El 14 de febrero no solo se regalan flores o chocolates: también se comparten platos que cuentan historias. En La dama y el vagabundo, una cena sencilla con espagueti selló uno de los besos más recordados del cine. Esa escena convirtió a la pasta en un símbolo universal del amor, y desde entonces el spagueti a la boloñesa ocupa un lugar especial en las mesas del Día de San Valentín. Comer del mismo plato, acercarse sin querer y sonreír frente a un hilo de pasta es, en esencia, una declaración afectiva.
En clave gastronómica, el 14 de febrero es una fecha donde el hogar compite con el restaurante. La boloñesa —inspirada en el ragù tradicional de Bolonia— es perfecta para esa noche: es cálida, profunda y requiere tiempo, justo lo que simboliza el amor bien construido. Carne, jitomate y verduras se cocinan lentamente hasta integrarse en una salsa espesa que abraza cada hebra de spagueti. No es un plato ostentoso, es un plato honesto; y en San Valentín, la honestidad sabe mejor que cualquier artificio.
Prepararlo el Día del Amor es más que seguir una receta: es crear atmósfera. Una mesa con luz tenue, vino tinto servido y el vapor de la pasta recién mezclada hacen del spagueti a la boloñesa una experiencia íntima. En tiempos donde el regalo puede ser inmediato y digital, cocinar el 14 de febrero es un acto tangible de cuidado. Y quizá por eso, año tras año, esta pasta roja —color que simboliza pasión— sigue siendo protagonista de la noche más romántica del calendario.
