Opositores; profesores entregados a sus alumnos; jóvenes con un currículum brillante y un futuro prometedor; familias que regresaban a casa tras pasar un fin de semana de ocio en la capital; una abuela que regaló a sus nietos la experiencia de un musical… son solo algunas de las 45 personas que perdieron la vida en el accidente ferroviario de Adamuz (Córdoba), escenario de la mayor tragedia ocurrida en los 35 años de la alta velocidad española. Con el hallazgo de dos nuevos cadáveres este jueves –cuatro días después del siniestro– se dio por terminada la búsqueda de fallecidos, manteniéndose las 45 denuncias por personas desaparecidas tras el terrible suceso.
Sus historias, truncadas en las vías de manera abrupta en cuestión de segundos, reflejan la diversidad de trayectorias y sueños que viajaban aquel día en dos trenes que nunca llegaron a su destino: un Iryo procedente de Málaga rumbo a Madrid, que descarriló justo cuando se cruzaba con un tren Alvia en dirección Huelva. Entre el descarrilamiento y el impacto transcurrieron apenas 20 segundos, un intervalo en el que, según los investigadores, fue imposible cualquier reacción para evitar la colisión.

