“Cuando empezamos a soñar la casa, nuestra familia recién comenzaba, así que nos tuvimos que sentar a imaginar cómo queríamos vivir; un proceso que, más allá de los planos, nos hizo pensar mucho en el ‘diseño’ de la familia”. Tres hijos después, Maray Apellaniz sigue recordando esas conversaciones con su marido como la piedra angular de esta casa que hoy recorremos.
Como Maray es arquitecta, la mayor parte del proyecto recayó en sus manos (y en las de Rosario Fernández Mouján, su socia en Estudio Z); pero su marido, Juan Benegas, no dejó de estar involucrado. “Él es cocinero, y se negó terminantemente a mi idea de tener una cocina integrada: quería usarla sin preocuparse por el orden y los olores”. Esa y otras necesidades resultaron en una planta baja fluida, donde los espacios se comunican, o bien se aíslan con puertas corredizas.


En el otro extremo del espacio social, se reitera el esquema de vano hasta el cielo raso para tener comunicación fluida desde el comedor a la cocina sin integrarlos (como sucedía del otro lado, con el living y la sala de TV).
Mientras Juan prueba nuevos platos en la mesada, sus hijos juegan y Maray boceta en el comedor: una dinámica que adquirieron al mudarse, justo antes de la pandemia. “Somos dos apasionados de nuestras carreras, y ponemos esa misma pasión en este lugar”.
“Una vez terminada la obra, buscamos que la decoración aportara calidez y texturas naturales en contraposición a la arquitectura moderna y los pisos de hormigón. En la planta alta, cada cuarto tiene un estilo diferente”, nos dicen las arquitectas.




