Abunda por estos lares, o para ser justos en Occidente entero, una suerte de cipayismo que convierte automáticamente cualquier cosa llegada de Oriente –sea un producto, un conocimiento, una obra de arte– en extraordinaria, incluso infalible, incluso sagrada. Al margen de sus innumerables virtudes y maravillas, hay que decir que Japón ha hecho su trabajo de marketing mejor que nadie generando en millones y millones de consciencias un influjo en que se reconocen a veces los rasgos de una ingenua sumisión. Debemos agradecer a la contemporaneidad, es decir, a factores como el auge de las pequeñas editoriales y el poder de los subsidios, el acceso que hoy tenemos a un panorama de lecturas con el que un cuarto de siglo atrás no se hubiera soñado, pero bien distinta es la sobreactuación de encontrar un Akutagawa, un Kawabata o un Soseki dentro de cada encomienda.
Los amantes de la noche, de la extrañamente aclamada Mieko Kawakami (Osaka, 1976), es la historia de una mujer que, cerca de cumplir los treinta y cinco, lleva una vida austera y casi vacía. Valorada profesionalmente en su oficio de correctora, no pareciera sobrevivir en ella ningún otro signo vital: no lee (excepto los libros que debe corregir, de los que no recuerda nada), no escucha música ni posee conocimiento alguno al respecto, no tiene amistades ni gustos particulares, no sale, no ve televisión ni cine, ni parece casi –salvo por un hecho traumático de la adolescencia– tener un pasado. “Era incapaz de recordar ni un solo detalle del año anterior”, nos dice el narrador respecto de su protagonista, Fuyuko Irie; pero la sensación que a esa altura despierta es que quien no recuerda o más bien no conoce detalle alguno de Fuyuko es la propia Kawakami, que apenas boceta su personaje a partir de dos o tres vivencias y dos o tres características, entre las que su nulo desenvolvimiento social torna cuanto menos misterioso el simple hecho de que otras personas insistan en querer estar con alguien que, en un esfuerzo desmesurado y del todo superficial –es decir, inverosímil–, solo responde con monosílabos, o con el irritante latiguillo “¿ah, sí?”, o con la repetición maquinal de lo que su interlocutor acaba de decir. De un día para otro, Fuyuko comienza a beber –sin que ningún hecho puntual lo provoque– cantidades industriales de alcohol; tanto su jefa como un hombre al que conoce de manera fortuita extreman la voluntad de profundizar su relación. En ambos casos, lo que no se concreta o se diluye responde, a lo sumo, a razones arbitrarias; la vida real no suele delimitarlas, pero la literatura, más hija de las justificaciones o de la lógica, necesita articular con otra solvencia. Y esta novela está bastante lejos de aspirar a ella.
Los amantes de la noche
Por Mieko Kawakami
Seix Barral. Trad.: Lourdes Porta Fuentes
329 páginas, $ 32.900


