El noruego Sturla Holm Laegreid, quien luego de ganar la medalla de bronce en el biatlón de los Juegos Olímpicos de Invierno confesó que le fue infiel a su pareEl noruego Sturla Holm Laegreid, quien luego de ganar la medalla de bronce en el biatlón de los Juegos Olímpicos de Invierno confesó que le fue infiel a su pare

El biatlón, o la Cenicienta de los deportes de invierno

2026/02/22 11:00
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NUEVA YORK.— Por supuesto que ningún deporte olímpico se compara en dificultad con caminar aquí en el invierno más frío en años. El peligro es concreto y cada paso contiene la posibilidad de un tropezón bien público. Veredas tumultuosas donde la nieve acartonada traiciona al pie en el momento más banal, estalactitas colgando de balcones en posición privilegiada para caer sobre alguna cabeza desprevenida, calles que son de hielo liso tipo azulejo recién encerado. ¿El viento? Ráfagas que no solo atraviesan cualquier abrigo, sino que parecen elegir el momento exacto en que uno pierde el equilibrio delante de todos para empujar un poco más. Mantenerse en pie es una hazaña; caerse, un evento social involuntario.

Pero si la alternativa es quedarse en casa viendo los Juegos Olímpicos, la televisión tampoco escatima drama ni momentos de vergüenza. Una de las historias más comentadas en los medios fue la del noruego Sturla Holm Lægreid, quien rompió en llanto tras ganar la medalla de bronce y confesó haber sido infiel a su pareja. Sus palabras fueron interpretadas como un intento de reparación moral, el equivalente deportivo del “gran gesto” de autohumillación pública de las comedias románticas. Sin embargo, el efecto principal fue otro: incomodidad en su equipo por haber desviado la atención del triunfo de su compatriota Johan-Olav Botn. Horas después, Lægreid volvió a pedir disculpas ante las cámaras, esta vez dirigidas a Botn. Su expareja, expuesta involuntariamente al foco mediático, declaró que no había elegido esa situación y que le resultaba difícil perdonarlo.

Nueva York es una ciudad casi tan psicoanalizada como Buenos Aires, y aquí las interpretaciones no tardaron en multiplicarse. ¿Narcisismo competitivo? ¿Necesidad de confesión pública generada por una cultura de exposición permanente? ¿O simple error humano amplificado por el clima olímpico, donde cada gesto adquiere dimensiones simbólicas?

Lo único absolutamente comprobable es que el episodio atrajo atención hacia lo que aquí se mantiene como la Cenicienta de los deportes de invierno. A diferencia de casi cualquier otra disciplina olímpica, EE.UU. nunca ganó una medalla en biatlón, una anomalía para el espectador local, acostumbrado a la victoria como paisaje natural, o al menos como posibilidad razonable. Y eso que ocurre en un país con una larga tradición —no exenta de polémica— tanto de armas como de carreras en la nieve.

El invierno en Nueva York, casi un desafío olímpico

El biatlón tiene su origen en prácticas militares de los países nórdicos, donde los soldados se desplazaban con esquíes y debían disparar con precisión en condiciones extremas. Su base, por eso, es una competencia de esquí de fondo de alta intensidad aeróbica combinada con pausas abruptas para el tiro con carabina, que exige precisión absoluta y control de la respiración. Quien falla en los disparos debe completar una vuelta de penalización antes de volver a intentarlo. La humillación es pública y acumulativa. Cada carrera funciona como una novela —más aún, como una ópera—: resistencia, precisión, castigo inmediato y suspenso progresivo. El error no se disimula: se amplifica. El cuerpo traiciona, y luego paga, pero luego puede llegar la gloria.

Desde hace dos décadas que la Argentina no tiene atletas en el biatlón olímpico, pero hay deportistas locales con participación en torneos internacionales. La admiración de esta cronista por ellos es enorme; la tentación de probar el deporte alguna vez, aunque se es vieja esquiadora, nula. Exige una habilidad casi antinatural para pasar del esfuerzo extremo a la calma más fría. No es casual que incluso sus practicantes más exitosos, como quedó claro estos días, a veces no logren el mismo control fuera de la pista. En eso, sobre todo este año, el biatlón se parece bastante al invierno en Nueva York: la caída, del tipo que sea, nunca resulta privada.

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