Con ese título redacté notas para una lección en el posgrado de Sociología en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México, en el ya lejano 1985. Presenté a mis estudiantes las nociones básicas de la sociología clásica, en especial en el libro de Emile Durkheim, Educación y sociología. Donde definió al sistema escolar como una institución para formar seres solidarios, su rol en la socialización y la transmisión de la cultura. Asimismo, destacó el valor de la familia en la educación moral. La familia y la escuela son fundamentales para alcanzar la cohesión social. También concibió la educación como preparación para el mundo laboral, destacó la necesidad de que el sistema educativo se adaptase a las necesidades de la sociedad moderna; el Estado debería ser el garante de una educación pública para los habitantes de la nación. Le pedí al alumnado que comparara las ideas de Durkheim con las de los autores de la nueva sociología de la educación y otros neomarxistas. La mayoría de estos académicos argumentaron que la misión de la educación en el mundo capitalista es reproducir las condiciones generales de la sociedad y fortalecer la hegemonía cultural de la clase dominante: la escuela, en esta visión, es un aparato ideológico del Estado. En esta perspectiva, la familia es una institución insignificante; la escuela forma trabajadores dóciles, que sepan seguir instrucciones y, sólo para una minoría, los vástagos de la clase que detenta el poder económico y político, habilidades superiores. La mayoría del grupo aceptó ese punto de vista. Estas remembranzas llegaron a mi cerebro, tras una charla con amigos, profesionales de diversas áreas, al evocar nuestros años en la escuela primaria, en los 1950 en Durango. Recordamos a las buenas maestras que nos impartieron clases y lo mucho que hicieron por nosotros, la generación de los baby boomers. Aunque escuché con atención, no intervine en la discusión, quizá por ser el único del grupo que se dedica al estudio de la educación y no quería ser petulante. Cuando hablaron de los maestros de la actualidad, los criticaron sin piedad (quizá por la experiencia de sus nietos en educación básica). Se refirieron a ellos como docentes cínicos, rígidos o perezosos, sin apego a sus estudiantes y que desprecian a las familias del alumnado. Además, juzgaron que tienen poca preparación, que trabajan aislados, incluso que muchos no ponen atención a su cuidado personal, no visten con corrección y su higiene deja mucho que desear. En suma, los maestros les fallan a los alumnos y a la sociedad. Sin embargo, cuando las censuras tomaban calor, decidí intervenir, con mesura y sin mencionar a ningún autor. Comenté que describían el agotamiento crónico de muchos docentes, en especial de los veteranos, pero que tal vez no fuera culpa de ellos, sino del burocratismo imperante. Ya en casa me puse a pensar que tal vez sí debí involucrarme más en la conversación. Comentar con mis amigos que pienso que la docencia en México atraviesa por aprietos graves. Considero que la crisis de identidad docente no es un fracaso personal, sino síntoma de un sistema en tensión política constante, violencia criminal inmediata y familias desechas. Con la polarización que promueve el gobierno de Morena, en lugar de cohesión social, la escuela reproduce la incongruencia en la que vivimos en México. El gobierno no es garante de la paz social ni impulsa medios de convivencia. Por ello, pienso, los docentes viven en un estado de confusión y duda profunda sobre su papel, su vocación y aptitud propia como educadores. Mis amigos hablaron desde su experiencia, no mencionaron para nada que parte del malestar que se reproduce en cada escuela es por los juegos del poder entre las facciones del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación y las fallas del gobierno. Esos juegos atraviesan cada plantel escolar, llegan a las familias y obstaculizan la cohesión social. La educación mexicana vive lo contrario a los sueños de Durkheim. La mayoría de las familias no se ocupan de la educación moral. La escuela tampoco reproduce con eficacia los hábitos del capitalismo. Columnista: Carlos OrnelasImágen Portada: Imágen Principal: Send to NewsML Feed: 0Con ese título redacté notas para una lección en el posgrado de Sociología en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México, en el ya lejano 1985. Presenté a mis estudiantes las nociones básicas de la sociología clásica, en especial en el libro de Emile Durkheim, Educación y sociología. Donde definió al sistema escolar como una institución para formar seres solidarios, su rol en la socialización y la transmisión de la cultura. Asimismo, destacó el valor de la familia en la educación moral. La familia y la escuela son fundamentales para alcanzar la cohesión social. También concibió la educación como preparación para el mundo laboral, destacó la necesidad de que el sistema educativo se adaptase a las necesidades de la sociedad moderna; el Estado debería ser el garante de una educación pública para los habitantes de la nación. Le pedí al alumnado que comparara las ideas de Durkheim con las de los autores de la nueva sociología de la educación y otros neomarxistas. La mayoría de estos académicos argumentaron que la misión de la educación en el mundo capitalista es reproducir las condiciones generales de la sociedad y fortalecer la hegemonía cultural de la clase dominante: la escuela, en esta visión, es un aparato ideológico del Estado. En esta perspectiva, la familia es una institución insignificante; la escuela forma trabajadores dóciles, que sepan seguir instrucciones y, sólo para una minoría, los vástagos de la clase que detenta el poder económico y político, habilidades superiores. La mayoría del grupo aceptó ese punto de vista. Estas remembranzas llegaron a mi cerebro, tras una charla con amigos, profesionales de diversas áreas, al evocar nuestros años en la escuela primaria, en los 1950 en Durango. Recordamos a las buenas maestras que nos impartieron clases y lo mucho que hicieron por nosotros, la generación de los baby boomers. Aunque escuché con atención, no intervine en la discusión, quizá por ser el único del grupo que se dedica al estudio de la educación y no quería ser petulante. Cuando hablaron de los maestros de la actualidad, los criticaron sin piedad (quizá por la experiencia de sus nietos en educación básica). Se refirieron a ellos como docentes cínicos, rígidos o perezosos, sin apego a sus estudiantes y que desprecian a las familias del alumnado. Además, juzgaron que tienen poca preparación, que trabajan aislados, incluso que muchos no ponen atención a su cuidado personal, no visten con corrección y su higiene deja mucho que desear. En suma, los maestros les fallan a los alumnos y a la sociedad. Sin embargo, cuando las censuras tomaban calor, decidí intervenir, con mesura y sin mencionar a ningún autor. Comenté que describían el agotamiento crónico de muchos docentes, en especial de los veteranos, pero que tal vez no fuera culpa de ellos, sino del burocratismo imperante. Ya en casa me puse a pensar que tal vez sí debí involucrarme más en la conversación. Comentar con mis amigos que pienso que la docencia en México atraviesa por aprietos graves. Considero que la crisis de identidad docente no es un fracaso personal, sino síntoma de un sistema en tensión política constante, violencia criminal inmediata y familias desechas. Con la polarización que promueve el gobierno de Morena, en lugar de cohesión social, la escuela reproduce la incongruencia en la que vivimos en México. El gobierno no es garante de la paz social ni impulsa medios de convivencia. Por ello, pienso, los docentes viven en un estado de confusión y duda profunda sobre su papel, su vocación y aptitud propia como educadores. Mis amigos hablaron desde su experiencia, no mencionaron para nada que parte del malestar que se reproduce en cada escuela es por los juegos del poder entre las facciones del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación y las fallas del gobierno. Esos juegos atraviesan cada plantel escolar, llegan a las familias y obstaculizan la cohesión social. La educación mexicana vive lo contrario a los sueños de Durkheim. La mayoría de las familias no se ocupan de la educación moral. La escuela tampoco reproduce con eficacia los hábitos del capitalismo. Columnista: Carlos OrnelasImágen Portada: Imágen Principal: Send to NewsML Feed: 0
Con ese título redacté notas para una lección en el posgrado de Sociología en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México, en el ya lejano 1985. Presenté a mis estudiantes las nociones básicas de la sociología clásica, en especial en el libro de Emile Durkheim, Educación y sociología. Donde definió al sistema escolar como una institución para formar seres solidarios, su rol en la socialización y la transmisión de la cultura. Asimismo, destacó el valor de la familia en la educación moral. La familia y la escuela son fundamentales para alcanzar la cohesión social. También concibió la educación como preparación para el mundo laboral, destacó la necesidad de que el sistema educativo se adaptase a las necesidades de la sociedad moderna; el Estado debería ser el garante de una educación pública para los habitantes de la nación.
Le pedí al alumnado que comparara las ideas de Durkheim con las de los autores de la nueva sociología de la educación y otros neomarxistas. La mayoría de estos académicos argumentaron que la misión de la educación en el mundo capitalista es reproducir las condiciones generales de la sociedad y fortalecer la hegemonía cultural de la clase dominante: la escuela, en esta visión, es un aparato ideológico del Estado. En esta perspectiva, la familia es una institución insignificante; la escuela forma trabajadores dóciles, que sepan seguir instrucciones y, sólo para una minoría, los vástagos de la clase que detenta el poder económico y político, habilidades superiores. La mayoría del grupo aceptó ese punto de vista.
Estas remembranzas llegaron a mi cerebro, tras una charla con amigos, profesionales de diversas áreas, al evocar nuestros años en la escuela primaria, en los 1950 en Durango. Recordamos a las buenas maestras que nos impartieron clases y lo mucho que hicieron por nosotros, la generación de los baby boomers. Aunque escuché con atención, no intervine en la discusión, quizá por ser el único del grupo que se dedica al estudio de la educación y no quería ser petulante. Cuando hablaron de los maestros de la actualidad, los criticaron sin piedad (quizá por la experiencia de sus nietos en educación básica).
Se refirieron a ellos como docentes cínicos, rígidos o perezosos, sin apego a sus estudiantes y que desprecian a las familias del alumnado. Además, juzgaron que tienen poca preparación, que trabajan aislados, incluso que muchos no ponen atención a su cuidado personal, no visten con corrección y su higiene deja mucho que desear. En suma, los maestros les fallan a los alumnos y a la sociedad. Sin embargo, cuando las censuras tomaban calor, decidí intervenir, con mesura y sin mencionar a ningún autor. Comenté que describían el agotamiento crónico de muchos docentes, en especial de los veteranos, pero que tal vez no fuera culpa de ellos, sino del burocratismo imperante.
Ya en casa me puse a pensar que tal vez sí debí involucrarme más en la conversación. Comentar con mis amigos que pienso que la docencia en México atraviesa por aprietos graves. Considero que la crisis de identidad docente no es un fracaso personal, sino síntoma de un sistema en tensión política constante, violencia criminal inmediata y familias desechas. Con la polarización que promueve el gobierno de Morena, en lugar de cohesión social, la escuela reproduce la incongruencia en la que vivimos en México. El gobierno no es garante de la paz social ni impulsa medios de convivencia. Por ello, pienso, los docentes viven en un estado de confusión y duda profunda sobre su papel, su vocación y aptitud propia como educadores.
Mis amigos hablaron desde su experiencia, no mencionaron para nada que parte del malestar que se reproduce en cada escuela es por los juegos del poder entre las facciones del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación y las fallas del gobierno. Esos juegos atraviesan cada plantel escolar, llegan a las familias y obstaculizan la cohesión social. La educación mexicana vive lo contrario a los sueños de Durkheim. La mayoría de las familias no se ocupan de la educación moral. La escuela tampoco reproduce con eficacia los hábitos del capitalismo.
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