Dos escritores atraviesas situaciones muy dolorosas. A Roque Farrán le disparan y experimenta un coma inducido, del que sale vivo. Juan Carlos Kreimer pierde a Dos escritores atraviesas situaciones muy dolorosas. A Roque Farrán le disparan y experimenta un coma inducido, del que sale vivo. Juan Carlos Kreimer pierde a

Salir del infierno

2026/02/07 21:04
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Dice el cordobés Roque Farrán en su reciente libro Vivir es respirar, que la escritura “es un recurso medular para vivir y sobrevivir”. Lo mismo podría expresar Juan Carlos Kreimer, autor de la novela La ingrata tarea de no dejarme querer.

Frente a la pulsión de vida, Eros, y de la muerte, Tánatos, ambos escritores -de distintas maneras- recurrieron a la herramienta que se les dio más a la mano para salvarse.

El primero, de la muerte por un disparo, cuando el 12 de octubre de 2014 volvía a su casa con la familia y al cruzar las vías del tren los interceptan dos personas en moto para arrebatarle la cartera a su madre. Farrán siente un soplido, le habían disparado con un calibre 22 que rebotó entre los órganos. Destrozó el bazo y rozó el pulmón. “Me salvé de milagro” y a las pocas semanas nació su hija Camila. Ahora está por ser padre por segunda vez.

Kreimer se redime del desamor. Antes de morir, su compañera le pide que reúna los diarios personales y luego de cuatro años, los pone a dialogar con escritos propios. El rechazo a admitir el amor profundo provoca que, cuando se entregan, no tienen la capacidad de disfrutar del estar juntos.

Ambos, es evidente, tras atravesar situaciones límites o cruzar cierta frontera.

Farrán la emprende con un diálogo polifónico con los presentes, la calle, los ausentes y su hija, que le permite intentar superar ese roce con el final. Pasó por un coma inducido y logró reponerse, aunque la huella de aquel momento es aún muy profunda.

Kreimer, luego de la muerte de su compañera, cuando reúne sus diarios personales y los pone a dialogar con textos propios, en un camino en el que convivieron el amor profundo y la simulación de que se puede prescindir de él.

La disposición del narrador de Vivir es respirar ante la muerte “no es pesimismo ontológico o hipocondría generalizada sino, al contrario, habilitar el encuentro con la alegría en cada gesto de amor”. Cree que el infierno son los otros y que vale la pena “buscar lo que no es infierno”.

Investigador independiente del Conicet y director del programa “El giro práctico en el pensamiento contemporáneo”, Farrán considera que las letras se tejen con cuidado y firmeza. “Si uno no se sostiene, el resto se suelta”. Su escritura hace cuerpo, “sigue la razón de los afectos”. Al publicar, apuesta también por la transmisión “La potencia contagia y es una responsabilidad constituir lazo con la narración existencial”.

Acaso el impacto de los disparos produjo después la pérdida de dramatismo frente a la idea de la muerte personal. “Esa noción ”se pone a escala de las transformaciones incesantes del universo, y se asume así, no somos más que materia que se renueva y descompone a su tiempo“. 

“Escribir me ayuda a procesar y tolerar con cierta elegancia mis caos internos”, dice Kreimer, autor de Punk, la muerte joven y editor de la legendaria revista Uno mismo. Los períodos en los que no escribió regularmente sobre este mundo, cuando trabajaba como periodista o como editor, “creo haber dejado pasar algo, estuve dormido ante estas realidades. El que escribe en mí es quien me despierta de tanto en tanto”

En escritos anteriores a La ingrata tarea de no dejarme querer se había inspirado en algunas situaciones vividas y las había reformulado en función de la estructura interna del relato. “Describía algo que me había pasado a mí, o usaba materiales de mi conflictivas internas como una cantera”. Mientras escribía este libro no supo a qué género pertenecía. No fue solo copiar tramos de los diarios personales y pegarlos alternadamente: “en casi todas las entradas, intenté ver qué le estaba pasando de veras a cada uno los protagonistas, mostrar sus fantasmas. Y dejar que la intimidad surgiera de la sinceridad con que cada uno se hablaba a sí mismo en el momento de registrarlo en su diario”.

Escribir sobre vivencias muy personales no fue una decisión, no se le ocurrió hacerlo de otro modo. “Si tomaba esos materiales no era para armar otra novela. Era para sacarlos a la luz, comprenderlos. Me pareció que el registro era escribir lo más verdaderamente posible y dejar que hablaran por sí mismos. No decidí exponerme, o exponerla a ella, sino dejar que los relatos fueran los que nos expusieran. Los dos protagonistas eran de correr riesgos. Exponerse en un libro es algo menor en relación a lo que buscábamos con el otro: quitarnos todas las máscaras, no no condicionarnos por su mirada, ser juntos quien éramos solos, acompañarnos desde ahí”.

Desde hace tiempo, Kreimer escribe libros de investigación sobre determinados emergentes. El andar en bici y el zen, el vivir en el ahora, las zonas comunes entre la creación artística y la búsqueda espiritual, el sentido de estar aquí, en la Tierra. “Son más bien crónicas de mi viaje por los temas que me afectan y despiertan las ganas de escribir”.

“Me parecía que había otras realidades, especialmente en el campo de la conciencia, que me pedían que las contara. Mis últimos libros están escritos en una prosa más de novela que de ensayo. En esta novela estoy ensayando hacer la crónica de cómo vivimos el amor”.

Durante tres años, hubo una voz (la suya) que le decía “no, todavía no, todavía estás muy tomado por el dolor de su partida. Ella todavía estaba presente a mi lado y repetía: esto no es del todo así, esto es tuyo, no mío, esto querría que fuera dicho de otro modo. Hasta que en el verano pasado, de vacaciones en Traslasierra, y en los mismos lugares adonde solíamos ir, en La casa de Wanda, en el arroyo Los Molles, en la pulpería de Villa Las Rosas, sentado como nos sentábamos debajo de algunos árboles, me puse a escribir lo que decía cada entrada como si lo estuviera viviendo en ese momento. A puro presente”.

Para el narrador, evocar fue una experiencia en sí misma: le permitió entender como muy significativas algunas situaciones que en su momento le habían parecido menores. El libro se divide en capítulos por años y todos suelen comenzar en las vacaciones y terminar en medio de las fiestas. “Tuve en cuenta hasta qué niveles, cada situación que vivía transformaba a los protagonistas, los acercaba o era motivo de desilusiones”.

Al escribir descubrió que las motivaciones por las que amamos y por las que creemos que nos aman, no siempre se ajustan a lo que suponemos. “Creo que tenemos patterns invisibles y cuando algo, propio o del otro, se escapa de él, suponemos que la cosa no va más. Creo que ahí es cuando las ilusiones y automatismos del amar muestran lo que hay debajo y esa fuerza centrípeta toma cuerpo. Los imaginarios pierden poder y tu sensibilidad se abre a lo que se produce entre ambos. La vivencia es más fuerte que cuanto pueda decirse con palabras. O la captas y te la bancás y aprendes a gozar eso, o seguís jugando a las figuritas”.

LH/MF

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