Durante años circuló en el imaginario digital que Internet dependía exclusivamente de 13 servidores. Esta información técnica resultaba pocas veces indagada en profundidad dado su carácter sumamente específico, enmarañado y hasta a veces inefable para el conocimiento vulgar. Aquella premisa instalada, sugería fragilidad, centralización extrema y la posibilidad de que el mundo digital colapse con solo “apagar” unas pocas máquinas.
Con el tiempo, sin embargo, comenzó a abrirse paso una comprensión más precisa: detrás de ese número existe una arquitectura mucho más compleja, distribuida y estratégica, cuya comprensión resulta clave para entender cómo se ejerce hoy el poder en el ciberespacio, ese nuevo espacio o “territorialidad” donde se producen miles de millones de interacciones de alcance global.
El famoso “13” no se refería a trece computadoras físicas que sostienen la red global, sino a trece identificadores lógicos, conocidos como servidores raíz del Sistema de Nombres de Dominio (DNS). Como reconstruye el ingeniero en redes Gaurav Kansal, especialista en infraestructura de DNS, los servidores raíz surgieron en los años ochenta como una solución técnica a los límites de las primeras redes académicas, cuando la resolución de nombres se realizaba mediante archivos centralizados. El límite de trece servidores no fue el resultado de una decisión política ni geoestratégica, sino de una respuesta pragmática a la restricción técnica propia de la tecnología de ese entonces, que condicionaba cuántas direcciones podían incluirse en una respuesta.
A medida que Internet comenzó a expandirse más allá de los círculos académicos y militares, la infraestructura de la raíz también evolucionó. Durante la segunda mitad de los años ochenta se incorporaron nuevos servidores para responder al crecimiento del tráfico y a la aparición de redes como Nsfnet, que ampliaron de forma decisiva el acceso a la red. En los años noventa, ese proceso dio un salto cualitativo con la instalación de servidores raíz fuera de América del Norte, marcando el inicio de una infraestructura verdaderamente internacional.
Hacia finales de esa década se consolidó el esquema de trece identificadores, que sigue vigente hasta hoy, acompañado por un modelo de gestión compartida entre distintas organizaciones técnicas y académicas.
Lo novedoso de este modelo se aprecia cuando se observa qué hay detrás de esas trece letras. Cada una de ellas no es un único servidor, sino una red global de réplicas distribuidas mediante tecnología anycast. En la práctica, esto significa que cuando un usuario intenta acceder a un sitio web, su consulta no viaja necesariamente a un punto lejano del planeta, sino que es atendida por la instancia más cercana, ubicada en su región o incluso en su propio país.
Actualmente, la raíz de Internet está compuesta por cerca de dos mil instancias físicas distribuidas en decenas de países y operadas por doce organizaciones independientes, entre universidades, centros de investigación, entidades técnicas y empresas privadas. Esta arquitectura no solo mejora la velocidad y eficiencia del sistema, sino que lo vuelve extraordinariamente resiliente. Atacar una instancia no afecta al conjunto; incluso ataques coordinados tienen dificultades para generar impactos sistémicos duraderos.
Este diseño rompe con la intuición clásica del poder concentrado en un punto. No hay un “botón rojo” que apague Internet, ni una sala secreta desde la cual se controle el acceso global a la red. Y, sin embargo, sería un error concluir que el poder está ausente. La gobernanza de la raíz del DNS es un ejemplo paradigmático de cómo el poder en la era digital no siempre se manifiesta como control directo, sino como capacidad de definir estándares, reglas y procedimientos técnicos que estructuran el funcionamiento del sistema.
Quien establece las normas bajo las cuales se asignan nombres, se resuelven direcciones y se garantiza la estabilidad del DNS incide, de manera indirecta pero profunda, en la vida económica, política y social global. Desde el creciente comercio electrónico hasta la gestión de los servicios públicos, desde las comunicaciones diplomáticas hasta la infraestructura financiera, todo depende de que ese sistema funcione de forma segura, confiable y previsible.
La raíz de Internet también revela otra paradoja contemporánea: lo que parece descentralizado requiere coordinación permanente. Aunque las instancias estén distribuidas geográficamente, la coherencia del sistema depende de acuerdos técnicos, confianza institucional y cooperación internacional. Sin esa gobernanza compartida, la “balcanización de Internet” -conocida por sus siglas en inglés como splinternet- se vuelve un riesgo real.
Este punto es especialmente relevante en un contexto donde crecen las tensiones en torno a la soberanía digital. Muchos Estados buscan mayor control sobre sus datos, sus infraestructuras y sus flujos de información. Sin embargo, la anatomía de la raíz de Internet muestra que la autonomía absoluta es, en la práctica, inviable. El desafío no pasa por aislarse, sino por participar activamente en los espacios donde se definen las reglas técnicas que sostienen el ecosistema digital.
Para regiones como América Latina, esta discusión no es abstracta. La presencia -o ausencia- de instancias raíz, puntos de intercambio de tráfico y capacidades técnicas locales tiene impactos concretos en costos, seguridad y calidad de la conectividad.
En un mundo atravesado por disputas comerciales, tecnológicas y estratégicas, la raíz de Internet demuestra que el poder en su dimensión digital no se concentra en un centro único, sino que se despliega en arquitecturas invisibles que sostienen la vida en red. Allí se libran disputas silenciosas pero decisivas sobre soberanía, economía y seguridad global.
Comprender este entramado es reconocer que el futuro de nuestras sociedades dependerá de la capacidad de los Estados para involucrarse activamente en su gobernanza, definiendo estándares comunes y protegiendo infraestructuras críticas como condición indispensable para su seguridad nacional. Solo así podrán garantizar que el futuro digital sea un espacio de estabilidad, cooperación y desarrollo compartido para la humanidad.
Profesor de Relaciones Internacionales (Ucalp) y especialista en Estudios Chinos (IRI-UNLP)


