Nacen cada vez menos niños y eso está transformando y seguirá transformando a la sociedad argentina. Las autoridades que aprecian la evolución del sistema educativo ya están registrando el fenómeno: hay cada vez menos chicos y chicas en los jardines y las escuelas primarias. Se estima que para 2030 el 71% de los grados de las escuelas primarias urbanas (hoy, un 20%) tendrá menos de 20 alumnos (Argentinos por la Educación, 2026). La Provincia de Buenos Aires, que congrega el 40% de la matrícula nacional, será la de mayor caída: en 2030 tendrá 30,5% menos de estudiantes en la educación primaria que en 2023. Esta tendencia, que es estructural e internacional, implica un giro fenomenal para el sistema educativo argentino, en expansión hasta hace poco, que podría aprovecharse para mejorar la profesión docente.
Podría revisarse la cantidad de estudiantes por grado. Hoy, con 16 alumnos por sección en promedio, la Argentina está por debajo de México (24), Colombia (23), Ecuador (22), Brasil (18) y Perú (18) e igual que Chile, todos con mejores resultados en la última evaluación de Unesco de 2019, donde 46% de los estudiantes de tercer grado de la Argentina estaba en el nivel más bajo en lectura. De hecho, la investigación muestra que, salvo en los casos de aulas muy sobrecargadas, la reducción del tamaño de las clases tiene un escaso impacto sobre los aprendizajes, y que los grupos muy pequeños pueden tener incluso efectos negativos en la socialización de las nuevas generaciones. Elevar la cantidad de alumnos por sección a unos 20 alumnos en las escuelas urbanas en un contexto de disminución de la natalidad exigiría una progresiva política de fusión de secciones, que liberaría recursos para distintos fines.
Sin poner en riesgo la estabilidad laboral que está garantizada por estatuto en las 24 provincias, podrían reasignarse los docentes en ejercicio estipulando conformaciones posibles de los equipos docentes según matrícula, contexto y resultados, fortaleciendo con más personal a las escuelas con mayores desafíos. Los recursos que se liberaran al reducir progresivamente la cantidad total de cargos podría destinarse a incrementar el salario docente con diversos criterios, como la asistencia (para reducir el ausentismo), el contexto (con plus por vulnerabilidad), los resultados (reconociendo a los equipos docentes que logran mejoras), los cargos jerárquicos (directores y supervisores, claves para la mejora) y nuevos cargos especializados en roles relevantes como los docentes mentores de otros docentes o tutores de estudiantes con necesidades específicas, como parte de una nueva carrera que generara oportunidades de crecimiento alternativo al cargo directivo. También se podría remunerar tiempo de trabajo en equipo y la formación entre colegas, una vía estratégica para la mejora de los aprendizajes.
En cuanto a los futuros docentes, urge estimar la cantidad necesaria por especialidad, hasta el momento fruto de las elecciones de los jóvenes que se inscriben en los profesorados. En 2023, el profesorado de nivel primario era el más ofrecido del país, en 565 institutos superiores y 13 universidades. Así, en muchas provincias ya hay muchos docentes de nivel primario desocupados. En otras se les impide trabajar en dos jornadas simples. En la mayoría se ofrecen bajos sueldos. En pocos meses, el Relevamiento Nacional del Personal Educativo en curso proporcionará datos para planificar la dotación de docentes.
La oferta de profesorados en los institutos superiores de formación docente dependientes de las provincias puede repensarse. Las provincias podrían identificar las carreras con mayor vacancia para atraer candidatos a ellas e interrumpir temporariamente inscripciones en las carreras con excedencia. Los formadores de los institutos podrían orientarse a la formación de los docentes en ejercicio, que es por ley una de las funciones del sistema de formación docente y podría cobrar protagonismo entre sus tareas. De liberarse edificios escolares por insuficiencia de estudiantes, podrían acondicionarse para la formación docente, hoy casi exclusivamente brindada en escuelas primarias o secundarias en el turno noche.
Muchas de estas medidas eran factibles hasta el momento. Pero en un sistema en crecimiento eran impensables. Ahora habrá cada vez menos alumnos. No se trata de recortar el presupuesto destinado a educación -que solo alcanzó el 6% del PBI estipulado por la Ley de Educación Nacional en 2015- sino de reasignarlo para lograr la mejora que todos esperamos. A menos que se designen docentes sin alumnos en las aulas, la peor alternativa es seguir mirando para otro lado: hay que aprovechar la oportunidad de fortalecer la docencia, una profesión estratégica para el desarrollo del país.
Investigadora principal de Educación de Cippec

