Recientemente, Carmen Aristegui entrevistó al prestigiado jurista italiano Luigi Ferrajoli, quien lanzó una advertencia tan inquietante como urgente: la humanidad podría estar acercándose al límite de su propia supervivencia.
Hemos avanzado de manera exponencial en el terreno tecnológico, pero no así en la construcción de un sistema jurídico, social y político capaz de garantizar la continuidad de la especie humana.
Ferrajoli no propone sustituir a las Naciones Unidas, institución que hoy muestra signos decadentes apenas 80 años después de su constitución, cuando se buscó edificar un orden internacional razonable que desterrara la fuerza como mecanismo para resolver conflictos.
Sin embargo, ese orden internacional se encuentra hoy en franca decadencia y, con él, la estabilidad global.
El jurista italiano reconoce que su planteamiento puede sonar utópico, pero advierte que la alternativa es el desastre.
Su propuesta consiste en avanzar hacia un derecho de corte federalista, un auténtico Estado de derecho global en el que la mayoría de los países —en particular aquellos con mayor influencia— acuerden reglas comunes en torno a tres ejes fundamentales para evitar la destrucción de la humanidad: la paz, la protección del planeta y la igualdad.
En materia de paz, el problema es evidente: la proliferación de armamento de alto poder destructivo ya no es exclusiva de las grandes potencias militares como Estados Unidos, Rusia o China.
Países con desarrollo medio han adquirido o están en condiciones de desarrollar armas nucleares capaces de alterar gravemente la estabilidad mundial.
Ferrajoli subraya la urgencia de un acuerdo internacional efectivo que limite esta carrera armamentista. ¿Quién podría oponerse a un llamado tan elemental?
Sin embargo, persiste la lógica de quienes creen posible destruir al adversario y dominar el mundo por la vía de la fuerza.
El segundo eje es el medio ambiente. Habitamos una misma nave y compartimos un destino común. La falta de atención a la crisis climática en cualquier punto del planeta afecta inevitablemente al conjunto.
La negativa de Estados Unidos, bajo el liderazgo de Donald Trump, a reconocer los Acuerdos de París, así como el retiro de recursos para la investigación ambiental, o el desdén de China por estándares mínimos de contaminación en nombre del desarrollo económico, tienen consecuencias globales.
Tarde o temprano, esa omisión terminará por asfixiar a la humanidad entera.
El tercer tema es por demás delicado, la igualdad. Ferrajoli plantea la necesidad de una renta básica mundial frente a la obscena concentración de riqueza en manos de unos pocos y la expansión de enormes sectores de la población que viven por debajo de los mínimos de subsistencia en salud, educación y alimentación.
Esta polarización extrema genera tensiones sociales que amenazan la estabilidad internacional, alimentan la migración forzada y, finalmente, terminan socavando al propio sistema que las produce.
No se trata de despojar a unos para beneficiar a otros, sino de comprender que el desarrollo sostenible depende de un equilibrio razonable entre capital, trabajo y recursos naturales.
A este panorama se suma el avance de la intolerancia hacia los derechos humanos y sociales, el desprecio por la división de poderes y un creciente analfabetismo jurídico que erosiona la comprensión de la institucionalidad democrática.
Ferrajoli insiste en la necesidad de reconstruir el Estado de derecho, el equilibrio de poderes y una sociedad más justa, donde no prevalezca el interés egoísta de la riqueza por encima del bien común.
Para enfrentar estos desafíos, Ferrajoli propone una alianza de las fuerzas democráticas a escala global.
Puede parecer un llamado utópico, pero la humanidad enfrenta un punto de inflexión que exige rebeldía frente a un orden que nos conduce al colapso.
En este contexto, no resulta menor la advertencia que el propio Ferrajoli ha hecho sobre la reciente reforma judicial en México.
Una reforma que, como ya se ha señalado, atenta contra los principios básicos de una sociedad democrática al debilitar la autonomía e independencia del Poder Judicial, condición indispensable para evitar la concentración del poder y preservar el equilibrio institucional.
La propuesta de Ferrajoli puede parecer utópica, pero, frente al riesgo real de colapso global, parece cada vez más claro que es una aspiración necesaria.

