos estaban fanatizados y que él no había tenido tiempo de ver. Días después, la historia se repitió cuando afirmó que fue a un bar que nunca pisó y, en ese mismo intercambio, casi sin pensarlo, se encontró agregando detalles ficticios a una anécdota de cuando tenía 15 años.
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Mentiras inofensivas e intrascendentes, pensó. Que de alguna manera mejoraban sus interacciones sociales. Al poco tiempo, Manuel hablaba por default de cosas que no le habían pasado, de recuerdos que había formulado a partir de la imaginación. Lo que empezó como una salida fácil y efectiva para acolchonar una conversación se convirtió en un hábito cotidiano. La deshonestidad, discreta y sin fines de lucro, se volvió un patrón automático.
Contrario a ciertas creencias populares, mentir no es un rasgo biológico ni una condición de personalidad fija, sino una conducta que se aprende y refuerza en contextos específicos. Entre las investigaciones que se propusieron estudiar los distintos mecanismos que se activan con la mentira, se destaca uno de la University College London (2016) mediante el cual se demostró que decir pequeñas mentiras desensibiliza a nuestro cerebro frente a las emociones negativas asociadas, incentivándonos a decir más mentiras y más grandes, haciendo que el hábito escale rápidamente.
“Cuando mentimos por beneficio personal, nuestra amígdala produce una sensación negativa que limita el grado en que estamos dispuestos a mentir”, dice Tali Sharot, doctora especializada en Psicología Experimental de la UCL y autora principal del estudio. “Sin embargo, esta respuesta se desvanece a medida que seguimos mintiendo, y cuanto más disminuye, más grandes se vuelven nuestras mentiras. Esto puede llevar a una ‘pendiente resbaladiza’, donde pequeños actos de deshonestidad escalan hacia mentiras más significativas”.
Alejandro Andersson, director del Instituto de Neurología Buenos Aires (INBA), lo explica de la siguiente manera: “La deshonestidad aumenta gradualmente con la repetición. Al principio, mentir genera más aversión (por asociarse a un riesgo o algo moralmente mal). Con repeticiones, esa señal se atenúa, y la conducta se vuelve más fácil de escalar. En lenguaje llano: cuanto menos te mueve la aguja emocionalmente mentir hoy, más probable es que mañana te animes a mentir un poco más".
Al mentir, explica Andersson, se activa una red distribuida de áreas cerebrales. Particularmente:
Desde el campo de la psicología, Macarena Gavric Berrios, psicóloga especializada en trastornos del desarrollo, expone que sostener una mentira implica una elevada carga cognitiva, ya que la persona debe inhibir información verdadera, monitorear constantemente su discurso y anticipar posibles inconsistencias.
“Ese esfuerzo continuo se asocia a una mayor activación del eje del estrés, lo que puede traducirse en síntomas como fatiga mental, dificultad para concentrarse e irritabilidad. Al mismo tiempo, la incongruencia persistente entre lo que se piensa, se siente y se comunica genera una brecha entre la experiencia interna y la conducta externa, afectando la autoestima, favoreciendo la culpa crónica y produciendo una sensación de falta de coherencia interna que impacta negativamente en el bienestar psicológico”, plantea la experta.
“El costo de una mentira es lo que llamamos contradicción”, pondera Klaus Boueke, psicólogo. “La verdad como tal es algo relativo; el que miente lo hace en relación a lo que él o ella reconoce como verdad. Sostener algo que no cierra, algo que no es auténtico, algo que no se sostiene solo, supone un gasto emocional, energético e intelectual muy alto”.
En la misma línea, Gavric Berrios explica que vivir en un patrón de mentira crónica implica mantener el sistema nervioso en un estado de vigilancia permanente, con una hiperactivación sostenida del sistema de alerta. “Este funcionamiento genera una desconfianza constante que, a largo plazo, se traduce en agotamiento y una menor capacidad de regulación emocional".
Además, agrega que la discrepancia entre la identidad pública y la experiencia interna favorece sentimientos de aislamiento. “La persona no puede apoyarse de manera genuina en los vínculos cuando teme ser descubierta, aumentando el riesgo de ansiedad y de síntomas depresivos”.
En este sentido, uno de los mitos más frecuentes alrededor de la mentira es que esta es “inofensiva” siempre y cuando no se descubra. Los especialistas consultados, sin embargo, coinciden en que -al operar en niveles mucho más sutiles que el dato concreto- los vínculos humanos siempre se van a ver afectados cuando haya mentiras de por medio.
“Aunque no sea revelada, la mentira interfiere tanto con los sistemas neurobiológicos de confianza y apego, como con la confianza implícita y la intimidad emocional, componentes centrales en la interacción”, argumenta Gavric Berrios. “La autenticidad percibida es clave para la cercanía emocional y la sintonía afectiva. Al ocultar información relevante, se debilita la sensación de seguridad relacional y la conexión emocional, generando una distancia afectiva que empobrece el vínculo, aunque el quiebre no sea explícito”.
Para Boueke, por su parte, los vínculos son un arte donde dos personas que hablan idiomas distintos intentan crear uno conjunto y mentir, inevitablemente, rompe ese intento de diálogo. “El impacto dependerá de quienes habiten ese vínculo. Hay personas que no logran tolerar una mentira, hay quienes pueden interpretarla en el contexto, y hay quienes no la descubren, pero de alguna manera eso habla de la profundidad de ese vínculo. El sentido común: mentir no fortalece ningún vínculo”.
Antes de ser una falta moral, mentir suele ser una respuesta aprendida: una forma —a veces torpe, otras eficaz— de adaptarse al contexto. La respuesta a por qué alguien miente, señalan los psicólogos, no está en un gen ni un rasgo fijo de personalidad, sino en la historia personal de cada uno, y en los contextos que nos enseñaron explícita o implícitamente cuándo decir la verdad era seguro y cuándo no.
“Desde la psicología social, mentir no se interpreta como un rasgo moral ni una característica de ser mala persona, sino como una conducta compleja que cumple funciones adaptativas en determinados contextos”, dice Gavric Berrios. “Las intenciones detrás de una mentira reflejan tanto necesidades internas como presiones externas; varían y pueden estar interrelacionadas: protegerse del rechazo o la vergüenza, evitar un castigo, mantener un vínculo afectivo, cuidar la autoestima propia o la de otra persona o procurar un beneficio social o emocional momentáneo”. Entre las razones más frecuentes, la psicóloga identifica las siguientes:
Tener una mayor reactividad emocional, impulsividad, búsqueda de novedad, baja tolerancia al malestar o menor sensibilidad a la amenaza social, por ejemplo, son aspectos que podrían facilitar su uso frecuente, explica la experta en trastornos del desarrollo. “Son diferencias individuales que influyen en cómo se procesan las consecuencias emocionales de mentir y en cuán reforzante resulta la conducta para el sistema nervioso”.
Por otro lado, Gavric Berrios habla de que las experiencias relacionales tempranas y los estilos de apego moldean significativamente los circuitos cerebrales relacionados con la regulación emocional, de modo que crecer en entornos impredecibles, críticos, punitivos o poco empáticos podría favorecer el desarrollo de estrategias defensivas como la mentira.
“En estilos de apego inseguro, por ejemplo, el cerebro aprende que decir la verdad puede poner en riesgo la cercanía, por lo que mentir para agradar se consolida como un recurso para mantener el vínculo, reducir la ansiedad relacional o evitar el abandono, estableciéndose con el tiempo como un patrón habitual de comportamiento”, profundiza. “Llegamos a este mundo y aquellos que estaban antes nos muestran cómo se hacen las cosas. Si mentir está mal, y cuán mal, dependerá de qué nos hayan enseñado, de qué hayamos cultivado y reforzado”, agrega Boueke. “Esos aprendizajes se hacen al mismo tiempo que se desarrolla la personalidad”.
“Quien se miente a sí mismo y escucha su propia mentira llega a un punto en el que ya no distingue la verdad ni dentro de sí ni a su alrededor, y así pierde el respeto por sí mismo y por los demás”, dijo Fiódor Dostoyevski en Los hermanos Karamázov (1880).
Cuando la mentira deja de ser una herramienta y empieza a convertirse en una forma de existir, el daño ya no se juega en el plano moral, sino en el identitario. La pregunta deja de ser si está bien o mal, sino qué se está sosteniendo y a qué costo. “Creo que el que se miente, se daña a sí mismo mucho más y mucho antes que a los otros”, reflexiona Boueke.
Desde un enfoque clínico, salir de la mentira implica, primero, reconocer que esta conducta pudo cumplir una función adaptativa en el pasado, pero que actualmente genera más malestar que alivio, comparte Gavric Berrios. “El proceso requiere entrenar al sistema nervioso para tolerar la ansiedad y el malestar que provoca decir verdades parciales o progresivas, aceptando que no se puede controlar la reacción del otro".
El cambio, reconoce la psicóloga, suele darse de manera gradual y necesita apoyo terapéutico.
“El objetivo es reemplazar el patrón de mentira por estrategias más saludables de regulación emocional, como fortalecer la identidad personal y construir vínculos basados en la coherencia, la confianza y la autenticidad, de modo que la expresión verdadera deje de percibirse como amenazante“, profundiza Gavric Berrios.
Boueke sugiere empezar por hacerse una pregunta simple, directa y potencialmente incómoda, que apunta a explorar las motivaciones detrás: ¿qué gano con esta mentira? “Porque, en algún sentido desfigurado, algo se gana mintiendo”, dice. La segunda pregunta que recomienda es: ¿qué pierdo con esta mentira? “Después de tener una respuesta, tendrás que decidir qué es más importante para vos”.
Ahora bien, si la pretensión es ayudar a alguien que miente constantemente a superar el hábito, el consejo profesional es correr la confrontación del centro de la escena, puesto que señalar o moralizar la mentira suele reforzar la defensa y profundizar el patrón. El reproche moral suele, señala Gavric Berrios, tiende a ser poco efectivo.
En cambio, la psicóloga propone generar un clima relacional lo suficientemente seguro como para que esa persona pueda explorar la verdad sin sentirse atacada. Lejos de adoptar una postura ingénua o sumisa, este abordaje implica marcar con claridad el impacto que la mentira tiene en el vínculo, establecer límites claros y, al mismo tiempo, habilitar espacios de reflexión donde se trabaje la función emocional de dicha conducta. “El cambio es más probable cuando la persona comprende el propósito emocional de su conducta. Porque a partir de eso puede desarrollar alternativas más saludables para gestionar sus emociones y relacionarse con los demás”, concluye.
Aunque no siempre haga ruido o genere conflicto, el hábito de la mentira moldea la forma en la que una persona piensa, se comunica y, en definitiva, habita su existencia. Mientras más se practica, más protagonismo toma en un campo antes destinado a la autenticidad; ocupando el lugar de lo espontáneo, condicionando la manera de vincularse y exigiendo una vigilancia constante que, a largo plazo, agota y drena relaciones con los otros, pero sobre todo con uno mismo. Salir de ese automatismo no supone giros épicos ni grandes revelaciones, sino cambiar el mindset para permitirse ser sin alteraciones ni aditivos. Esto quizás implique tolerar la incomodidad de no siempre encajar, en pos de recuperar una coherencia que no necesita defensa y que habilita libertad. Como plantea Vaclav Havel, el último presidente de Checoslovaquia y el primer presidente de la República Checa, en su obra El poder de los sin poder (1978): vivir en la verdad es un modo de recuperar la dignidad, la libertad y la integridad personal.


