En enero de este año, en Davos, entre los habituales debates sobre crecimiento económico, tensiones geopolíticas e inteligencia artificial, en las conversaciones de pasillo comenzó a percibirse una singular inquietud entre responsables políticos y ejecutivos europeos. No giraba en torno a la inflación ni a ninguna amenaza china o rusa, sino a una hipótesis que hasta hace poco habría parecido inverosímil: ¿qué ocurriría si Estados Unidos, el aliado más estrecho de Europa, decidiera cerrar repentinamente el grifo digital?
A primera vista, el temor puede sonar exagerado. Sin embargo, en el clima político actual ha adquirido una plausibilidad inquietante. Las renovadas amenazas del presidente Donald Trump en relación con Groenlandia —y, sobre todo, su disposición a utilizar la interdependencia económica como herramienta de presión— han obligado a los dirigentes europeos a contemplar un escenario de pesadilla: una orden ejecutiva firmada en la Casa Blanca que disponga interrumpir o restringir el acceso de Europa a los servicios digitales controlados por empresas estadounidenses.
La reacción europea ha sido rápida, al menos para sus propios estándares. El Parlamento Europeo aprobó una resolución sobre “soberanía tecnológica” que impulsa la aprobación de normas de contratación pública favorables a proveedores europeos, y reclama una nueva legislación para apoyar servicios de nube propios. La Comisión Europea trabaja en propuestas que, según reconocen sus funcionarios, habrían sido políticamente impensables apenas seis meses atrás. En Francia, el presidente Emmanuel Macron ha sido tajante: Europa no puede aceptar convertirse en un “vasallo” en la era digital.
Sin embargo, bajo esta repentina demostración de determinación se esconde una verdad incómoda y una realidad conflictiva: Europa está intentando prepararse para la independencia digital en un mundo cuya propia arquitectura hace que esa misma independencia sea extraordinariamente difícil de alcanzar.
La magnitud de la dependencia europea no admite eufemismos. En 2024, los clientes europeos gastaron cerca de 25.000 millones de dólares en servicios de infraestructura en la nube ofrecidos por los cinco grandes proveedores estadounidenses —Amazon Web Services, Microsoft Azure, Google Cloud y sus pares—, que concentran nada más y nada menos que el 83 % del mercado europeo, según datos de IDC citados por The Wall Street Journal. Sobre esas plataformas descansan bases de datos gubernamentales, sistemas de gestión empresarial y administración pública, historiales médicos, redes energéticas, software industrial, correos electrónicos y, cada vez más, los modelos de inteligencia artificial necesarios para impulsar la productividad en toda la economía.
Esta dependencia no apareció de la noche a la mañana, pero tampoco fue impuesta desde fuera. Tras sacudidas anteriores (principalmente, las revelaciones de Edward Snowden en 2013 sobre la vigilancia estadounidense o la ley de 2018 que permitió a las autoridades de EE. UU. requerir datos almacenados en el extranjero), Europa protestó, reguló, y finalmente se adaptó. Las grandes tecnológicas estadounidenses levantaron centros de datos en suelo europeo, crearon filiales locales y prometieron mantener los datos dentro de la Unión Europea. Lejos de reducirse, su cuota de mercado se consolidó y, en muchos casos, aumentó.
Lo que ha cambiado ahora no es la tecnología, sino el riesgo político que la rodea. El regreso de Trump a la Casa Blanca ha reintroducido la posibilidad de que el acceso a servicios digitales críticos pueda verse condicionado por razones que poco tienen que ver con la competencia o la privacidad y mucho con la geopolítica. Como lo expresó con crudeza un inversor europeo en Davos, ese escenario obliga a formular una pregunta incómoda: ¿puede Europa funcionar sin tecnología estadounidense? La respuesta honesta, hoy por hoy, es un claro y rotundo NO.
Sin embargo, cuando este esfuerzo defensivo europeo se confronta con la estructura profunda de la economía tecnológica global, sus límites se vuelven evidentes.
Como señala un análisis de Harvard Business Review (“18 of the Top 20 Tech Companies Are in the Western U.S. and Eastern China”), la economía digital global se ha concentrado de manera notable en dos grandes polos geográficos: la costa oeste de Estados Unidos (Silicon Valley y Seattle) y el este de China (en particular Pekín, Shanghái, Shenzhen y Hangzhou). Estas dos regiones albergan 18 de las 20 mayores empresas tecnológicas del mundo por capitalización bursátil y dominan los sectores digitales fundamentales, como los motores de búsqueda, las redes sociales, el comercio electrónico, los servicios en la nube y, cada vez más, la inteligencia artificial.
Esta concentración se explica por la lógica de “el ganador se lleva todo” inherente a los mercados digitales. Los grandes mercados internos permitieron a las empresas estadounidenses y chinas escalar con rapidez, construir ecosistemas poderosos de talento, capital, startups y proveedores, y reforzar así su posición dominante. A medida que estas compañías se expanden más allá de los servicios puramente digitales hacia sectores tradicionales —transporte, comercio minorista, finanzas, salud y logística—, su poder no hace más que multiplicarse, de manera gigantesca. Las mismas dinámicas se observan en el caso de los “unicornios” tecnológicos, que se concentran de forma desproporcionada en California y China, mientras Europa queda muy rezagada tanto en número como en valoración.
El mismo estudio se pregunta si otras regiones pueden alcanzar a estos líderes e identifica tres factores decisivos. El primero es la política pública: los intentos de levantar muros digitales mediante la localización de datos, la fiscalidad o el proteccionismo pueden reducir la dependencia de las empresas estadounidenses y chinas, pero conllevan el riesgo de frenar la innovación y el crecimiento económico. El segundo es la existencia de ecosistemas locales de innovación: aunque la mayoría de los intentos de replicar Silicon Valley han fracasado, casos como Israel demuestran que el éxito es posible cuando existen capital de riesgo sólido, movilidad de talento y políticas de apoyo. En Europa, la fragmentación, la complejidad regulatoria y la tendencia de las startups a venderse prematuramente han limitado la capacidad de generar campeones tecnológicos de alcance global. El tercer factor es la expansión exterior de China: los gigantes tecnológicos chinos cuentan con la escala necesaria para expandirse internacionalmente y han comenzado a hacerlo mediante alianzas, aunque la mayor parte de sus ingresos sigue procediendo del mercado doméstico.
La incapacidad de Europa para emerger como un tercer polo en este sistema no se explica por la falta de ideas, capacidades técnicas o espíritu emprendedor. Obedece, más bien, a condiciones estructurales que impiden a las empresas europeas escalar con la rapidez y la solidez necesarias para competir con las plataformas estadounidenses y chinas. Los principales factores son tres.
A corto plazo, la preocupación es eminentemente operativa. ¿Qué ocurriría si se interrumpiera el acceso a la infraestructura en la nube o al software estadounidense? ¿Cómo evitar la parálisis de la administración pública, la energía, el transporte o las finanzas? En este horizonte, medidas como la portabilidad de datos, los acuerdos de nube soberana, las alternativas de código abierto o las preferencias en la contratación pública resultan sensatas. Reducen vulnerabilidades críticas y compran tiempo. Funcionan como pólizas de seguro en una alianza cada vez más transaccional.
A largo plazo, sin embargo, el análisis de Harvard Business Review apunta a una realidad más severa. La soberanía digital no se improvisa mediante regulación ni se construye a base de planes de contingencia. Es el resultado de décadas de integración de mercados, acumulación de capital y construcción paciente de ecosistemas, un proceso en el que Europa ha evidenciado tener dificultades serias y persistentes. Incluso muchas de las soluciones “europeas” que hoy se promueven dependen, en gran medida, de tecnología estadounidense reempaquetada bajo gobernanza europea. La “solución europea” sigue dependiendo de Estados Unidos. Microsoft y Amazon ajustando sus estructuras corporativas para cumplir con las exigencias regulatorias de la Unión Europea son, en última instancia, una reafirmación de la dominación estadounidense y del espejismo de la emancipación europea.
Vista así, la estrategia actual de Europa no es un intento realista de convertirse en una tercera superpotencia digital, sino un esfuerzo por gestionar la dependencia sin tener que se note demasiado.
La conclusión, por incómoda que resulte, es clara: Europa se prepara para un escenario de pesadilla precisamente porque es consciente de su vulnerabilidad. La urgencia que se percibe en Bruselas, París o Berlín no refleja una independencia inminente, sino una debilidad estructural largamente ignorada. Europa puede cubrirse, reducir la exposición en los márgenes y exigir mayor control sobre los datos y la continuidad de los servicios. Todo ello es racional y, probablemente, llega con retraso.
Lo que Europa no puede hacer —al menos, no desde el punto tan atrás que se encuentra en la carrera— es recrear las condiciones que dieron origen al surgimiento y, especialmente, al afianzamiento de los polos tecnológicos de Silicon Valley o Shenzhen. Sin reformas más profundas de su mercado interno, de la asignación de capital y de su relación con la escalade producción, seguirá siendo lo que el mundo tecnológico bipolar ya ha etiquetado como un mercado rico y sofisticado, pero prisionero dentro de un sistema digital diseñado por otro jugador.
En ese sentido, las dos narrativas —prepararse para una pesadilla y reconocer los límites estructurales— no se contradicen, sino que se refuerzan mutuamente. Europa no está al borde de la soberanía digital. Está intentando, de forma sobria y tardía, asegurarse de que cuando llegue el próximo shock geopolítico, no despierte con las luces apagadas. El esfuerzo no parece muy prometdor.
La entrada Europa vive en el mundo digital, pero el interruptor no es suyo. ¿Qué pasaría si mañana Estados Unidos apagara la nube? se publicó primero en Revista Mercado.
