Cuando llegamos, el cartel estaba ahí, clavado con dos largas estacas en el jardín que da a la calle principal. La inmobiliaria Quesada anunciaba la venta de la casa y, tal vez por eso mismo, no entramos en festivo desembarco, tocando bocina, como hacemos todos los años para dar anuncio de que nos sumamos a la cumbre veraniega de la familia ampliada, un hermoso, cálido y divertido salpicón de gente querida, para compartir unos días a la vuelta del mar. De manera que la “sorpresa” (23 horizontal, interjección, dos letras: “oh”) fue la sensación inaugural y la que dominaría las únicas 72 horas de mi temporada número 37 en San Bernardo, el lugar donde -entre tantas otras cosas- empezó mi afán por los crucigramas. Mi hermana me lo legó como ahora yo a mi hija.
La decisión de desprenderse del chalet de playa (jamás en alquiler, léase: nunca taxi) es mucho más atendible desde la razón que desde la emoción y, en cualquier caso, a varios de los habitués que nos quedamos con la boca abierta este enero, no nos incumbe. Si algo tuvo (tiene) esta casa es un sentido de la hospitalidad muy superior a su capacidad de alojamiento (siempre cabe alguien más). Vaya uno a saber si el tío Juan, que la levantó en 1970 y le enseñó a mi cuñado a juntar almejas (ritual que todos repetimos), alguna vez imaginó hasta dónde su modesta construcción con gran verde al frente tendría la virtud de abrirle los brazos a generaciones de veraneantes. Los más chicos todavía con sus propios recuerdos en construcción, mientras para los mayores, aunque San Bernardo no esté de moda como en los ‘90, nunca dejará de ser lo que fue.
Ese fin de semana tuvo todo lo que tiene que tener: sol, caminata al muelle de día, por la peatonal de noche, vermouth junto a la higuera, churros de El monito, juegos de mesa, matambre a la pizza en la parrilla, risas de las que hacen saltar las lágrimas, idas y vueltas al Laverap, corridas tras el perro (que no es el de ayer ni tampoco el anterior). Amorosa compañía. Lo de siempre. Pero si acaso llegara a ser el último verano, seguramente lo recordaremos como el primero para un bebé de nueve meses que, como lo hicieron muchos antes, debutó comiendo arena. El mediodía antes de regresar a Buenos Aires, bajo la excusa de tomar un café de despedida, acompañé al padre de la criatura a un bar con buen wifi para que diera una clase de filosofía a uno de sus alumnos particulares. Llevé mi libro, pedí un cortado y me guarecí del aire acondicionado contra la vidriera convencida de que mientras él arremetiera con los presocráticos yo terminaría Hamnet, la prodigiosa novela de Maggie O’Farrell que dio origen a la película que esta semana se estrenó en cines y va por el Oscar. Pero me atrapó el asombro (sorpresa que provoca admiración, siete letras, cruza en sentido vertical a la “o” de sorpresa), no por Tales de Mileto ni Anaxímenes sino por la desenvuelta conversación de un joven profesor con un adulto curioso que, del otro lado de la pantalla, le daba cuerda al pensamiento que sin solemnidad se derramaba en la vida cotidiana. A partir de la noción griega de Verdad, dos vueltas más adelante, concluían en algo así como que los niños no se sorprenden, porque hacerlo es más propio de quien ya conoce el mundo. De ahí a la noción de conocimiento y de inocencia, algunos pasos más.
“Se plantea desde Platón y Aristóteles que el origen de la filosofía ocurre en el Asombro”, me responde cuando le blanqueo que esa tarde en la confitería estuve más atenta a sus dichos que mis lecturas. Y entonces hace su aparición la Alegoría de la caverna, un flashback a las aulas del CBC, en Drago. Yo ya no tenía los pies en la arena ni el pelo revuelto por el viento costero, pero seguía admirada. Bastaba la confirmación de que “sorpresa” y “asombro” no son la misma cosa. “Porque el asombro tiene esa connotación de algo que da que pensar. Una sorpresa no. Por ejemplo, un regalo”. O un cartel de venta clavado en medio del jardín.

