“Oye Siri, ¿cómo asesinar al presidente?" La pregunta no aparece en un mitín revolucionario ni en una célula terrorista sino en el espacio impensable: un chalet de fin de semana en Connecticut, donde unos neoyorquinos acomodados pasan un sábado de noviembre, el primero desde las elecciones de 2016 en las que ganó Donald Trump. Nadie se anima a hacerle la pregunta a Siri en voz alta porque temen el rastro que pueda dejar el algoritmo después del brulote y Eva, la dueña de casa, aligera la angustia política con lo que más conoce: comprar. Esta vez, un palazzo en Venecia. Bueno. En A resguardo, la última novela del escritor estadounidense David Leavitt, el drama inmobiliario confirma un saber popular: un fascista es un burgués asustado.
Es que Eva no soporta vivir en un país vulgar dirigido por alguien como Trump, al que llama “presidente Calígula” porque prohíbe decir ese apellido en cualquiera de sus casas. Desde el chalet, el palazzo o el departamento del Upper East Side, desvelada por contratar al decorador que quiere o por la temperatura exacta del vino blanco, siente la catástrofe electoral como una amenaza sobre su mundo y, en proyección: el mundo. Ella es de “los ricos liberales de Nueva York, no ricos de toda la vida pero tampoco nuevos ricos”, según los define Leavitt con el sarcasmo afilado. A años luz de la aristocracia tradicional (eso que hoy está de moda y se conoce como old money), estos personajes representan la conciencia próspera, preocupada y progresista típica de una película de Woody Allen en la que la civilización termina en uno de los dos ríos que rodean Manhattan, como si “alguna parte de Queens” fuera un país del tercer mundo al que solo viajan los médicos sin fronteras.
“Lo que me pasa con ese hombre es que lo que siento por él es puro odio, un odio ciego…”, dice Eva a su marido sobre el presidente: “De verdad, Bruce, creo que el mundo se ha vuelto loco. ¿Y cómo vivir en un mundo que se ha vuelto loco sin volverte loca tú también?”. En A resguardo, las propiedades (acá nadie alquila) son alegorías sobre el refugio ante la incerteza. Otro de los personajes, un argentino exiliado con sus padres durante la última dictadura, confiesa: “Lo que más temo en el mundo, más que a hacerme viejo, más incluso que a la muerte, es a quedarme sin casa”. Así, Leavitt resume la sensación de desamparo propia de esta época. Y si la novela fue escrita en el 2020 como una sátira sobre la primera presidencia de Trump, seis años después uno advierte el poder anticipatorio de un autor visionario: se lee que algunas democracias irán camino a ser dictaduras cuando los gobernantes no acepten las elecciones adversas y se teme por el futuro de Amalia y las otras mucamas del edificio que ven al presidente por televisión mientras sus patronas les dicen “¿cómo soportas siquiera mirarle cuando lo que quiere es levantar un muro en la frontera y devolver a Honduras a todos tus parientes?”.
Aceptémoslo: las paredes de nuestro mundo son de cartulina. “Me gustaría poder predecir el futuro”, concluye Eva, que abandona su idea de asesinar al presidente por urgencias más mundanas: “O confiar en el pasado como guía del futuro, o sentir que el mundo se encamina inexorablemente hacia la sabiduría. Hubo un tiempo en que quizá creí en ello, pero no ahora. Ya no tengo creencias. Lo único que tengo es miedo”.
Nacido en Pittsburgh en 1961, David Leavitt fue uno de los pioneros de la literatura queer estadounidense de mediados de los 80.
Sus libros Baile en familia y El lenguaje perdido de las grúas fueron bestsellers traducidos a muchos idiomas; actualmente, da clases en Florida.
En A resguardo, su última novela, satiriza el pánico político de los ricos liberales de Nueva York durante la primera presidencia de Donald Trump.

