“Hay que hacerse rico antes de llegar a viejo”. Puede parecer una obviedad, pero es una frase con un par de particularidades: es más fácil de decir que de hacer, y vale tanto para las personas como para las sociedades o países.
El economista del Cedes y profesor de la UBA y UdeSA José Fanelli la viene repitiendo desde hace décadas para referirse a los desafíos en el cruce de la economía con la demografía: existe lo que se llama una “ventana de oportunidad demográfico”, o “bono”, donde la estructura etaria poblacional maximiza la cantidad de trabajadores, y en la Argentina esa oportunidad se suponía que iba a durar hasta 2035. “Ahora estamos viendo que tal vez (la ventana) se cierre un par de años antes, en 2033”, estima ante una consulta de LA NACION. En términos colectivos, los países europeos, Japón o Corea del Sur pudieron “hacerse ricos antes de llegar a viejos”. Para la Argentina y América latina en general, que está envejeciendo el doble de rápido que lo que lo hizo Europa en el pasado, el desafío es más difícil.
La demografía siempre fue un campo subestimado por los economistas. Fanelli y colegas como Rafael Rofman hablaron durante años de este tema casi en soledad. Pero en el último semestre, con las caídas cada vez más abruptas de la tasa de natalidad en casi todo el mundo, un eventual “colapso demográfico” se coló en la discusión global a la par de otros apocalipsis probables (climático, nuclear, de IA). Elon Musk y Bill Gates postean en redes sobre este tema, en Davos formó parte de la discusión principal y los medios especializados en economía le dan cada vez más cobertura.
“Es una buena noticia que de golpe estemos todos hablando de esto“, sigue Fanelli, aunque no esté de acuerdo con los escenarios más catastróficos. “Pasamos de une extremo al otro”, agrega el académico que semanas atrás publicó un ensayo largo sobre “La demografía como restricción y como oportunidad para el crecimiento inclusivo en la Argentina”. En demografía las tendencias suelen ser largas, y de hecho un chiste de la disciplina dice que analizar los cambios etarios es “como ver crecer el pasto”, en relación a la lentitud de las transformaciones. Pero esto está cambiando, apunta Fanelli, y cuando antes se hablaba con base en décadas ahora nos referimos a años específicos.
En 2025, por ejemplo, se cerró la ventana de oportunidad demográfica en China, uno de los países del mundo (junto con Corea del Sur, Tailandia, Taiwan o Singapur) donde la tasa de natalidad ya bajó de 1 (recordemos que la tasa que mantiene una población constante es de 2,1 hijos por pareja). Días atrás se precisó que en 2025 nacieron poco menos de ocho millones de bebés chinos, contra 9,5 millones de 2024.
Con una tasa de natalidad de 0,93, en el gigante asiático se encendieron todas las alarmas. Según el economista Jesús Fernández Villaverde, China tuvo menos nacimientos el año pasado que en 1776, cuando su población era de un quinto de la de ahora.
Esto va a llevar a que la espectacular avanzada China que vemos ahora lleve una o dos décadas más, para luego empezar a declinar, apunta otro economista de mucho éxito en redes, Noah Smith. “Los economistas que seguimos la demografía desde siempre relativizamos las afirmaciones de ‘China de viene con todo”, completa Fanelli.
En su desesperación, el gobierno chino subió el 1° de enero un 13% de los impuestos internos a los preservativos y otros métodos anticonceptivos, en una medida que causó todo tipo de burlas en las redes sociales de ese país. En rigor, casi ninguna de las políticas públicas aplicadas hasta ahora en los 150 países del mundo que tienen tasa de natalidad por debajo del 2.1 causó efecto.
“Sólo vimos algo de impacto en las medidas en Francia, que tienen que ver con subsidios a la crianza y también licencias laborales generosas para madres y padres, pero es poco al lado del costo que tuvieron y de la tendencia secular a que las parejas tengas menos hijos”, analiza Fanelli. Corea del Sur también invierte una parte cada vez mayor de su PBI en medidas de este tipo: en 2025 duplicó las partidas para sus “bonos bebé”, de 700 dólares por mes, que en algunos casos se paga todo adelantado, con algún resultado pero pequeño al lado de su 0,68 de tasa, la más baja del mundo.
En su libro “The Longevity Imperative”, Andrew Scott especula con un 2050 (o puede ser antes) con canchas de golf colapsadas, barrios amigables para adultos con veredas blandas y semáforos eternos y escuelas, guarderías y centros comerciales actuales reconvertidos en espacios de entrenamiento físico y cognitivo para mayores.
¿Estamos exagerando? Los números parecen indicar que no. En los últimos diez años las tasas de natalidad que se publican son sistemáticamente menores a las anticipadas por los especialistas y agencias internacionales. Y esta es la primera vez en la historia de la Humanidad que esto ocurre no por un shock externo (Peste Negra, erupción de un mega volcán, por ejemplo) que permita suponer que luego se “rebotará” a un nivel parecido al anterior. Por el contrario, las proyecciones aún en los países donde la cantidad de nacimientos ya es bajísima (como Corea) es que siga el descenso.
En la Argentina, según los últimos datos, la tasa está en 1,4. Cayó abruptamente desde 2014, luego de un par de décadas de estabilidad. Pero lo cierto es que en los últimos diez años la pendiente fue más empinada que en otros países de la región, como Brasil o Chile. Depende del color político de la persona a la que se le pregunte dirá que aquí tuvieron mucho que ver las políticas de prevención de embarazos adolescentes (algo cierto) o factores económicos (precios de las viviendas y alquileres altos), algo que también es cierto. “Para estar seguros de qué decir al respecto, deberíamos tener algún o algunos años de crecimiento económico y ver qué pasa”, agrega Fanelli.
En un ensayo largo reciente al respecto, Noah Smith se dedica a rebatir argumentos que ve como lugares comunes con lógica económica. En el lado de la complacencia, “aumentar la inmigración” tiene patas cortas, porque en todos los países (salvo excepciones muy particulares, como Nigeria) está bajando la natalidad. “Salvo que traigamos trabajadores jóvenes de otro planeta”, bromea el economista de Estados Unidos. El razonamiento de “no importa porque los vamos a reemplazar por robots o agentes de IA” también le parece ridículo: “Sencillamente nos sabemos qué va a pasar con esa hipótesis”.
Las derivadas de impacto económico de esta discusión son gigantescas. Pensemos en una sola: infraestructura que fue pensada para una cantidad X de población y que ahora debe ser mantenida por un X/2 de la población en dos o tres décadas. De estos problemas hay centenares para tener en cuenta.
Fanelli cree que no queda otra que empezar a discutir mucho más a fondo y en serio los problemas de productividad. Smith sostiene que hay que dedicarle recursos masivos (del orden de los miles de millones de dólares) al research (investigación) de este problema, que hasta ahora fue subestimado.


