A veces el mundo adquiere dimensiones sobrehumanas cuando la vida social se presenta con la magnitud de fenómenos naturales, impredecibles, despampanantes y hasta catastróficos. El vaivén de los mercados, la anarquía de las relaciones internacionales, la política interna: parecería que no hay lugar para el individuo en esos asuntos. ¿Qué es una persona de a pie cruzando la calle en un pueblito mexicano respecto a la tensión en el Mar Meridional de China? Parece que las personas se hacen cada vez más pequeñas en un mundo que se vuelve todavía más grande.
Mientras acontecía la reciente intervención en Venezuela, Donald Trump se dirigió a la población iraní y le prometió ayuda. Sus palabras tuvieron efectos desastrosos y, luego de protestas que terminaron con veinte mil personas asesinadas y con el régimen todavía en pie, a pesar de los pronósticos, la tan ansiada ayuda no llegó. Tal cual lo reportaron algunos medios, “los iraníes se quedaron mirando al cielo”, como esperando al deus ex machina con la bandera de estrellas y rayas que bajara con sus poderes y resolviera las cosas de una vez y para siempre. Después de la traición, los iraníes entrevistados aceptaron haberle apostado a una fantasía; participaron bajo la creencia de que un poder sobrenatural los salvaría.
Pero al final somos humanos, criaturas terrenales con cuerpos delicados que necesitan alimentarse, caminar y dormir. Esta es la fábula que se desprende de historias como la del Pizza Index, también conocida como la Teoría de la Pizza del Pentágono. Se trata de una leyenda urbana, confirmada desde hace décadas, que relaciona el incremento en los pedidos de pizza a domicilios aledaños a instituciones gubernamentales con la inminente sucesión de crisis internacionales. Frank Meeks, dueño de una pizzería en Washington, D. C., fue el primero en notar y publicar el incremento en los pedidos en los momentos previos a la invasión de Panamá en 1989 y a la Guerra del Golfo en 1990; aunque desde la Guerra Fría los soviéticos ya conocían este recurso de inteligencia de fuentes abiertas (OSINT, por sus siglas en inglés). Con el tiempo, la teoría ganó adeptos y, hoy en día, el monitoreo de los pedidos de pizza está bien establecido y coordinado, tanto que ha forzado a los equipos de la Casa Blanca y del Pentágono a diversificarlos para tratar de ocultar sus planes (con poco éxito, pues se repitió durante el reciente bombardeo a Irán).
Otra cara de la moneda es el índice de Waffle House, nombre de una cadena de restaurantes 24/7 que solo cierran ante los desastres naturales más severos, por lo que incluso organismos como FEMA (Agencia Federal para el Manejo de Emergencias) revisan si están operando para comprender qué tan grave es la situación. Aunque a veces lo perdemos de vista, existe un rapport entre los grandes procesos y eventos sociales y la terrenalidad sobre la que tienen injerencia: la pizza y los waffles dan fe de ello. Hace más de doscientos años, Hegel escribió que: “…vivimos en una época en que la actividad que al individuo le corresponde en la obra total de la historia solo puede ser mínima, pero, a cambio de ello, debe exigirse tanto menos de él cuanto que él mismo no puede esperar mucho de sí ni reclamarlo”. La lección de la pizza y los waffles no es que una persona pueda cambiarlo todo, sino que el individuo no debe perder de vista que, por titánico que parezca, el mundo sigue siendo de tierra. Por otro lado, el filófoso alemán acierta al sugerirnos estar más relajados frente a la grandilocuencia de nuestras propias obras porque, al final del día, solo somos humanos.


