El presidente Donald Trump lanzó el lunes otra provocación ruin y humillante a México y, en particular, a la presidenta Claudia Sheinbaum. En un mensaje inédito de la Casa Blanca, Trump celebró el 178 aniversario “del triunfo de nuestro país en la guerra México-Estados Unidos, una victoria legendaria que aseguró el suroeste estadounidense, reafirmó la soberanía estadounidense y expandió la promesa de independencia a todo lo largo de nuestro majestuoso continente”. Para nosotros, mexicanas y mexicanos, fue una intervención militar que comenzó con la anexión de Texas y terminó con el robo de 55% de nuestro territorio.
“Guiados por la firme convicción de que nuestra nación estaba destinada por la divina providencia a expandirse hasta las doradas costas del Océano Pacífico, tras la sangrienta Guerra de 1812, Estados Unidos avanzaba con confianza hacia el oeste y emergía con audacia como una superpotencia continental sin precedentes en el mundo moderno”, agregó en el texto oficial.
“El pueblo de Texas declaró su independencia de México en 1836 y, para la primavera de 1846, votó a favor de unirse a Estados Unidos, lo que obligó a un ajuste de cuentas por las disputas fronterizas pendientes. Ese abril, las fuerzas mexicanas lanzaron una emboscada a lo largo del río Grande, matando a 11 soldados estadounidenses e hiriendo a seis”.
Nuestra historia dice otra cosa. México, ciertamente, tenía marginado buena parte de su territorio, pero no lo había abandonado. También estaba enfrascado en una feroz lucha entre los centralistas, que eran los conservadores que habían asesinado a Vicente Guerrero, y los federalistas, los liberales que querían restaurar la Constitución de 1824. Aprovechando la debilidad interna y las disputas fronterizas, el presidente James K. Polk, en su sueño de expandir Estados Unidos hasta el Pacífico, estimuló el movimiento separatista en Texas y buscó comprarlo por prácticamente cacahuates.
“Con la promesa del Destino Manifiesto latiendo en el corazón de cada estadounidense, el presidente James K. Polk actuó con rapidez para defender la seguridad de nuestra nación, nuestra dignidad y nuestras fronteras soberanas. En mayo de 1846, Estados Unidos declaró la guerra a México, con dos titanes estadounidenses –los generales Zachary Taylor y Winfield Scott– al frente”, agregó Trump.
“A pesar de su gran inferioridad numérica en combate, las fuerzas estadounidenses se alzaron con la victoria gracias a su superior estrategia militar, sus modernas capacidades militares y su firme devoción por la protección del interés nacional. Tras una serie de victorias en los territorios mexicanos de California y Nuevo México, en una victoria triunfal para la soberanía estadounidense, Estados Unidos capturó heroicamente la capital, la Ciudad de México, en septiembre de 1847, allanando el camino para el Tratado de Guadalupe Hidalgo el 2 de febrero de 1848”.
Mediante el Tratado de Guadalupe Hidalgo, México “cedió”, a cambio de 15 millones de dólares –593 millones de dólares a valor actual– Arizona, California, Colorado, Nevada, Nuevo México, Utah y Colorado, además de reconocer la anexión de Texas. El Tratado se firmó el 2 de febrero de 1848 en la Villa de Guadalupe Hidalgo, en las inmediaciones de la Basílica de Guadalupe, y fue ratificado por el Congreso mexicano el 25 de mayo. El Senado estadounidense, tras un fuerte debate por la oposición de los whigs –proempresarios, nacionalistas y opuestos al poder ejecutivo que tenían los demócratas– por su rechazo a la Doctrina Monroe, lo aprobó el 10 de marzo.
Aunque jurídicamente el Tratado fue ratificado, ha sido polémico durante todo este tiempo, al cuestionarse en México su validez histórica por haber sido firmado bajo ocupación militar. El Senado estadounidense le hizo modificaciones importantes, como eliminar los artículos que garantizaban la protección y validación de las concesiones de tierras otorgadas a los ciudadanos mexicanos por los gobiernos de España y México en los territorios cedidos, facilitando la expropiación de tierras a mexicanos, y condicionando la ciudadanía a la discreción del Congreso estadounidense y limitando sus derechos civiles. Los legisladores mexicanos tuvieron que aceptarlas por la imposibilidad de continuar la guerra.
Ese episodio ha marcado a generaciones en este país. A Ignacio Ramírez, El Nigromante, se le atribuye la frase de que la pérdida territorial dejó una cicatriz permanente en la conciencia y la geografía nacional mexicana, que con su declaración infame, Trump atropella. “En este aniversario de una de las primeras demostraciones de poderío militar de nuestra nación… honramos la memoria de los valientes hombres que dieron su vida al servicio de nuestra nación”, afirmó. “Guiado por nuestra victoria en los campos de batalla de México hace 178 años, no he escatimado esfuerzos para defender nuestra frontera sur contra invasiones, defender el Estado de derecho y proteger nuestra patria de las fuerzas del mal, la violencia y la destrucción”.
¿Qué pretende? Trump no es un loco, ni mucho menos. Considerarlo así es no entender nada de lo que está pasando. Celebrar la intervención de esa manera buscaba una enérgica respuesta presidencial. Sheinbaum, como hace con todas las cosas y los temas, minimizó la provocación y dijo que ella no era como Antonio López de Santa Anna, el presidente durante la intervención. Su fórmula de voltear al pasado para enfrentar el presente cada vez está más vacía, pero en esta ocasión fue lo mejor, aunque por diferentes razones, porque sigue sin comprender, por su mala información, las jugadas en Washington.
La declaración de Trump tiene una razón de ser: el Departamento de Estado, según funcionarios estadounidenses, está realizando una revisión jurídica y política del Tratado de Guadalupe Hidalgo. ¿A dónde llevaría? Jurídicamente, probablemente a ninguna parte, pero no deja de ser importante que ese análisis en Washington tenga su propio corolario Trump, con la conmemoración de un episodio doloroso para México que a nadie se le olvida.
Un país como Estados Unidos, que desde la intervención en el siglo XIX buscó anexar Baja California, hoy todavía una península estratégica en las rutas marítimas de Asia, y que desde los años 50 ha visto con ojos de deseo nuestros campos petroleros, no debe tratársele ligeramente, no por lo que pueda hacer en concreto, sino por las presiones que, con diferentes variables, puede ejercer eficazmente contra México, hoy tan dividido como en aquel entonces y sin un liderazgo que esté buscando conciliar, sino que mantiene como estrategia exacerbar la polarización.

