Lo que más disfruta Vicky de sus viajes a Añatuya es pasar tiempo con los chicos del hogar de Haciendo Camino.Lo que más disfruta Vicky de sus viajes a Añatuya es pasar tiempo con los chicos del hogar de Haciendo Camino.

“No quería ir al colegio”: vive en Palermo, viajó como voluntaria y cambió la historia de Tomi

2026/02/05 21:09
Lectura de 6 min

Desde el primer momento en que lo vi, noté que Tomi era un chico tímido. Fue hace tres años, cuando visité su casa en Añatuya durante mi primer viaje como voluntaria. Tomi tenía siete. Vivía con Tati, su mamá, y dos de sus hermanos menores. El más chico, Pedrito, era apenas un bebé. Nos miraba con esos ojos brillantes y enormes que tiene desde los brazos de Tati. Ellos viven en una casa precaria, pequeña, hecha de ladrillos y chapa, con piso de tierra.

Ese día, Tomi me saludó y se fue a sentar solo en la vereda, alejado. Tenía puesta una remera oscura y gastada, un short de jean y zapatillas. Había muchos chicos en la calle. Varios jugaban a la pelota, pero él no se sumó.

Charlamos un poco con su mamá. Nos contó que Tomi se había quedado libre en el colegio: no quería ir porque tenía problemas con otros chicos de su curso.

Lo molestaban, lo cargaban. Le hacían bullying.

Recién había empezado la primaria y ya se había quedado fuera del sistema escolar.

Charlé con él para que me cuente qué le pasaba. Hablaba casi en susurros, con la cabeza baja. Se lo veía triste.

También vimos que tenía muchas ganas de volver a la escuela, de seguir aprendiendo. Por eso, con la ayuda de mis profesoras y otros voluntarios, logramos que Tomi vuelva a matricularse en el colegio, donde ahora pasó a tercer grado.

En ese momento no me di cuenta, pero hoy puedo ver que esa oportunidad le cambió la vida. Y también la mía.

Ahora su situación es distinta. Le va bien en la escuela, disfruta un montón las clases, juega con chicos de su edad. Aunque todavía esconde la cara cuando ríe, como si le diera vergüenza.

Puedo decir eso porque desde entonces viajé todos los años a Añatuya. Esa primera visita fue hace tres años: hoy tengo 19.

Los primeros dos viajes los hice con mi colegio, el San Andrés, de Olivos, junto a la ONG Haciendo Camino. Cuando terminé el colegio, me sumé a la ONG Volver, que surgió de un grupo de exalumnos que organizan viajes para que podamos seguir ayudando al pueblo después de terminar la secundaria.

Añatuya es una ciudad del departamento General Taboada, en Santiago del Estero. Está a 184 kilómetros de la capital.

Es un pueblo muy vulnerable. Las casas son pequeñas y precarias. La mayoría no tiene conexión a la red eléctrica ni agua de red. Muchos niños sufren desnutrición: las madres tienen que elegir si desayunan o cenan.

El poco trabajo que hay es informal, irregular e inestable. Los hombres trabajan en la cosecha de frutillas o haciendo leña o carbón. Las mujeres crían a sus hijos y hacen changas, como cuidar a otras personas o limpiar casas. El trabajo más estable que encuentren puede llegar a durar una semana.

Un adolescente que termina la secundaria en Añatuya no tiene oportunidades: no hay trabajo, no hay carreras para estudiar. Las familias están estancadas y no pueden cambiar sus realidades.

A Vicky le encanta sumarse a los juegos de los chicos. Disfruta de que la incluyan y le compartan sus intereses.

Lo que más me sorprendió fue lo vulnerable que la vi a Tati. Estaba cansada, vencida. Tenía un nene muy chiquito que cuidar, un hijo que no quería ir al colegio y al hijo mayor trabajando en el campo. Ella nos mostraba que todas estas cosas la preocupaban, pero sentía que no podía hacer nada. La angustia la había sobrepasado.

¿Viven así porque quieren?

Veo que en la sociedad hay un prejuicio sobre las personas que están en esta situación. Muchos piensan que si viven de esta manera es porque quieren, que si quisieran cambiar su realidad podrían hacerlo, pero que no lo hacen porque no tienen las ganas suficientes, no trabajan lo suficiente y no se preocupan por sus hijos.

La verdad es que no es así. Tienen trabajos inestables y demandantes que no les generan muchos ingresos, tienen que ocuparse de cuidar a sus hijos y a veces también a sus padres. Están realmente agotados y no tienen ninguna red de contención.

En estas condiciones, además, la salud se vuelve un problema. Desde la primera vez que fuimos al centro de Haciendo Camino en Añatuya, me impactó ver todos los problemas de salud que los chicos tenían en los primeros años de su vida. Así fue como Tati se acercó al centro, en donde pudieron determinar que Pedrito tenía desnutrición.

Estos problemas con la nutrición también hacen que sea muy diferente cómo los afectan las enfermedades: tienen menos defensas y les cuesta más recuperarse. Si yo acá me resfrío, no me preocupa mucho, pero allá un resfriado puede desencadenar un problema gravísimo.

“Mis primitos”

Me abrió mucho los ojos hacer el voluntariado. Siempre supe que había realidades muy distintas a la mía, pero hasta entonces no entendí la magnitud de la diferencia, de la cantidad de gente que puede vivir con tanta precariedad. Me generó mucha impotencia, porque quería ayudar más y no podía.

Siento mucho amor por los chicos y me duele no poder ayudarlos más. Para mí, son como mis primitos. Los veo crecer. Los extraño muchísimo, me desespera perderme partes de su vida, porque solo los veo una vez al año, cuando viajo.

Cuando estoy allá, jugamos todos los días. Ellos tienen mucha energía, son muy inquietos. Les gusta correr, jugar a la mancha y a las escondidas, subirse a las hamacas en el patio del hogar. Te suman a sus juegos, les gusta que les hagas compañía.

Ellos cambiaron mucho desde la primera vez que los vi. A Tomi lo veo divertirse más, ahora él busca mucho a otros chicos para jugar, se prende a todo. Él se había cerrado mucho, pero volver al colegio le hizo muy bien. Le gusta mucho aprender cosas nuevas, es un chico curioso.

Es impresionante ir al hogar y ver que los chicos nos esperan y se acuerdan de nuestros nombres. Me cuesta mucho cuando llega el momento de irnos, de saludar y decir ´te veo el año que viene’. Y cuando volvés, los chicos realmente se acuerdan de vos, te hacen sentir que no pasaron ni dos días desde la última vez que los viste.

Yo ya sé que voy a seguir viajando a Añatuya lo más seguido que pueda. Los extraño y ya los quiero ver de vuelta.

Más información

Haciendo Camino trabaja para mejorar la calidad de vida de familias en situación de vulnerabilidad en el norte de Argentina.

  • Si querés conocer más sobre los programas de Haciendo Camino, podés ingresar a su sitio web o visitar sus redes sociales.

Este texto tiene la edición y el acompañamiento de la periodista Agustina Tettamanti

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